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José Carlos Llop

Una visita de Antoni Miró

«El modisto incorporó, como suelen hacer los buenos, la modernidad a la tradición y no fue ajeno a su estilo el primer Adolfo Domínguez»

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Una visita de Antoni Miró

Antoni Miró. | Albert Olivé

Antes de cumplir los 18 años tuve un amigo –lo fuimos hasta que murió, hace ya 30 años– que se compraba la ropa en París, Barcelona y Londres. En Barcelona lo hacía en Groc, la primera tienda que tuvo Toni Miró, mítica desde sus comienzos. Groc estaba en Rambla Cataluña, pero podía estar en Carnaby St. En una ocasión, mi amigo –David, su nombre, nieto del pintor Joan Miró– me regaló unos zapatos espléndidos comprados en Groc –dos gamas de marrón y cordados– que parecían del duque de Windsor o de un gángster de Chicago. Me duraron todos los años del mundo y nunca estuvieron pasados de moda. Lo recordé hace unos días, al leer que Toni Miró –Antonio Miró, también– había muerto sin cumplir ni los 75.

Durante la mayor parte de mi vida adulta he pasado todos los veranos en un puerto de pescadores de la costa norte mallorquina. El mismo lugar y los mismos hábitos en los días de libertad –sin más trabajo que la escritura, quiero decir– configuraron en mí la idea de un continuum buscado: de un largo verano, solo interrumpido por las demás estaciones, que eran laborables. Esto hace que me cueste fijar un hecho u otro en tal o cual año: era verano, yo era feliz y ocurrió entonces; es más que suficiente. Por tanto es posible que la visita de Toni Miró sucediera hace seis o siete años, no más. Era una tarde de temporal –allí, cuando pega, las olas parecen de Hokusai– y no habíamos bajado a la cala a bañarnos. Estaba leyendo en la terraza, nuestra perra Blixen –una whippet maravillosa– dormitaba a mi lado y una pareja apareció detrás de la cancela del pequeño jardín. Ella era china y él preguntó por mí; quiero decir que pronunció mi nombre con el interrogante de la duda cortés y la afirmación de quien sabe que no se está equivocando, pero por si acaso. ‘Soy Toni Miró, podemos pasar?’, añadió en catalán. Al cabo de unos minutos estábamos en animada tertulia. Recuerdo que, cuando se sentó en la terraza y miró hacia el mar, sentenció: ‘es otra perspectiva’ y yo pensé en El contrato del dibujante. La casa que había alquilado unos días estaba junto al torrente, casi a pie de cala; donde vivíamos nosotros, más arriba. 

Nos comentó que le había sugerido venir a verme el pintor Sebastià Ramis y aquella tarde hablamos de un viaje a Grecia que había hecho con David y la joyera Chelo Sastre –su última pareja– y de cómo David se dirigía a los perros llamándolos ‘colega’. Una atmósfera de humor empezó a teñir el tiempo y la simpatía cuajó en ambos sentidos. Del colega perruno de nuestro amigo, pasamos a los olivos de la Sierra de Tramontana, a la pintura, tan refinada, de Sebastià Ramis y al poeta Cavafis… Después volvió a aparecer el uso davidiano de la palabra colega como la clave de un tiempo ido y acabamos hablando de los filósofos cínicos y de la imagen bizantina de Cinocéfalo, que Cristóbal Serra y Basilio Baltasar emplearon como ilustración de la cubierta de la obra completa del primero, publicada por el segundo en su editorial Bitzoc. Así pasamos la tarde –él barajó incluso la posibilidad de comprar un solar y hacerse una casa allí mismo– y quedamos a la mañana siguiente, muy temprano, que era cuando yo emprendía todos los días mi camino hasta S’Estaca, predio levantado por el archiduque Luis Salvador de Austria para Catalina Homar, payesa valldemossina que fue su amante.

A la mañana siguiente, muy temprano, Toni Miró, su mujer y yo nos dirigimos hacia S’Estaca. Les conté alguna historia del acoso de los piratas turcos, siglos atrás, y luego disfrutamos del paisaje que abarca desde La Punta de S’Àguila hasta las casas de S’Estaca con las palmeras sobre el mar y sus recortadas almenas blancas, una mezcla de Lípari y Túnez. Mientras Blixen correteaba por delante y jugueteaba con unas algarrobas, estuvimos hablando de Patrick Leigh Fermor, de ‘Las Constelaciones’ de Joan Miró, del archiduque Luís Salvador y sus viajes por todo el Mediterráneo, de los bailes de los giróvagos sufíes y de los farallones de la costa amalfitana contemplando las rocas de la costa valldemossina. 

Toni Miró murió la semana pasada. Se ha recordado su intervención en los Juegos Olímpicos del 92 pero hubo bastante más que eso: fue el modisto español más importante de los nacidos años después de la alta costura de Balenciaga y compañía. Incorporó, como suelen hacer los buenos, la modernidad a la tradición y no fue ajeno el primer Adolfo Domínguez al estilo de Antonio Miró. Aquella visita acabó con unas rebanadas de pan con sobrasada, una botella de un excelente vino mallorquín, una jarra de agua fresca, más conversación y una alegría cómplice. Era verano y las casas junto al mar, en verano, también las hacen quienes las visitan. Por la tarde se levantó un fuerte siroco, pero ellos ya habían hecho las maletas y partían hacia su casa, en Barcelona.

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