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Manuel Arias Maldonado

La casa por la ventana

«Alguna vez tendremos que hablar en serio de la modernización pendiente de nuestra sociedad más allá de los eslóganes que dan forma a nuestra campaña electoral permanente»

Opinión
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La casa por la ventana

La ministra de Trabajo, Yolanda Díaz, la pasada semana. | EP

Hubo algo pueril, sobreactuado o simplemente partidista en la alegría desmedida con que se recibió en nuestra esfera pública el aumento de los contratos indefinidos tras la entrada en vigor de la nueva legislación laboral. Y es que si la ley -reforma de la reforma- viene a «ilegalizar» los contratos temporales, salvo supuestos excepcionales, lo raro habría sido que ese espectacular incremento no se hubiera producido. De la misma manera, habría sido directamente sobrenatural -milagroso- que la mayor parte de esos nuevos contratos se hubiese ajustado al deseable ideal del contrato indefinido a tiempo completo y bien remunerado: un mundo de verdad feliz. Por desgracia, el lenguaje no disfruta de semejante fuerza performativa; ni siquiera aquel que figura en el BOE y tiene vigor de ley. Tal vez eso ayude a explicar que haya crecido tanto el número de contratos fijos discontinuos y contratos fijos a tiempo parcial (asociados a pocas horas de trabajo). O sea: el mercado de trabajo español no ha experimentado de la noche a la mañana una transformación sustancial, equivalente a un cambio en su naturaleza; la flexibilidad -con el corolario ocasional de la precariedad- ha encontrado nuevas formas de expresión.

No puede descartarse que ese cambio tan deseable termine por producirse; si tiene lugar, empero, no será porque hagamos desaparecer el contrato temporal de la legislación vigente: hará falta algo más. Y eso que hará falta es justamente aquello de lo que nuestros sucesivos gobiernos se resisten a ocuparse: el aumento de la productividad, la mejora del sistema educativo, el fomento de la innovación, la reforma de la administración pública, la agilización de los tribunales. El listado es familiar a estas alturas y forma parte de la salmodia del desventurado reformismo español: ¡aburre ya como un vulgar domingo! Pero no hay atajos si se quiere ganar competitividad -con el crecimiento económico subsiguiente- en el mundo globalizado. El matiz es importante: si se quiere. Porque quizá no se quiera o solo quieran unos pocos infelices.

Esta inclinación a empezar la casa por el tejado se aprecia también en aquellas decisiones que de alguna manera asumen que podemos disfrutar de un bienestarismo público en expansión constante sin preocuparnos por el modo en que hayamos de sufragarlo

Esta inclinación a empezar la casa por el tejado se aprecia también en aquellas decisiones que de alguna manera asumen que podemos disfrutar de un bienestarismo público en expansión constante sin preocuparnos por el modo en que hayamos de sufragarlo. Se asume, por el contrario, que hay una tarta de tamaño descomunal en la despensa de Moncloa; solo se trata de repartirla. Y así como hay gobiernos avaros -quizá pérfidos- que se guardan la llave en el bolsillo, los hay también generosos: son aquellos para los que el aumento del gasto público no debe restringirse keynesianamente a los momentos de crisis, sino que es algo así como un estilo de vida a tiempo completo. ¿Quién podría oponerse a un generoso sistema de pensiones, a una semana laboral de cuatro días o a que el poder público financie las bajas laborales -por reglas dolorosas o por lo que sea- desde el primer día? ¿Y quién no querría despreocuparse del déficit público sin sufrir tarde o temprano las consecuencias? Pregunten a cualquier electorado.

La cuestión es una vez más -¿recuerdan 2008?- si nuestro país está en condiciones de expandir sin complejos su bienestarismo sin prestar atención a los mecanismos de generación de riqueza necesarios para sostenerlo. Porque tampoco basta con subir impuestos, como se viene diciendo; también la potencia recaudatoria guarda relación con la potencia económica de un país. Así que alguna vez tendremos que hablar en serio de la modernización pendiente de nuestra economía -de nuestra sociedad- más allá de los eslóganes que dan forma a nuestra campaña electoral permanente. O no, claro: que siga la fiesta hasta que reviente el tocadiscos.

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