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Melchor Miralles

Barcelona, un año después

Recuerdo que hace un año estaba yo en Tarragona cuando se produjeron los atentados de La Rambla y Cambrils. Recuerdo el día, rodeado de mis amigos catalanes, los rostros de dolor sincero, la angustia, el temor, junto al Mediterráneo.

Opinión

Barcelona, un año después

Recuerdo que hace un año estaba yo en Tarragona cuando se produjeron los atentados de La Rambla y Cambrils. Recuerdo el día, rodeado de mis amigos catalanes, los rostros de dolor sincero, la angustia, el temor, junto al Mediterráneo. Ahora, para conmemorar el primer aniversario de la matanza, Ada Colau, la inefable alcaldesa, ha escogido el lema ‘Barcelona, ciudad de paz’, y los independentistas de la política, en manos del fugitivo Puigdemont y sus cuates, preparan el lío en vez del homenaje.

Recordaba el martes atinadamente Arcadi Espada en su columna que Barcelona, a principios del Siglo XX, era conocida como “la ciudad de las bombas”. La ciudad donde un nacionalista catalán, hoy diputado, mató a un alcalde adosándole una bomba al pecho. La ciudad donde los etarras, hoy amigos de quienes manejan el cotarro, volaron un Hipercor con los clientes dentro. Pero los indepes y los nacionalistas crean ficciones y se las creen. Tras la matanza yihadista han decidido que Barcelona y los catalanes son más pacíficos que el resto de los humanos.

En Barcelona, durante muchos de los años de plomo, no hubo sangre porque un independentista que llegó a vicepresidente del Gobierno catalán negoció con ETA no que dejara de asesinar, sino que no asesinara en Cataluña. Se llamaba Carod Rovira, y se ve que lo que deseaba no era que los asesinos dejaran de asesinar, sino que a los catalanes no les afectara.

Pero llegaron los atentados de La Rambla y Cambrils, regresó la realidad, y se evidenció que había habido fallos preventivos en los Mossos y la Policía, y se evidenció también, como ahora, que a  los indepes y sus cuates lo que les importa no son las víctimas, a las que no homenajean, sino la República, que está por encima de todo. La liaron en el homenaje de entonces, poniendo por delante de los muertos sus sueños y sus mentiras, y vuelven a hacerlo ahora, privilegiando el cisco al sentimiento de respeto hacia quienes fueron asesinados. Barcelona, Cataluña, un año después, está peor. Y las víctimas muertas, y sus familiares y amigos abandonados por quienes anteponen su ideología a cualquier otro sentimiento.

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