THE OBJECTIVE
Ángel Aponte

Títeres por cuaresma

«La Cuaresma tornaba en túnica nazarena los disfraces y en cera amarilla los farolillos de colores»

Zibaldone
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En los días del Carnaval las mujeres del pueblo más llano tiroteaban a los lindos y galanes, dandis del siglo XVII, con naranjas ahuecadas y cargadas de mosto, grasa y rellenos infames. Estos caballeros, inermes y ahora encantados, eran también asediados por señoras y señoritas de casa grande con salvas de papelillos y huevos que, al dar en el blanco y quebrarse, esparcían aguas de azahar y de Córdoba. Los que habrían desenvainado la espada ante la mala mirada de un valiente, reían y enmudecían, reverentes ante la gracia y el gentil atrevimiento. Pronto habría ocasión de añorar con dulce memoria lo vivido. Llegaba la Cuaresma que tornaba los polvillos picantes de los jocosos en ceniza para las frentes, en túnica nazarena los disfraces y en cera amarilla los farolillos de colores.

La Cuaresma cambiaba almuerzos y cenas, mesas y pucheros. Calderón se lamentaba: «¡Oh, loco tiempo de Carnestolendas, / diluvio universal de las meriendas, / feria de casadillas y roscones, / vida breve de patos y capones, / y hojaldres, que al doctor le dan ganancia, / con masa cruda y mantequilla rancia!». Se prohibía el consumo de carne, huevos, queso y leche. Los tablajes de los mercados se abastecían de bacalao o abadejo seco, de lúgubres pescados ceciales, de sardinas saladas y escabeches. Con antelación, los concejos, como si se fuera a acabar el mundo, concertaban su abasto y cerraban tratos con asentistas y arrieros que transportaban estas mercancías por caminos flanqueados por derrumbaderos. A Madrid llegaban pescados de Galicia, Asturias, Vizcaya e Irlanda; a las plazas andaluzas desde Málaga, Torre del Mar, Almuñécar, Puerto de Santa María y Cádiz. El pescado fresco, hasta la construcción del ferrocarril, fue siempre caro y escaso, Otra cosa eran los peces de río. Cien libras de barbos cuaresmales recibió en sus casas principales el duque de Mayenne, embajador del Rey de Francia ante Felipe II. Hasta el chocolate y el tabaco quedaban bajo sospecha. Hubo teólogos y juristas que compusieron documentados y complejos tratados para aclarar casos de conciencia y situaciones dudosas. Así, León Pinelo, en 1636, escribió su Cuestión moral si el chocolate quebranta el ayuno y Tomás Hurtado fue autor de Chocolate y tabaco. Ayuno eclesiástico y natural si éste le quebranta el chocolate y el tabaco al natural para la Sagrada Comunión. Era conveniente conocer las opiniones de estas lumbreras para poder contemplar las lluvias de marzo, desde un mirador y con un cigarro, sin escrúpulos de conciencia.

A pesar de todo, en aquella España, siempre imaginada de negro y con el Santo Oficio ojo avizor, los ayunos y abstinencias no siempre se cumplían con rigor. Distintas disposiciones episcopales, de los siglos XVI y XVII, recordaban con pertinacia la obligación general de no probar la carne durante la Cuaresma y advertían de las penas a las que se exponían los desobedientes. Desde los obispados se revelaba la existencia de una cohorte de falsos enfermos que, entre lamentos, aducían dudosas prescripciones facultativas y pretendían un trato de favor. En el Arzobispado de Zaragoza, a finales del XVII, se levantó la liebre y se denunciaron estas imposturas y triquiñuelas ejecutadas «con dolor de los buenos y escándalo de los pequeños» y se declaró:  «no es fácil persuadir el juicio de que sean tantos los verdaderamente necesitados de comer carne, como los que la comen en Cuaresma».  En las constituciones sinodales del Obispado de Teruel, aprobadas por don Fernando de Valdés y Llano en 1627, se cuestionó la tolerancia de algunos médicos que «con muy pequeña causa» libraban de estos rigores alimenticios a sus pacientes. Bien estaba la concesión de esta dispensa a los enfermos probados pero no se podía sufrir que ciertos individuos, crápulas conocidos, alegasen motivos de salud para escamotear la Cuaresma cuando era por todos conocida su pronta disposición «para todos los vicios y desórdenes que sus apetitos les piden». Si tenían achaques, decían, sería a causa de su vida de excesos que no por otra cosa. La Iglesia turolense, para cortar por lo sano, mandó que las licencias firmadas por los médicos fueran revisadas y contasen con el visto bueno de curas y confesores que, sin duda, tenían registrados y conocían a todos los pájaros de cuenta de sus parroquias. Con estas cédulas, en regla y en la mano, podrían pasar los exentos por los tajones para retirar un cuarto de carnero o lo que tuviesen a bien adquirir. A los demás sólo les quedaba poner a remojo una tajada de abadejo, engañar al hambre con un barbo hervido con picatostes o contentarse con un triste potaje de habas y así hasta la Pascua. Desde distintas instancias eclesiásticas se advertía, además, que los falsarios, una vez descubiertos, serían excomulgados y sus nombres escritos en una tablilla expuesta en lugar público para conocimiento general y oprobio de sus deudos. Las fórmulas de estas excomuniones eran, en palabras de don Antonio Domínguez Ortiz, terroríficas y extravagantes, para poner el pelo de punta. Un ejemplo: «Maldito sea el manjar que comiéredes, la bebida que beberiéredes y el aire que respiráredes. Maldita sea la tierra que pisáredes y la cama en que dormiéredes. No llueva el cielo sobre cosa vuestra sino fuego y piedras. No gocéis fruto de vuestro trabajo ni halléis quien os socorra en vuestras necesidades, siempre que fuéredes a juicio salgáis condenados. Los demonios os acompañen y la tierra os trague vivos».

