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David Mejía

Paseo en Donosti

«Atravieso como puedo esa bruma moral en que vive Donosti, escuchando los gritos que no se hacen oír. Piso un charco y el agua se vuelve color vino, se sume por la acera y cae hasta el canal por donde circula subterránea la memoria»

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Paseo en Donosti

Raul Cacho Oses | Unsplash

Es temprano, pero hay cola en la panadería del Antiguo. Espero mi turno en la acera y respiro el ligero aire de la mañana. Observo las fachadas de la calle Matía y busco con la mirada el número 6, donde mi abuela pasó las largas vacaciones del 36. Entre las muchas cosas que me enseñó está el amor a San Sebastián. «La mejor ciudad del mundo», solía decirme.

Es la misma calle Matía donde asesinaron a Ángel Jesús Mota. Le dispararon cuando estaba sentando a su hijo de seis meses en el coche. Dicen que el pequeño cayó al suelo y una señora tuvo que recogerlo. Unos meses después, ahí a la vuelta, en la calle Escolta Real, donde cenamos anoche, asesinaron a Ignacio Urrutia.

Con mis barras de pan y el Diario Vasco camino hasta el paseo. La Concha está en calma, esperando a los primeros bañistas. La ciudad resplandece en la bahía. Donosti es un pequeño París con salida al mar, pero más seguro, más limpio y más ordenado. Condensa en sus pocas calles la belleza del fin de siglo y el encanto de la Belle Époque. Es el sueño del hedonista, el placer elevado a los cinco sentidos: mar, monte y paladar.

Recuerdo que a José Antonio Santamaría Vaqueriza y a José Manuel Olarte los asesinaron en sociedades gastronómicas de la Parte Vieja. Los mató el mismo tipo: Valentín Lasarte. A Gregorio Ordóñez también lo mataron en lo viejo. No fue Lasarte, sino otro de su comando. Comía con María San Gil y otros compañeros del Ayuntamiento. Cuatro meses después, el PP ganó las municipales pero no gobernó.

Me siento en un banco cerca del Hotel Orly. No hace calor, ni lo hará en todo el verano. El invierno tampoco es duro, aunque llueve más de lo que me gusta reconocer. Pero la verdad es que no importa: a la ciudad le sienta bien el invierno. No cierra, ni se vacía, ni se entumece. Las novedades llegan puntuales a las librerías y los cafés lucen como en los cuadros de Van Gogh. Me gusta el invierno en Donosti. Es cuando florecen el barrio romántico y sus elegantes rincones.

El viejo profesor vive aquí al lado. La primera vez que fui a su casa me detuve en el descansillo para buscar su buzón; efectivamente, su nombre no aparecía. Recuerdo que me contó que Sara tuvo que dejar su puesto en la universidad; su vida, vaya. ¿La derecha no nacionalista? Exterminada. De las listas de UCD hubo que tachar a siete, y otros cientos que huyeron asustados. Fíjate, dos tercios de los militantes de AP se dieron de baja en un año.

Camino a casa y contemplo el paisaje herido. La Concha sigue en calma. Atravieso como puedo esa bruma moral en que vive Donosti, escuchando los gritos que no se hacen oír. Piso un charco y el agua se vuelve color vino, se sume por la acera y cae hasta el canal por donde circula subterránea la memoria.

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