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Nuestros Tiananmenes

Foto: Jeff Widener | AP

Hu Yaobang era un hombre del partido, uno de los que habían participado, a la sombra de Mao, en la Larga Marcha de mediados de los años treinta. No en vano, Hu terminó siendo elevado al cargo de secretario general del Comité Central del Partido Comunista chino por el mismo Deng Xiaoping a principios de 1980. Sin embargo, su acercamiento a posiciones liberales y su cercanía con la intelectualidad y el mundo universitario provocaron, seis años más tarde, su relevo dentro de la cúpula comunista.

El eco de la apertura del movimiento de liberalización política (glánost) llevado a cabo por Mijaíl Gorvachov en la vecina URSS y el deseo de que la liberalización económica emprendida por Deng Xiaoping alcanzase también lo político generó, desde mediados de los años 80, un importante movimiento social (con una fuerte base estudiantil). La muerte de Hu en abril de 1989 provocó un goteo creciente de manifestaciones de grupos universitarios que desembocaría en protestas masivas en la plaza de Tiananmen.

Hoy se cumplen 30 años de la represión de aquella manifestación, una de las masacres más importantes y simbólicas del régimen comunista. En ella murieron entre 800 y 10.000 chinos.

Aquellos días corroboraron lo que muchos temían, a saber, que China no tenía ninguna intención de emular a sus correligionarios soviéticos y aflojar los grilletes. La apertura económica era funcional a la cerrazón política. Ya entonces se barruntaba la paradoja china: una buena economía es el mejor de los antídotos contra las veleidades liberales.

Pero Tiananmen nos dejó, además, una de las series de imágenes más significativas de la historia del siglo XX. Fotografiado desde varios lugares (Jeff Widener, para la agencia Associated Press, Charlie Cole, para Newsweek y Stuart Franklin, de la agencia Magnum, para la revista Time) un hombre se enfrenta a una fila de tanques. Una mano vacía y en la otra una chaqueta y una bolsa (se cree que venía de la compra). Tras conseguir detener la caravana de acero se encarama al primero de los tanques y media algunas palabras con el conductor. Después, varios hombres se lo llevan a empellones perdiéndose con él entre la masa. De él y su destino no se sabe nada: a pesar de las pistas, nadie ha conseguido conocer con certeza si aquel hombre fue ejecutado o sigue con vida.

“El hombre del tanque” —bajo ese nombre ha pasado a la historia el héroe anónimo de Tiananmen— es el signo, a la vez, de la fragilidad y la grandeza de la persona ante la maquinaria del poder. Esa instantánea representa la victoria del deseo de libertad y de verdad sobre cualquier tiranía: sea esa infligida por regímenes políticos, por la corrección social y de partido o por las medidas inhumanas que muchas veces nos imponemos a nosotros mismos. Aquel hombre fue dignísimo protagonista de su destino y pasó a la historia recordándonos que para enfrentarnos a nuestros Tiananmenes y vivir en la verdad basta un corazón decidido y despierto.

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