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Gregorio Luri

¡Líbrenos Dios de enemigos empáticos!

«Si queremos ser pacifistas, recordemos que la paz se hace con el enemigo, no con el amigo»

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¡Líbrenos Dios de enemigos empáticos!

Fotograma de 'The Joker'. | IMDb

… y me dieron solamente incomprensión.

Jeanette profetizó The Joker: «Yo soy rebelde / porque el mundo me ha hecho así, / porque nadie me ha tratado con amor, / porque nadie me ha querido nunca oír. / Yo soy rebelde / porque siempre sin razón / me negaron todo aquello que pedí / y me dieron solamente incomprensión». Y el Joker habitó entre nosotros.

No es casual que a nuestros jóvenes les guste más The Joker que una de esas viejas películas del oeste en las que el bueno es bueno, el malo es malo y el bueno gana y se queda con la chica. Los protagonistas con los que les gusta identificarse son los malos que se han vuelto malos porque la vida los ha tratado mal y arrastran un déficit de empatía. El verdadero responsable de sus fechorías es el que les negó el abrazo que los hubiera librado de la atracción del lado oscuro. Hoy el único malo-malo es el que cree que existen los malos-malos.

En esas estábamos, adormecidos por aquella canción que escribió Bobby Capó y que con tanto éxito cantaba Lorenzo Gonzáles, ‘Cabaretera’: «… el cielo será cielo, / la tierra será tierra, / la vida será siempre, siempre igual…».

Y en eso llegó Putin.

Para los que padecen un incurable síndrome de Estocolmo moral, Putin es un claro ejemplo de malo involuntario, un pobre Joker. Sí, ha invadido Ucrania, pero… si lo hubiéramos querido un poco más…

Sin embargo, las imágenes de lo que está ocurriendo en Ucrania están ahí con toda su brutalidad y bien pudieran despertarnos de nuestro sueño dogmático. ¿Estaremos descubriendo los europeos que estamos condenados a vivir en el mundo en que vivimos?

Si nos tomásemos en serio a Putin, nos sacudiríamos el desdén por la política que caracteriza a los ingenuos que nunca perdonan a la realidad que no esté a la altura de lo que le han impuesto como deber ser. Ciertamente no se ganan elecciones sin optimismo. Toda política de éxito es una política de esperanza. Pero la vida política normal impone la convivencia con la frustración, cosa que sabríamos si leyéramos con más frecuencia al gran Gracián.

Nos guste o no, no estábamos asistiendo en las últimas décadas a la marcha triunfal de la razón, la filantropía, la empatía, el universalismo abstracto, la pospolítica y el posnacionalismo. A lo que estábamos aplaudiendo era a la marcha triunfal de nuestros propios aplausos a nuestras buenas intenciones.  No hay nada en la naturaleza de las cosas políticas que las obligue a marchar al paso de esos aplausos.

Si nos tomamos en serio a Putin, tomaremos buena nota de que el bienestar de que disfrutamos se debe también a la estabilidad de nuestras fronteras y a las personas dispuestas a preservar esa estabilidad con sus vidas.

Pierre-André Taguieff se hace eco, en Julien Freund, au coeur du politique (2008), del diálogo que mantuvieron Jean Hippolyte y Julien Freund en torno a las categorías definitorias de lo político, en el transcurso de la defensa de la tesis doctoral de este último en la Sorbona el 26 de junio de 1965:

Hippolyte: Sobre la cuestión de la categoría amigo-enemigo, si tiene usted verdaderamente razón, no me queda más que ir a cultivar mi jardín.

Freund: Creo que piensa que es usted quien designa al enemigo, como todos los pacifistas, que vienen a decir que, si no quisiéramos tener enemigos, no los tendríamos. Pero es el enemigo el que te designa. Y si quiere que seas su enemigo, ya le puedes hacer los más hermosos gestos de amistad. En el momento que decide que eres su enemigo, lo eres. Y te impedirá cultivar tu jardín.

Hippolyte: Entonces no me queda más que el suicidio.

Si el enemigo es aquel que fabrica su enemistad, Hippolyte opta por el desencanto político, posición típica de quienes carecen de agallas para reconocer que la política real obedece a reglas que no se corresponden con nuestras normas ideales.

Yo voy un poco más allá de Freund (y de su maestro, Carl Schmitt): sospecho que para tener enemigos basta con definirse políticamente. ¿No ha vivido Putin como una afrenta la definición europeísta de Ucrania? ¿Y lo que los cobardes le echan en cara a Ucrania no es que se atreva a definirse? La definición nos sitúa en el terreno polémico de las amistades y las enemistades. Por eso la mejor forma de no tener enemigos es carecer de convicciones; es decir, estar dispuesto a tener amos.

En Europa creíamos posible definirnos solo comercialmente, como si el comercio fuese un campo neutral. Esta convicción nos permitía hacer filantropía internacional con los beneficios, hasta que Putin nos ha impelido a reconocer que no podemos prescindir de intereses políticos… a no ser que optemos por la finlandización de la UE. No podemos permitirnos el lujo de una política exterior basada en el live and let live por la sencilla razón de que no todo el mundo comparte este principio relativista. Por eso nos interpelan los interrogantes ineludibles: ¿puede afirmarse Europa a sí misma sin algún tipo de patriotismo europeo, sin algún tipo de unión simbólica europea? ¿Puede afirmarse Europa a sí misma sin superar su balcanización interior? ¿Puede hacerlo sin afirmar sus fronteras exteriores? ¿Puede afirmarse a sí misma sin plantar cara a esa aristocracia del bien -tan europea- siempre predispuesta a fabricarnos una memoria de opresores y a escribir nuestra historia con los colores de la abyección?

Si queremos ser pacifistas, recordemos que la paz se hace con el enemigo, no con el amigo. Y el enemigo sigue allí defendiendo políticamente sus intereses hegemónicos o imperialistas.

Volvamos al principio.

El pacifista cree que si existen problemas en el mundo es porque la ciudadanía mundial no es, aún, suficientemente empática. El mal es para él un virus sociológico. A mí, sin embargo, me parece que la moralidad exige un enfriamiento de la empatía, porque conviene no sentir mucho el dolor del otro si lo que necesita es nuestra ayuda serena. Espero que, si alguna vez me tienen que hacer un trasplante de corazón, mi cirujano sea frío, técnico, riguroso, de pulso caligráfico y que sepa más de su oficio que de mis sentimientos. Que no guíe el bisturí con el corazón, sino con el cerebro y que, si las cosas se complican inesperadamente, reaccione con la mayor serenidad. No se necesita empatía para ayudar a otra persona. Basta con la conciencia del deber moral. Pero sí es muy útil si queremos engañarlo. Ser empático es una cosa y ser buena persona es otra. El empático maquiavélico es el tipo de humano más perverso.

Frans de Waal ha visto bien que «percibir la discapacidad del otro también proporciona formas de sacarle partido». Putin, que se cree un genio de la empatía, pensaba que nos comprendía a los europeos occidentales mejor de lo que nos comprendemos nosotros mismos. Y aún está por ver si tiene razón. Siente muy bien las emociones de los ucranianos y por eso no deja de bombardearlos. Su empatía obedece a intereses estratégicos. Y la moral, la empatía y la estrategia no tienen por qué estar en sintonía.

¡Líbrenos Dios de enemigos empáticos!

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