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Jorge San Miguel

Piolín y un cierto estado de cosas

«El Gobierno actual, empezando por su jefe, ha decidido que prefiere airear la molestia que le produce dar explicaciones en el parlamento»

Opinión
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Piolín y un cierto estado de cosas

No es secreto que a este Gobierno le molestan las sesiones de control; y el control en general. El trámite parlamentario de la pregunta oral suele ser ocasión de lucimiento de los que mandan, por la asimetría de fuerzas y recursos frente a la oposición; y porque, al menos después de un tiempo, suelen exhibir ese aplomo que emana del coche oficial y del beneficio de la cortesanía. Pero para lucirse, como para todo, hay que querer. Y el Gobierno actual, empezando por su jefe, ha decidido que prefiere airear la molestia que le produce dar explicaciones en el parlamento. Yo creo que tienen razón, si vamos al meollo de las cosas; una vez aquilatado que el parlamento es de poca utilidad y que lo más que se saca de estas sesiones es, con suerte, un corte en el telediario.

De modo que cada miércoles pasamos la mañana entre fogonazos de improperios y desplantes de los que no queda nada a las pocas horas -el jueves es más o menos lo mismo pero en la Asamblea de Madrid y con un reparto más corto. Salvo este miércoles, que hubo una salida de tono del presidente Sánchez con algo más de recorrido. El que le había escrito la tarjeta midió mal, o quizás fue el propio Pedro el que se vino arriba; pero la mención a los «piolines» sonó a lo que sonó.

Un catalán fino de estos que hay por las redes salió corriendo a enjuagar al presidente: no se refería a los policías y guardias civiles, sino a los barcos. Es la clásica aclaración que oscurece, porque los barcos iban llenos de algo; y lo que en cualquier caso Sánchez pretendía despreciar con sus maneras acodadas era el envío de fuerzas represoras a Cataluña. O sea, las únicas que defendieron la ley esos días, cuando el PSOE andaba ocupado pensando si pedía la reprobación de la vicepresidenta del Gobierno. Es algo que se ha repetido desde su bancada, también la periodística, desde la moción de censura: a ustedes les montaban referéndums y declaraciones de independencia; con nosotros reina la tranquilidad. El precio de la tranquilidad es otra cosa. Así que el insulto «piolín» es menor frente al insulto real; que, además, en la mejor tradición de Sánchez, no se refiere sólo a los policías, sino a casi todo el mundo.

A Sánchez no le dan golpes de estado porque solo faltaría que los que mandan den un golpe; aunque casos ha habido. Cuando digo que mandan no me refiero sólo a la aritmética parlamentaria, que también, pero esta es temporal y más o menos precaria. Me refiero a algo más gramsciano. Gramsci recordarán que es un señor que se puso de moda a la vez que Pablo Iglesias; y, como de Iglesias, ya se va hablando menos de él. También porque ahora hay gramscianos de derechas. Perdón, estoy divagando. Decía que mandan porque se han convertido en lo normativo desde un cierto sentido común, que es el de amplias capas de población y el de buena parte de las clases creativas e intelectuales de este país.

Hay que fijarse en la tele siempre. Han circulado estos días imágenes de un programa nuevo de televisión, que va de mezclar gente dispar. Heteróclita, como dicen los franceses. El primer día salió Junqueras. Esta vez habían juntado al conde de Salvatierra con Gabriel Rufián y un director de pelis que anda de promoción. Cayetano emuló al personaje de Vilallonga en Patrimonio nacional -«Si es que se ha perdido la afición al polo; si no, qué le costaba a la gente tener 20 o 30 caballos»- y se quejó del estigma de la hípica.  Rufián y el otro le afearon cosas. Leo ahora que el tema del programa era la lucha de clases. Son programas amables, ya saben. En fin, lo que digo: un cierto sentido común, un estado de cosas que se respira más que se piensa.

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