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Laura Fàbregas

Venezuela es real

Durante mucho tiempo nombrar Venezuela ha significado la asociación automática con el PP y Cs. Es decir, hacerle el juego a la derecha. Y en nuestro país no hay nada más temible a que te vinculen con ella. Como afirmaba Rufián sobre Juan Guaidó en Twitter, se elige quiénes son los buenos y los malos en función de quiénes están a su lado. ¿Qué importa la honestidad intelectual?

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Venezuela es real

Durante mucho tiempo nombrar Venezuela ha significado la asociación automática con el PP y Cs. Es decir, hacerle el juego a la derecha. Y en nuestro país no hay nada más temible a que te vinculen con ella. Como afirmaba Rufián sobre Juan Guaidó en Twitter, se elige quiénes son los buenos y los malos en función de quiénes están a su lado. ¿Qué importa la honestidad intelectual?

Desde el universo de Podemos, solo Manuela Carmena se atrevió a pedir la libertad del preso político Leopoldo López. Íñigo Errejón, su nuevo aliado, se explayaba desde la comodidad del mundo occidental en contar las “tres comidas al día” que hacen los venezolanos. ¡Qué afortunados! Y por no hablar de la cupaire Anna Gabriel, que participó en la campaña electoral de Chávez, en un viaje pagado, pero a la hora de refugiarse prefirió la meca del capitalismo salvaje.

Por mucho tiempo ha parecido que Venezuela y el sufrimiento de su gente ni existiera ni fuera real, sólo una muletilla para no abordar los problemas de España. «Ya están con Venezuela», era la cancioncilla frívola. Poco importaba que en ese lado del Atlántico se atentara contra los derechos humanos y civiles de sus ciudadanos. Los 150 muertos en manifestaciones contra el régimen eran, como diría Stalin, solo una estadística. O una conspiración neoliberal.

Pero más allá de la distancia geográfica, de la ideología y del ascetismo de las cifras, Venezuela existe. Ahora con más pulso que nunca. Y por mucho que se borre la huella digital, no se altera la realidad: ya no queda ni rastro de los tuits apologéticos con el régimen que hacía Errejón en las redes. Lo más triste de todo, es que su deliberada desaparición no ha sido por principios o madurez intelectual, sino por un mero cálculo electoral. Y luego, desde su fingida superioridad moral, hablarán de instrumentalizar…

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