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Manuel Ruiz Zamora

De la filosofía a la «crítica»

«No es casual que el adiós a la Filosofía en los planes de estudios venga acompañado del avance de asignaturas puramente ideológicas»

Opinión
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De la filosofía a la «crítica»

Sam Balye|Unsplash

Se ha abusado tanto de la asociación entre filosofía y pensamiento crítico que los propios filósofos, tal vez por llevar la crítica más allá de ella misma, han terminado discutiendo la posible verdad que ello encierra. El pensamiento crítico, afirman algunos, no es exclusivo de ninguna disciplina, todas participan de él en alguna medida e, incluso, nosotros, en tanto individuos, albergamos una disposición natural que nos impele a poner en cuestión todo aquello que entra en colisión con nuestros principios o, simplemente, que no resulta de nuestro agrado. ¿A qué, pues, esa soberbia del saber filosófico, máxime cuando éste no es, en el mejor de los casos, sino un saber de saberes? Ahora bien, ¿no sería la crítica de la condición crítica per se de la filosofía una prueba más de su naturaleza inevitablemente crítica?

Es verdad que, principalmente, desde el marxismo y sus secuelas más o menos subrepticias, la palabra crítica ha asumido un significado bastante banal que, además, suele esconder detrás de él vergonzosas deudas no reconocidas. Hay presuntas disposiciones criticas, asimiladas, por lo general, a convenciones ideológicas y admitidas sin demasiadas exigencias, que no sólo nos permiten acomodarnos en nuestros prejuicios, sino que nos procuran la ilusión de una heroica resistencia intelectual contra lo establecido. La crítica de ese modo se transforma en el pretexto perfecto para evitar ejercer verdaderamente la crítica. Lo vemos de forma particularmente elocuente en esos actores y actrices y literatos circunspectos que, en el nombre de la sacrosanta crítica, operan, tal y como vaticinara Nietzsche, de meros esclavos de alguna ideología.

En su acepción más ideológica y popular, el término crítica ha pasado a ser, simple y llanamente, sinónimo de negación. Somos o nos pretendemos críticos en la medida en que negamos la validez o el valor de algo asumido como válido. Cuando más rotunda y totalizadora sea esa negación mayor será el grado de radicalidad que se le atribuya a quien la promulga. De la misma forma que, según Camus, «un hombre rebelde es un hombre que dice no», también el crítico por antomasia de la realidad es aquel que le niega a ésta cualquier legitimidad posible. Siguiendo dicha lógica nihilista, se ha entronizado como maestros referenciales (ponga usted aquí el nombre que quiera) de la disposición critica a mentes que simplemente dicen un no incondicional envuelto en paja retórica. Frente a estos, Bartleby, el personaje de Melville, se nos aparece con un grado infinitamente mayor de coherencia.

Hay que decir que, si bien en forma de grotesca caricatura, toda esta mitología procede de Hegel, el profeta lógico de nuestra época. Como se recordará, el pensador alemán identificó, tanto en el pensamiento, como, por extensión, en la realidad (todo lo real es racional), una condición dialéctica, según la cual sólo si nos negamos a nosotros mismos, es decir, si nos alienamos en lo que no somos podremos llegar a ser lo que verdaderamente somos. Esto, por más discutible que les resulte a los sempiternos amantes de los identitarismos, es lo que inaugura el mito del progreso. Es progresista, en este sentido, todo aquello que, a partir de su negación, fluye hacia un fin, mientras que lo reaccionario sería lo que se reafirma en una pretendida identidad como forma de inmovismo. El último golpe de timón a este deriva es el que representan los saltimbanquis tristes de la Escuela de Frankfurt, que, a partir de la experiencia del nazismo y la evidencia totalitaria del comunismo soviético, determinarían que sólo es digna de respeto la negación que no se supera a sí misma. Como decía Nietzsche, el nihilismo no es sino un desierto que crece.

Ahora bien, ¿que tiene que ver todo esto, en realidad, con la crítica? Kant, el pensador por antonomasia de la modernidad, incluyó el término en sus tres obras principales: Crítica de la razón pura, Crítica de la razón práctica y Crítica del juicio. En la primera estudia qué es lo que conocemos; en la segunda, qué es lo que determina que un acto puede ser considerado moral; en la tercera, qué ocurre cuando juzgamos algo como bello. O dicho de otra forma: qué es la verdad, qué es el bien y qué es la belleza, algo que ya habían hecho los clásicos, pero desde la perspectiva ahora más radical (trascendental, en términos kantianos) de la subjetividad moderna.

Como vemos, nada hay aquí que pueda relacionar el término crítica con ninguna forma de negación, más bien todo lo contrario: las críticas someten a escrutinio una determinada realidad para determinar su condición de verdad y establecer cuáles son sus carácteres intrínsecos. Desde dicho punto de vista, el término crítica sería más o menos sinónimo de análisis, de examen, de investigación. Lo que hace la crítica, tal y como nos indica la etimología del término, no es otra cosa que cribar un conjunto de conceptos para separar (discernir) la paja del grano. Algo de este uso permenece incólume en lo que denominamos crítica de arte, en donde se evalúa una producción a partir de unos ciertos parámetros estéticos.

Pues bien, sentadas tales premisas, cabría preguntarse: ¿por qué la filosofía constituye la disciplina crítica por antonomasia? Pues, simple y llanamente, porque su reversión analítica no se conforma con conceptos más o menos concretos dentro de un ámbito delimitado de pensamiento, sino que se proyecta sobre los propios fundamentos a partir de los cuales se determina que un saber es un saber. Es decir, el saber filosófico se pregunta por la legitimidad de las premisas que nos llevan, de una forma necesariamente automática, a designar realidad a lo que sólo presuntamente lo es. De ahí que siempre haya resultado tan peligroso. Ortega afirmaba que, al contrario que los saberes positivos, que avanzan de forma lineal, la filosofía lo hace siempre en profundidad, cuestionado las bases de lo establecido. No necesariamente para negarlas, sino precisamente para separar la verdad de la falsedad.

Pues bien, el entrenamiento para dicha disposición se adquiere predominantemente en el contacto con los clásicos, de ahí que resulten tan graves y lesivas las tentativas de escamotear a los jóvenes su aprendizaje. Al escamotarles poner en cuestión las bases mismos de sus conocimientos, les hacen proclives a que terminen aceptando como verdades algunas que sólo aparentemente lo son. O peor aun: otras que en absoluto lo son. Por eso no es casual que esta última vuelta de tuerca en los ataques a la filosofía en los planes de estudios vaya acompañada por un descarado avance de asignaturas de naturaleza estrictamente ideológica: Si extirpamos la disciplina que nació contra el mito, resulta mucho más fácil extender los mitos, muchos de ellos disfrazados de ciencia, de nuestra época. Quod erat demostrandum.

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