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Jorge Freire

Llegar tarde

«¿Hay peor enemigo de la literatura que quien se encomienda la tarea de custodiar con celo, a la manera de un centinela, todos los lanzamientos literarios?»

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Llegar tarde

El líder de Más País, Íñigo Errejón.

¡Es más tarde de lo que crees! Esta frase, que obsesionaba al míster Pinfold de Evelyn Waugh, atormenta a mi generación. Llegamos tarde a las crisis, llegamos tarde a las reformas y ahora, nos dicen, llegamos tarde al cambio climático. Cuando nos cita la historia, siempre llegamos a destiempo. De ahí el boomerazo que, empuñando una copa de balón, dice que a tus años ya tenía ocho empleados y que basta con quitarse Netflix para pagar el piso en propiedad. A uno le embarga la melancolía de Rilkequien ya no tiene casa, no la construirá…

Algo sé de llegar tarde. Aprendí a nadar con 25 años. Publiqué mi primer libro con 30. Puede no parecer tarde, sobre todo cuando uno es «filósofo joven» hasta la primera revisión de próstata; pero Ernesto Castro no tenía canas en la barba cuando escribió Contra la posmodernidad. Ahora me estoy sacando el carné de conducir con 36. Así que demorarme no se me da mal.

Vivir morosamente hace que llegues de adulto a casi todo, como si te hubieran cocinado a fuego lento. Mientras tus coetáneos se mantienen en un estado pueril, semifetal, neoténico, como Errejón, tú pareces el típico futbolista de los setenta, con bigote y apariencia de procurador franquista, que al final tenía veinte años. ¿Es posible aficionarse a Star Wars si no lo hiciste de niño? Yo no lo he conseguido. Los palacios de la fantasía tienen las puertas menudas. 

Un demorador ejemplar fue el ateniense Menandro, reputado comediógrafo de la Hélade. Suyos son los versos que César pronunciase (¡vuelen altos los datos!, alterados por la tradición hasta el celebérrimo alea iacta est) al cruzar el Rubicón. Al bueno de Menandro, catecúmeno de Aristóteles y amigo de Epicuro, le gustaba un vino más que a un tonto un lápiz. Y eso le obligaba a posponer todo lo demás.

La siguiente anécdota, que es célebre, permite tomar la medida al personaje. Eran bien conocidos su carácter nocherniego y su tendencia a fiarlo todo a la inspiración de última hora. Al reunirse con el director de una función que todavía no había escrito, y cuyo estreno se hallaba próximo, Menandro dijo: «la comedia está lista, solo necesita que le pongan los versos».

Hay que desesperar a quienes se apresuran. Como el viernes decía Trapiello en La Lectura, si uno se escabulle de las atracciones diarias no es por huir, sino por reservarse para tiempos mejores. Yerran quienes se obligan a bailar al son de las novedades. ¿Hay peor enemigo de la literatura que quien se encomienda la tarea de custodiar con celo, a la manera de un centinela, todos los lanzamientos literarios?

Quien se demora, por cierto, no «procrastina». Llegar tarde a las tendencias le permite escamotear palabras horrísonas cómo esa. En general, conoce las modas cuando han dejado de serlo. Aficionarse a U2 con Pop es como acudir al despacho de Philip Marlowe cuando ya le han retirado la placa. Sobra decir que es mucho mejor así. 

El girasol crece y madura antes que el roble. Pero prefiero ser roble. El girasol es veleidoso y se arrima al sol que más calienta. Yo voy a mi ritmo. ¿De qué narices sirve apresurarse? Recuérdese la veraz y profunda estrofa de El rey, la popular canción mejicana: También me dijo un arriero / que no hay que llegar primero / pero hay que saber llegar…Ahora bien, ¿es plato de buen gusto asistir a las clases del carné de conducir pasados los treinta? No seré yo quien quite hierro al plúmbeo teórico. Las prácticas, en cambio, son harina de otro costal. Al empuñar el volante ya no eres un chaval impetuoso con ganas de correr. Sabes que, cuando tienes prisa, el coche no arranca. Has pasado de la bicicleta al SUV. Puede, incluso, que los anuncios de conductores con caracolillos plateados en la cerviz (Pel de Ric los llaman en Instagram) empiecen a interpelarte. La comedia está lista: solo falta que le pongan los versos. 

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