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Javier Benegas

Ecoangustia: la salvación mediante el terror

«La concienciación sobre un hipotético apocalipsis climático está provocando que cada vez más individuos se suman en la pena y la desesperación, sufran ataques de pánico y renuncien a sus proyectos vitales»

Opinión

Ecoangustia: la salvación mediante el terror
Kay Nietfeld|Europa Press

La American Psychological Association (APA) todavía no la considera por sí misma una patología, aunque cada vez afecta a más personas, pero ya le ha proporcionado una definición: «Temor que puede darse de forma crónica por sufrir un cataclismo ambiental o al observar el impacto aparentemente irrevocable del cambio climático». Se trata de la «ecoangustia» (también, ecoansiedad). Una afección psicológica relacionada con la emergencia climática.

Según parece, la concienciación sobre un hipotético apocalipsis climático está provocando que cada vez más individuos se suman en la pena y la desesperación, sufran ataques de pánico y renuncien a sus proyectos vitales, como tener hijos, porque consideran que la superpoblación del planeta y la calidad de vida son incompatibles. Y «si los adultos están extraordinariamente preocupados, los niños están aterrorizados», advierte el ambientalista danés Bjorn Lomborg.

Para abordar esta afección, además de que políticos, medios de información y activistas deberían dejar de pregonar incesantemente que estamos al borde de la extinción, porque más bien nos encontramos en la situación opuesta, lo razonable sería recomendar a los eco-angustiados la terapia cognitivo conductual (TCC), para que reestablezcan el equilibrio entre sus percepciones y la realidad. Sin embargo, numerosos expertos parecen considerar que el problema no radica en los eco-angustiados sino en la indolencia de quienes son inmunes al terror climático.

En su opinión, esta actitud indolente, además de ser un estresor añadido para los eco-angustiados, obedecería a un fenómeno denominado «distancia psicológica», que impide al sujeto tomar conciencia del peligro. Por lo tanto, quienes precisarían terapia serían los inmunes al pánico, porque su inmunidad no obedecería a un juicio ponderado y poco susceptible al catastrofismo, sino a la falta de juicio. En cuanto a los eco-angustiados, si acaso, necesitarían apoyo para afrontar la inexorable realidad, no para percibirla de forma correcta, porque ellos ya participarían de la verdad revelada.

¿Cómo calificar este planteamiento invertido, donde la curación no consiste en sanar a los enfermos sino en hacer enfermar a los sanos? Para salvar el planeta, a lo que parece, no basta con demonizar el capitalismo y renunciar al crecimiento económico, con las gravísimas consecuencias que esto conlleva, también es necesario hacer que la gente se sienta anímicamente enferma.

Prácticamente todos los días se publican y difunden notas aterradoras sobre cómo el cambio climático va alterar nuestras condiciones de vida, amenazando la seguridad alimentaria, provocando inundaciones, sequías y toda clase de desastres naturales. Un proceso cuyo horizonte a medio y corto plazo es el colapso económico y social. Revertirlo, nos dicen, requiere de una concienciación radical, absoluta; esto es que las personas tengan la percepción continua de estar amenazadas, que sientan inseguridad, miedo, incluso pánico respecto al futuro.

La salvación del planeta exige, pues, extenuar a las personas, hacer que se sientan realmente enfermas. Quien no sufra ecoangustia se constituirá en una amenaza para la supervivencia colectiva, la pieza defectuosa dentro de la maquinaria de la salvación. Será, en definitiva, el auténtico perturbado.

A los jóvenes no les resultará familiar, pero esto recuerda a la política soviética, que siempre trató la disconformidad con el comunismo como una enfermedad mental susceptible de «tratamiento» en hospitales psiquiátricos especiales. A este respecto, Nikita Jrushchov no dejó lugar a la duda sobre cómo el régimen soviético abordaba la discrepancia: «El delito implica una desviación respecto de las normas de conducta aprobadas generalmente, y a menudo su causa es el desorden mental […] Es evidente que el estado mental de las personas que llaman a oponerse al comunismo no es normal». Hoy, salvando las distancias, la forma de enfocar la disconformidad con el discurso de la emergencia climática parece ser en esencia la misma, también desde la psicología social.

