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Aloma Rodríguez

Gente corriendo

«’Licorice Pizza’ es una película viva, que va cambiando y que se niega a encajar en una etiqueta»

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Gente corriendo

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Los protagonistas de Licorice Pizza se cruzan en el patio de un instituto el día en que van a hacer las fotos de final de curso. Él es estudiante allí y ella forma parte del equipo que va a hacer las fotos: ofrece a los alumnos un espejo y un peine. Son Gary y Alana, él, quince años, ella, diez más. Él se enamora de ella casi nada más verla. Y le informa a su hermano pequeño de que se casará con ella algún día. Licorice Pizza, la película más reciente de Paul Thomas Anderson, es en parte la historia de la seducción de él a ella. Pero es errática, y aunque la relación entre ellos es el centro de la película, parece que lo que se elige contar es lo episódico, los meandros de esa relación. La película promete todo el rato cosas que no termina de dar, por eso puede generar una cierta insatisfacción. Yo lo considero un acierto. Es una película romántica en la que apenas hay escenas de amor; es una película de adolescentes en la que no sale ni una clase. Aunque Gary y Alana son muy jóvenes y ella es presumiblemente el primer amor de él, no es una película sobre el primer amor.

Gran parte del encanto de la película está en sus protagonistas: Cooper Hoffman –hijo de Philip Seymour Hoffman, con quien trabajó PTA– y Alana Haim, de la banda HAIM –Alana y sus hermanas–, PTA ha dirigido algunos videoclips del grupo. Haim y Cooper tienen una extraña naturalidad y son encantadoramente imperfectos: como dice el actor y escritor francés François Bégaudeau en su podcast La gêne occasionnée, se acabó la tiranía de los rostros perfectos y simétricos. Hay algo familiar en la película: aparecen las hermanas y los padres de Alana haciendo de sí mismos; también tiene un papel Maya Rudolph, esposa del director, y otros habituales. En el reparto están también Sean Penn, Tom Waits y Bradley Cooper, que protagoniza –o espolea, mejor dicho– uno de los episodios más divertidos de la película. 

El funcionamiento de Licorice Pizza, ese prometer algo que no termina de dar, jugar con las expectativas del espectador, está también en el título, que hace referencia a unas tiendas de vinilo frecuentes en la época: los vinilos serían esas pizzas de regaliz. Y es verdad que no hay ninguna tienda de vinilos, pero sí está contenida toda esa época: Los Ángeles, 1973. Recuerda en algo a Érase una vez en Hollywood, de Quentin Tarantino, en esa especie de recreación de la ciudad de la infancia de los directores. Aquí, PTA se descubre como un selector musical tan bueno como Tarantino. La película es también la historia de unos chavales que crecen en ese momento y en lugar de jugar a fútbol, montan negocios de colchones de agua que se hunden con la crisis del petróleo o recreativos con pinball aprovechando que levantan la prohibición de las máquinas en el estado. La historia se construye con estos episodios-aventuras-en-el-mundo-adulto (negocios y política). Él tiene una carrera de niño-actor ya en decadencia, está dejando de ser niño, y ella coquetea con la idea de convertirse en actriz. 

Me gustan todas las escenas en las que Alana corre hacia Gary, en las que Gary corre hacia ella y en la que uno corre hacia el otro. Pero lo que más me gusta de Licorice Pizza es que es una película viva, que va cambiando y que se niega a encajar en una etiqueta. 

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