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Aloma Rodríguez

Nuestros relatos nos pertenecen

«Hay un cierto riesgo de frivolización del asunto con las frases ‘Yo también voy a terapia’, además de una cierta idealización: la terapia como síntoma de estatus».

Opinión

Nuestros relatos nos pertenecen
Priscilla Du Preez Unsplash

Lo escribió Joan Didion: «Nos contamos historias a nosotros mismos para poder vivir». Lo dice la escritora Laura Fernández en una entrevista con Leticia Blanco: «Escribir es psicoanálisis. Puro y duro». Contarnos lo que nos sucede es una manera de ordenarnos y de asumir lo que sucede, eso es una de las cosas que pueden hacerse en terapia. Hablo de la terapia que busca el autoconocimiento, ayudar a lidiar con las desgracias cotidianas y con las circunstancias vitales que nos salen al camino como la pandilla de Robin Hood, saltando de la rama de un árbol con pulcritud y elegancia para desbaratarlo todo. Ahora que la salud mental entra en agenda reconocer que se va a terapia se ha puesto de moda; pero eso no es exactamente la salud mental, quizá sea higiene mental. Como señalaba la escritora Jimina Sabadú en el programa Playz, hay un cierto riesgo de frivolización del asunto con las frases «Yo también voy a terapia», además de una cierta idealización: la terapia como síntoma de estatus. La locura va asociada a la pobreza, o al revés quizá, pero en cualquier caso la terapia no está al alcance de todos. Por otro lado, los servicios públicos de salud mental andan mermados y desbordados: la pandemia ha dejado secuelas de mayor o menor grado y en diferentes sectores de la población.

Una amiga me cuenta que uno de los consejos que le dio su terapeuta fue escribir. Otra conocida me cuenta que le pide consejo sentimental a su terapeuta. Mi amiga se dio cuenta de que no quería otorgarle el control sobre su intimidad a nadie, y no es que su terapeuta pretendiera ejercerlo, sino que mi amiga se dio cuenta de que ceder eso era ceder el control sobre su identidad. Un poco en esa línea va la socióloga Eva Illouz, según explica en uno de sus vídeos la editora Andrea Toribio, que me pone sobre la pista de la opinión al respecto de todo esto de Carmen Martín Gaite. En Cuadernos de todo está verdaderamente todo –o casi todo–, Martín Gaite estaba muy al tanto de todo y se preguntaba hacia dónde iba todo. También se ocupó del psicoanálisis. Una anotación en el «Cuaderno 17», entre 1976 y 1977, bajo el título de «El interlocutor»: «Tardamos bastante más de lo que calculan los maestros en entender la escritura como una búsqueda personal de expresión. El primer aliciente para expresarse por escrito de una manera espontánea surge precisamente como reacción frente al mandato de los maestros. Es la ruptura con ellos, la rebeldía, lo que hace nacer la voluntad real de escribir. Tanto el profesor, como el confesor, como años más tarde el psiquiatra o el periodista nos presionan a contarles historias porque su profesión les obliga a hacerlo. Son interlocutores pagados, mediadiores de oficio. Hay que pasar por el desencanto de comprobar su falacia e inautenticidad, su falta de interés real por el cuento que nos instan a contarles, para que sintamos en nuestro interior, como un aldabonazo al margen de la ley, la necesidad de contarlo de una forma libre donde no imperen ciertos criterios de escolaridad». Creo que Martín Gaite está alertando: nuestro relato nos pertenece. Nadie dice que el autoconocimiento sea malo, y por supuesto, saber nuestros puntos débiles nos beneficia sobre todo en las relaciones con los demás. La terapia, por supuesto, no tiene nada de malo en sí misma. Pero quizá su institucionalización sí.

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