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Félix de Azúa

Muertes de perro

«Solo en el Renacimiento aparecen individuos como Zúñiga, que justifican el amor a algo tan minúsculo y caprichoso como una perrilla faldera»

Notas de un espectador

Muertes de perro
Patrick Hendry|Unsplash

La evolución de las palabras toma a veces rumbos inesperados, como si fueran humanos en busca de destinos imprevistos. Es frecuente, en nuestros días, el uso del término «individualismo» con el sentido de una acción o tendencia egoísta, poco preocupada por los demás, o, para decirlo con una repugnante palabra política, insolidaria. En eso ha venido a parar uno de los términos más esenciales de la historia de Europa, el de «individuo».

Hay quien puede pensar que siempre hubo individuos, pero no es así. Un humano cualquiera que alcanza la categoría de individuo exige unas condiciones que, por ejemplo, no se dieron durante la edad media. Había reyes, nobles, labriegos, pero a ninguno de ellos se le pasaba por la cabeza ser un individuo. Solo aparecerá el individuo cuando conciba su propia representación y en ella tenga un lugar especial el detalle, lo singular frente a lo general. Así lo entiende el profesor Antonio Sánchez Jiménez en su exposición de una nueva y preciosa colección llamada «Biblioteca biográfica del Renacimiento español» (uhu.es publicaciones) porque justamente es en el Renacimiento cuando comienzan a emerger los individuos, aquellos que pueden construir su persona como si fuera una obra de arte.

Los modelos antiguos son evidentes, tanto las «Vidas paralelas» de Plutarco, como los «Doce césares» de Suetonio, presentan historias o biografías, pero no son retratos de individuos, sino de grandes personajes, guerreros y héroes famosos. Para que aparezca la historia o la biografía de un cualquiera, de un don Nadie, es esencial que no se trate de algún jerarca, sino de una persona común y corriente, aunque dotado de una peculiar atención para el detalle particular que lo singularice y haga de su narración algo verosímil. Es muy conocida, por ejemplo, la autobiografía del capitán Contreras que reeditó Javier Marías en su Reino de Redonda con prólogo de Pérez Reverte. No obstante, el primer caso de individuo que nos ofrece la colección de renacentistas españoles es una delicia escrita por Luis Gómez Canseco. He aquí la historia de un funcionario de la corona, Juan Enríquez de Zúñiga, nacido hacia 1590, cuya historia habría pasado inadvertida si no fuera por un detalle. Cuando llegó a la vejez, sobre los ochenta años de edad, tenía una perrita y era su mejor amiga, la adoraba, pasaba las horas jugando con ella, pero hete aquí que la perrita se murió.

El disgusto de Zúñiga fue terrible y se quejaba y lloraba por la perrita en sus cartas y en las reuniones con sus amigos, hasta que uno de ellos, persona quizás de altivo corazón, le afeo la conducta y le dijo que era una indignidad llorar públicamente por algo tan trivial. Entonces Zúñiga escribió una contestación. Ella es la que le ha salvado de la desaparición y le ha dado una segunda vida como individuo capaz de justificar sus sentimientos hacia un modesto animal de compañía.

No fue rara la presencia de perros amados durante la antigüedad clásica, pero la tradición había sido borrada por mil años de cristianismo durante los cuales amar a un animal era ofensivo para la Iglesia, con la honrosa excepción de Francisco de Asís. Solo en el Renacimiento aparecen los individuos como Zúñiga, que justifican el amor a algo tan minúsculo y caprichoso como una perrilla faldera, bien es verdad que con argumentos teológicos y metafísicos. Es una defensa sincera, aunque al final se arrepienta un poco de haber dado tanto afecto a un animal. Lo compensa narrando muchas historias de perros que han destacado por su fidelidad, su inteligencia, su gracia o su amor al dueño.

El libro, bellamente ilustrado, es un perfecto regalo de Navidad para alguien que haya perdido a su animal más preciado, lo cual incluye, cómo no, un marido, una amiga, un caballo o un padre. Todos somos animales, aunque algunos sepan hablar.

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