Junto a las privaciones y penitencias culinarias, el inicio de la Cuaresma suponía la suspensión de las diversiones públicas. Se interrumpían las representaciones teatrales, las zarzuelas, los regocijos, el tronar de las chirimías, los toros y los juegos de cañas. Lo más que se permitía, y no siempre ni en todos los lugares, eran los ejercicios acrobáticos, los volatines y los tablados con títeres o marionetas en los que se explicaba al público, a voces destempladas, la historia representada.  Entre otras medidas, para garantizar la castidad, se clausuraban las mancebías. Un viernes de cada Cuaresma, en Madrid, dos alguaciles acompañaban a las mujeres de estos mesones de las ofensas o berreaderos, dicho en lenguaje germanesco, a la Iglesia de la Encarnación donde un predicador las exhortaba a abandonar tan malas y deshonradas sendas. Los jesuitas no ahorraban esfuerzos ni desvelos para rescatar a estas pobres mujeres y ayudarlas a que rehiciesen su vida.  La vida del padre Pedro de León, visitador de las cárceles de Sevilla en el Siglo de Oro, da fe de esta empresa tan difícil como peligrosa. Aquellos padres de la Compañía eran hombres resueltos, sacra tropa de choque siempre dispuesta a porfiar, por derecho y a cuerpo gentil, con chulos, jayanes y matones. Nunca faltaron jesuitas y frailes que, en su mocedad, habían servido al Rey pica al hombro y conocían el paño. En peores plazas habían toreado y, ya se sabe, Fraile que fue soldado, sale más acertado.

Los sermones se multiplicaban y los oradores sagrados no daban cuartel. Hablaban recio y estremecían tornavoces y fieles. Sus sermones podían ser piezas oratorias muy adornadas y alambicadas pero no faltaban los que iban al grano y decían las verdades a palo seco que caían sobre los feligreses como jarrazos de agua fría. Fray Alonso Guerrero en un convento de Antequera, un domingo de Cuaresma de 1630, advirtió a ciertos pecadores, sin mayores miramientos, que su «paradero será el fuego del infierno, fomentado con hediondos materiales de piedra azufre» y que allí ya verían lo que era bueno. Algunos clérigos se alteraban en extremo al perorar y sufrían ataques de perlesía. Así lo atestiguó don Francisco Terrones del Caño en su Instrucción de predicadores que, además, desaconsejaba que los predicadores fuesen demasiado feos y que hablasen a gritos «hundiendose en el pulpito, braceando apriesa» y que, desde luego, jamás debían « dar cozes, ni sonar los pies en el pulpito». Esto venía de antiguo pues el autor del Viaje de Turquía, de querencias erasmistas, aseguraba que los predicadores españoles «tienen menester de púlpitos de acero, que de otra manera los harían pedazos, paréscesle que a puñadas han de persuadir la fe de Cristo». No eran pocos los asistentes a estos sermones, pecadores pero devotos en lo más profundo de su alma, que después, de vuelta en sus casas, con cien rejonazos en la conciencia, se preguntaban qué era de ellos y de sus vidas y, casi sin darse cuenta, se daban a las buenas acciones.

Los calendarios y las estaciones eran así. Había un tiempo para cada cosa, para la locura y la cordura, para la alegría y la introspección. No eran, es verdad, días divertidos para los inquietos, los sociables y los traviesos. Comprendamos su tribulación y hagámonos una idea de lo largas que se les harían las tardes y las noches de Cuaresma, monótonas y letárgicas, a aquellas naturalezas mundanas y traviesas del seiscientos, de ese mundo callejero y ruidoso del Barroco español. Y todo esto cuando la primavera -toda recuerdo y toda esperanza, como bien nos dijo Dionisio Ridruejo- invitaba a tantas cosas, creadas por Dios al fin y al cabo, para consuelo y bálsamo en este valle de lágrimas.

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