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Joseba Louzao

El día después del reinicio de la historia

Opinión
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El día después del reinicio de la historia

Francis Fukuyama. | WIKIPEDIA

La invasión rusa en Ucrania ha vuelto a sacar de paseo a Francis Fukuyama y su propuesta del «fin de la historia» (y del «último hombre», que esta última parte de la formulación siempre se nos queda en el tintero). El propio Fukuyama se ha arremangado y ya ha firmado varios análisis a lo largo de estas semanas sobre la cuestión. En cualquier caso, permítanme que sume mi voz a este largo y caótico debate. Aunque podríamos convenir que, ahora mismo, nos encontramos ante una discusión bizantina entre los defensores del fin del fin de la historia y los que creen que nos encontramos ante el fin del fin del fin de la historia. Y así, entre ideas y venidas, la querella se ha transformado en un trabalenguas artificial que facilita ensamblar columnas como esta con referencias que todos tenemos presentes en el debate público. 

Como avezado epígono de Hegel, y tras la digestión que hizo de los planteamientos de ese peculiar pensador que fue Alexandre Kojève, Fukuyama consideró que el régimen político definitivo era la democracia liberal conjugada con el capitalismo: «El punto final de la evolución ideológica de la humanidad y la universalización de la democracia liberal occidental como la forma final de gobierno humano». Aquel libro se publicó en 1992, aunque el origen se encontraba en un artículo que había escrito para The National Interest en el verano de 1989. La Unión Soviética estaba volando por los aires en mil pedazos y Borís Yeltsin alteraba política y económicamente Rusia a golpe de decretos. Y es esa época en la que aún vive, siempre esbozada como tragedia, Vladímir Putin. Lo que, en el fondo, no deja de ser una prueba más de que la propuesta de Fukuyama no iba tan desencaminada. 

Ya sea para aplaudirle o fustigarle, Fukuyama ha sido utilizado como un auténtico hombre de paja. La vida intelectual es así: a unos se les perdona todo y a otros no se les pasa ni una. Cada cual utiliza la formulación para arrimar el agua a su molino. Sus críticos han utilizado cualquier acontecimiento histórico para meterle el dedo en el ojo y dar por acabado ese «fin de la historia» y algunos de sus defensores más conservadores lo han esgrimido por ser una herramienta de combate para dar por finiquitada la etapa del comunismo, pese a que les molestaba esa explicación teleológica que les sonaba demasiado a Karl Marx. Ambas actitudes son injustas porque muchos de ellos ni siquiera han hecho el esfuerzo de leer sus revisiones posteriores, como su brillante recorrido histórico en Orden y decadencia de la política o el sugestivo ensayo Identidad. La demanda de dignidad y las políticas de resentimiento (ambas traducidas entre nosotros por Deusto). Fukuyama ya se ha sacudido de muchos de sus planteamientos más idealistas, aunque nunca pensó que la victoria de la democracia liberal supondría detener el reloj de la historia para acabar con la conflictividad política. Nada más lejos de la realidad. Eso sí, tampoco podemos olvidar que se equivocó estrepitosamente, por ejemplo, al considerar que China no podría mantener por mucho tiempo su orden político. 

Esta semana publica su último libro, Liberalism and Its Discontents (que, de nuevo, Deusto editará en unos meses), donde revisa las numerosas críticas que se han hecho al liberalismo desde la izquierda y la derecha. Cada uno de los reveses que la democracia liberal ha vivido desde la caída del muro de Berlín, y no han sido pocos, han ido mostrándonos los peligros de un certeza complaciente y tecnocrática. Las amenazas siguen conjugándose en presente y el sistema demoliberal debe dar respuesta a las dificultades que han ido apareciendo, o que el mismo sistema ha generado con su arrogancia, exceso de paternalismo y autosuficiencia. La larga lista de errores son los pliegues por los que se cuelan cotidianamente los discursos de nuestros enemigos. 

En Ucrania tenemos un episodio más de este proceso de avances y retrocesos. Pero la resistencia de los ucranianos nos demuestra que la democracia liberal, hasta una imperfecta como la que ellos sufrían, es mejor que cualquier otra apuesta autoritaria. Sabemos que, aunque logremos derrotar a Putin, los demás enemigos no desaparecerán de un plumazo. Ahí tenemos a China, Irán, Corea del Norte, Venezuela o los movimientos populistas en la Unión Europea, que aprovecharán cualquier problema para ir lacerando nuestra democracia liberal. Hoy sabemos que el día de después del reinicio de la historia todo será peor. Ya hemos tenido demasiadas advertencias como para dejarlo pasar. Fukuyama vuelve a ser optimista y cree que el ataque ruso nos ha hecho despertar. Ojalá sea así, aunque uno no las tiene todas consigo. La democracia liberal funciona más como advertencia que como promesa. Y estamos en un tiempo en el que solo queremos escuchar promesas redentoristas. 

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