La psiquiatra nos dice que las personas anticipan más lo que temen que lo que ciertamente va a ocurrir. Esto significa que el miedo tiende a distorsionar nuestra percepción de la realidad. Sin embargo, diríase que demasiados psicólogos sociales están más determinados a apoyar los miedos de los eco-angustiados, a dotarles de sentido, que a ayudarles a liberarse de ellos. Pero ¿por qué?

Quizá arroje alguna luz lo sucedido en 2011 en la reunión anual de la Society for Personality and Social Psychology. Allí, Jonathan Haidt habló a profesores, estudiantes y postdoctorados de psicología social. Pero antes de empezar su alocución, Haidt pidió a los asistentes que, a mano alzada, manifestaran su orientación política. Primero, preguntó quiénes se consideraban progresistas. Y en la sala emergieron cientos de manos, aproximadamente el ochenta por ciento del aforo. A continuación, pidió que hicieran lo mismo los moderados. Y se alzaron veinte manos. Después, los libertarios. Doce manos. Por último, los conservadores. Tres manos. La psicología social, concluyó Haidt, tenía un problema evidente: una falta de diversidad política. Y esto era peligroso.

Librar batallas políticas a través de la ciencia o de las llamadas ciencias sociales debe verse de igual manera que cualquier otro conflicto de intereses, por cuanto el científico, el psicólogo social o el sociólogo aspira a ser fuente de información científica y, a la vez, defensor de una determinada posición. El trabajo de investigación y los juicios de valor, o las consideraciones morales, son tareas distintas que una misma persona no puede desempeñar simultáneamente. Si lo hace, se acrecentará la confusión inherente a los debates complejos y polémicos. Y peor, se tergiversarán de forma poco ética los valores personales como si fueran información científica.

Así se explica que gran parte del público desconozca que, por cada 500.000 fallecimientos provocados por el calor, el frío causa 4,5 millones de muertes (nueve veces más). O que la ganadería se haya convertido en un blanco legítimo para los salvadores del planeta, cuando en realidad contribuye al calentamiento global con un irrisorio 3,9 por ciento de emisiones de gases de efecto invernadero. O que se difunda que las muertes por desastres naturales no hacen sino aumentar, cuando la tasa global anual de mortalidad por estas causas se ha reducido un 99 por ciento desde la década de los veinte del pasado siglo. O, también, que se ignore deliberadamente que la mortalidad de un desastre natural, como, por ejemplo, un huracán, está condicionada por el nivel de desarrollo económico, no por el cambio climático. Si el huracán golpea una región pobre y subdesarrollada, los muertos pueden contarse por cientos de miles, pero si se trata de una región próspera y desarrollada, lo más probable es que no se produzca ninguna víctima mortal.

Podría llenar páginas y páginas con referencias que nos dicen que, en efecto, la temperatura del planeta sube pero que no vamos camino del apocalipsis. De hecho, la temperatura sube menos de lo previsto, por eso, entre otras razones «estratégicas», se está sustituyendo la expresión «calentamiento global» por «emergencia climática».

Esto no significa que no debamos actuar para, gradualmente, asegurar un equilibrio entre progreso y medioambiente, cosa que, por otro lado, llevamos tiempo haciendo, pero debemos abordarlo apostando por el desarrollo económico, la tecnología y, sobre todo, el ingenio, que son las mejores herramientas de que disponemos, las que nos han traído hasta aquí sanos y salvos. Nunca alimentando un catastrofismo que desprende un sospechoso aroma ideológico y mercantilista, y que, además de matar moscas a cañonazos, con unos costes insostenibles y unos resultados patéticos, nos está enfermando de miedo. Y el miedo, como advirtió Edmund Burke, es el más ignorante, el más injurioso y el más cruel de los consejeros.

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