Publicidad
Jorge Freire

El marketing compasivo

«¿Por qué el psicólogo no va a terapia? Porque no puede pagarla»

Opinión

El marketing compasivo
Reuters

Abre un local pintón en el centro de Madrid «para dar visibilidad a los problemas de salud mental». En cuanto franqueas la puerta, una comercial te convence de que estar mal es bueno mientras te sugiere echar unas lágrimas en el crying corner. A renglón seguido, te pone frente a un espejo que reza «valgo más que mis likes de Instagram», al tiempo que te conmina a sacarte unas fotos usando el hashtag corporativo.

Para el poeta dadaísta Hugo Ball, los sacerdotes egipcios eran atletas del sufrimiento; estos pájaros de cuenta son, más bien, sus personal trainers. No hemos tardado en descubrir el secreto de la uberización de la terapia: al cliente le regalan sesenta minutos de prueba; al empleado, sueldos de miseria y amenazas de multa si deja el trabajo. ¿Por qué el psicólogo no va a terapia? Porque no puede pagarla. A penas llega, Calderón dixit, cuando no llega apenas.

Todavía no sabemos en qué quedará el plan de salud mental del Gobierno, pero los pescadores de río revuelto ya han tirado la caña. En realidad, no han dejado de estrujarse la sesera desde que el asunto entró a formar parte de la agenda política. Revolucionario, según Wittgenstein, es lo que se revoluciona a sí mismo, y nada lo hace tan bien como el sistema capitalista.

Véase la desfachatez de la hamburguesería que hoy comparece como punta de lanza del vegetarianismo, bien retratada por Olmos: la misma empresa que ha envuelto en pan la carne de cientos de millones de vacas y marranos, si es que lo eran, se presenta como inverecundo adalid de la causa animal. ¡Átame esa mosca por el rabo!

El marketing agresivo se trueca en marketing compasivo. Recuérdese el inolvidable episodio de Sucession en que el emporio mediático acusado de espiar las conversaciones de los usuarios adopta el eslogan «te escuchamos». En este caso, al menos, tienen la vergüenza de cambiarlo por un aparatoso «escuchamos por ti».

Explotadores convertidos en terapeutas, matarifes amigos de los animales, bancos multinacionales que te invitan a café… El capitalismo moralista tiene la esencia vampírica de Uriah Heep. Como el villano de David Copperfield, vuela en círculos alrededor de un corazón triste hasta que le hinca el diente. De vivir hoy, Uriah habría montado un gabinete hipster en Malasaña.

Envía el primer comentario

Publicidad

MyTO

Crea tu cuenta en The Objective

Recupera tu contraseña

Ingresa el correo electrónico con el que te registraste en The Objective

L M M J V S D