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Meditación sobre Caperucita Violeta

La versión literaria más antigua de Caperucita Roja es la de Charles Perrault. Está basada en una historia popular a la que Perrault añadió una moraleja sobre los peligros de relacionarse con desconocidos. La versión más popular fue, hasta hace poco, la de los hermanos Grimm, que recrearon el cuento de Perrault dándole protagonismo al leñador que salva a Caperucita y a la abuelita.

Las versiones modernas están empeñadas en teñir a Caperucita de violeta, deconstruir al leñador y ser inclusivas con el lobo.

James Finn Garner nos advirtió de este cambio en 1994 con sus Cuentos infantiles políticamente correctos, pero nos lo tomamos a risa. Nos resultaba muy divertido leer que Caperucita llevaba a la abuelita una merienda de “fruta fresca y agua mineral” y que no lo hacía porque fuera “una labor propia de mujeres”, sino por un impulso generoso “que contribuía a afianzar la sensación de comunidad”.

Caperucita, una niña que “poseía la suficiente confianza en su incipiente sexualidad como para evitar verse intimidada” por la “imaginería obviamente freudiana” del bosque, no acepta que el lobo la prevenga contra ningún peligro, porque esta actitud es “sexista y en extremo insultante”. Pero aunque riña al lobo, en el fondo lo comprende. Al fin y al cabo, es un “proscrito social” y, por lo tanto, alguien con el que nunca nadie se ha parado a hablar. Si es delincuente es por culpa de un déficit afectivo. Cuando, tras zamparse a la abuela, el lobo se ponga su camisón, bien claro se verá que es un rebelde que no acepta “las rígidas nociones tradicionales de lo masculino y lo femenino”. El peligroso es el “operario de la industria maderera”, que ha entrado en la casa de la abuelita blandiendo un hacha solo porque ha oído unos gritos que salían de su interior, dando por supuesto “que las mujeres y los lobos no son capaces de resolver sus propias diferencias sin la ayuda de un hombre”.

En fin, la abuelita acaba cortándole la cabeza al leñador y montando con su nieta y el lobo una comunidad alternativa “en la cooperación y el respeto mutuos”. El lobo merece la comprensión de Caperucita y de la abuela porque lo consideran menos patriarcal que el leñador.

Hoy es casi imposible encontrar Caperucitas Rojas, pero abundan las Caperucitas Violetas ecologistas y empáticas, los lobos veganos y los leñadores insensibles al sufrimiento de la naturaleza.

Las nuevas Caperucitas nos dicen que si todo fuera distinto, todo sería diferente y que teniendo derechos, no se necesitan leñadores. Esta sumisión incondicional del conocimiento al deseo, es la contribución genuina de nuestro tiempo a la historia universal de la vulgaridad (o de la credulidad, si prefieren un término menos fuerte).

El problema es que el lobo no entiende ni de corrección política ni de vulgaridad. Tiene más hambre que ideología.

Si Caperucita Roja iba de niñas y lobos, era porque contaba una historia natural que nos decía, como Schmitt, que es soberano el que tiene poder para instaurar el estado de excepción. Por eso los Grimm recurrieron al leñador, para compensar con la fuerza legítimamente soberana, la fuerza ciega de la soberanía del lobo.

Creemos que somos autónomos porque jugamos con los límites, pero son siempre los límites los que juegan con nosotros. Si los antiguos se preguntaban por el límite del ser, nosotros queremos huronear por el ser del límite… lo acabaremos haciendo a la sombra de patrullas acorazadas de leñadores.

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