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María Jesús Espinosa de los Monteros

Doña Rosita en la era de Tinder

«Si de algo habla Lorca en Doña Rosita es del paso del tiempo, del jardín de la memoria por el que paseamos cuando menos cuenta nos damos»

Opinión

Doña Rosita en la era de Tinder

Ayer fui a ver Doña Rosita, anotada, la particular adaptación de Pablo Remón del clásico de Lorca Doña Rosita, la soltera o El lenguaje de las flores. Y así, con la enumeración eufónica –casi musical- de un conjunto de flores (“Eléboro, fucsias y los crisantemos, Luis Passy violáceo y altair blanco plata con puntas heliotropo”) comienza la obra de Remón y la de Lorca. 

Si ustedes van a ver esta obra –tienen de tiempo hasta el 29 de diciembre en los Teatros del Canal de Madrid- comprenderán que si de algo habla Lorca –y, por desprendimiento, Remón- es del paso del tiempo, del jardín de la memoria por el que paseamos cuando menos cuenta nos damos. Explica Remón -en voz del actor Francesco Carril- al comienzo de la obra que la clave para adaptar este texto fue encontrar una cita de Lorca en la que aseguraba que en ninguna otra de sus obras se filtraban tantos recuerdos de su infancia como en Doña Rosita, la soltera. Y dio en el clavo. El homenaje que Remón hace a las mujeres de nuestra infancia –cautas, melancólicas, extrañas, reservadas, indómitas- conmueve hasta el llanto y hasta la risa.

Y sí (que diría la “desbordante” actriz argentina Fernanda Orazi que interpreta a Rosita), se reirán mucho si van a ver Doña Rosita, anotada. Y sí, es posible que sientan esa punzada que a veces llega al pecho cuando uno se ríe de forma inteligente, como si en nuestra boca estallara una risa sana. Pero también es esta una obra puntuada por ciertos silencios, “un silencio de oír volar moscas”, como diría Lorca. 

¿Cuántas Rositas no hay ahora con una aplicación llamada Tinder instalada en sus smartphones? ¿No es Doña Rosita, Rosa, Rosi el símbolo primigenio de eso que ahora llaman ‘ghosting’? “Todo está acabado… y sin embargo, con toda la ilusión perdida, me acuesto, y me levanto con el más terrible de los sentimientos, que es el sentimiento de tener la esperanza muerta. Quiero huir, quiero no ver, quiero quedarme serena, vacía (¿es que no tiene derecho una pobre mujer a respirar con libertad?)”, escribe Lorca en un monólogo final que en boca de Orazi es casi un mordisco.

“Granada, calle de Elvira, donde viven las manolas, las que se van a la Alhambra, las tres y las cuatro solas. Una vestida de verde, otra de malva, y la otra, un corselete escocés con cintas hasta la cola”, dice la Rosita de Lorca en una memorable conversación con ‘las manolas’, esas mujeres que visten de negro, con mantilla y peineta, en las procesiones del Jueves Santos”. Esos versos retumbaron en mi cabeza antes de dormir cuando recordé el fandango del mismo nombre que cantaba Enrique Morente con esa voz suya de ser de otro planeta. 

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