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Argemino Barro

Nuestros rituales secretos

«Hay gente que, de mayor, abraza cualquier novedad por descerebrada que sea. Otros presumen de seguir pensando lo mismo que con 20 años»

Opinión

Nuestros rituales secretos

Hay personas que, cuando se hacen mayores, desarrollan un tibio desdén hacia los jóvenes. Como si la madera de la que salen las nuevas generaciones se hubiera vuelto frágil, presta a romperse y astillarse como un mueble de Ikea. Es inevitable imaginarse a estas personas rodeadas de libros viejos, bañadas en la luz del crepúsculo, custodiando los últimos valores sólidos de un mundo que se desvanece.

Más allá de que, efectivamente, los valores cambien con el tiempo y las sociedades tiendan a volverse más acomodadas, individualistas y, en cierto modo, volubles, hay varias maneras de interpretar esta actitud de sospecha hacia los jóvenes. Entre ellas, una manera puramente pragmática.

En su libro The Denial of Death, publicado en 1973, el antropólogo Ernest Becker argumenta que los humanos, a medida que envejecemos, nos vamos fabricando mitos personales para lidiar con la cercanía de la muerte. Nuestras memorias irían adquiriendo un barniz épico, especial, casi heroico. Miraríamos atrás, hacia nuestros recuerdos, y veríamos una epopeya con el siguiente mensaje: has vivido plenamente. Puedes marchar en paz.

La memoria no solo sirve para recordar información práctica, sino para dar sentido al presente, por eso la vamos reescribiendo sin darnos cuenta. Un recuerdo de la infancia, por ejemplo, no luce igual con 25 años que con 60. Sus contornos pueden ir cambiando en función de nuestras necesidades narrativas.

En ocasiones, como cuenta el neurólogo y divulgador Oliver Sacks en su obra póstuma, The River of Consciousness, llegamos a adoptar recuerdos ajenos y los hacemos nuestros. Y ni nos enteramos.

Hay señales que indican este proceso. Por ejemplo, las batallitas. Dado que muchas reminiscencias van ganando relieve e importancia, llega un momento en que no podemos evitar compartirlas con la viveza y el entusiasmo que merecen. Hay incluso batallitas colectivas. Cada generación tiene su «yo corrí delante de los grises».

A veces, sin embargo, necesitamos un empujoncito y ahí entra en juego la religión. Según Becker, las religiones son sistemas simbólicos que giran en torno a un héroe (Buda, Jesucristo, Mahoma) y que nos aportan, entre otras cosas, el abrigo de una comunidad, coordenadas culturales y morales y un consuelo frente a la certeza de que algún día seremos polvo.

A medida que uno se va creyendo su propio cantar de gesta, enmarcado en una época dorada en la que todo sabía mejor y era más auténtico, las generaciones jóvenes nos parecerán, por comparación, cada vez más inanes, débiles y egoístas. Habitantes de un mundo líquido y sin honor donde ya nada importa.

Estos rituales que se dan dentro de nosotros, en nuestro subconsciente, pueden llegar a extremos inquietantes. Recuerdo una historia que leí en El hombre y sus símbolos, la última obra de Carl G. Jung, el fundador de la psicología analítica.

Para quienes no estén familiarizados con el trabajo de este caballero suizo, Jung creía que, de la misma forma que nuestros órganos biológicos tienen una historia evolutiva que nos entronca con otros mamíferos, el cerebro viene, también, con su propia tradición. Una especie de memoria arcaica, de software primitivo con el que operábamos antes de inventar el lenguaje hace unos 150.000 años.

Esta inteligencia antigua, enterrada bajo nuestro yo consciente, afloraría intermitentemente en forma de corazonadas o decisiones instintivas, de miedos irracionales o actitudes aparentemente incomprensibles y se comunicaría con nosotros a través de los sueños. Mediante símbolos, metáforas y alegorías. Un sistema de comunicación anterior al raciocinio, que las religiones habrían sabido captar y dotar de estructura.

Al final de su vida, el propio Jung se quejaba de que sus estudios podían ser malinterpretados como supersticiones y esoterismo. Pero esa es otra historia. Si no se creen su testimonio, toménselo como un cuento de brujas para relatar delante de una hoguera una noche de verano.

Jung cuenta que, una vez, un amigo suyo psiquiatra fue a verlo preso de la agitación. La hija de este señor, de 10 años de edad, le había hecho un extraño regalo por Navidades. Un libro en el que la niña había ido apuntando y dibujando sus sueños de los últimos meses.

En este libro, cuenta Jung, había imágenes complejas y sobrecogedoras. En una viñeta, la niña había dibujado cómo una serpiente con cuernos devoraba a multitud de animales y luego aparecía Dios, de las cuatro esquinas, y la vencía. En otra había danzas paganas en el cielo y ángeles en el infierno. En otras, gotas de agua gigantes llenas de ramas, un pequeño ratón atravesado por gusanos, peces, serpientes y humanos, y que luego se convertía en un hombre, y así sucesivamente.

La niña, según el psicólogo, había reproducido muchos de los motivos presentes en las religiones primitivas de Oriente y Occidente. Rituales de destrucción y restauración y mitologías cosmogónicas que aquella menor, criada en un hogar protestante no practicante de Suiza, simplemente no podía conocer.

Pero lo que más extrañó a Jung fue que estos sueños, con ese tipo de secuencias ceremoniales, se solían dar en personas mayores. Eran los rituales subconscientes de la senectud, no de la infancia o la adolescencia.

Jung llegó a la siguiente conclusión: la niña estaba preparándose para la muerte.

Aproximadamente un año después de presentarle a su padre el regalo por Navidades, la niña se murió de una enfermedad infecciosa.

No se asusten. Carl Jung, que pasó 60 años analizando los sueños de miles de pacientes, dice que se trató de una rara anomalía. Quién sabe lo que sucede en el fondo de nuestra psique. Otras personas, cuando se hacen mayores, abrazan cualquier novedad por descerebrada que sea. Y otras presumen de seguir pensando lo mismo que cuando tenían 20 años. Las hay, incluso, que creen que por debajo de nuestra consciencia no sucede nada. Que los sueños son el cerebro haciendo ejercicio cuando no estamos mirando y que la nostalgia es una distracción. Algunas personas, decía Paul Auster, leen novelas como si fuesen un periódico.

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