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Daniel Capó

Cien días de guerra: ¿qué futuro para el liberalismo?

«El futuro del liberalismo se juega en nuestra cancha tanto o más que en el campo de batalla»

Opinión
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Cien días de guerra: ¿qué futuro para el liberalismo?

Una bandera de la UE cuelga fuera del edificio de la Administración Estatal de la Región de Járkov, en Ucrania. | Europa Press

Hace unos años, Vladimir Putin declaró obsoleto el orden liberal. No ha sido el primero en proponerlo, ni tampoco será el último. Un conocido ensayista conservador norteamericano, Patrick Deneen, profesor de la Universidad de Notre Dame (Indiana), hacía la misma reflexión en un libro que poco después publicaría en España la editorial Rialp con el título ¿Por qué ha fracasado el liberalismo? Pero, ¿es así en efecto? ¿Podemos hablar del fin de la democracia liberal, como hablamos –en su momento– del fin del comunismo o del fin de los fascismos? ¿Es el desencanto hacia el liberalismo uno de los signos característicos de nuestro tiempo, al igual que la tecnopolítica o el retorno de los populismos? La respuesta obvia es la incertidumbre que nos impone la Historia. Lo ignoramos, aunque quizá sería más correcto decir: no lo sabemos aún. La guerra entre Ucrania y Rusia, que hoy cumple precisamente cien días, va de ello. Al menos, en parte.

Señalaba con acierto el agudo analista portugués Bruno Maçaes que, en el mundo de la imaginación política, se pueden distinguir actualmente tres escenarios: el liberal, característico de Occidente; el autoritario preliberal, que sería el orden ruso; y el tecnoautoritario de China. Cabría encuadrar estos tres modelos, por seguir con la analogía de Maçaes, en los tiempos de la conjugación verbal: el presente sería Europa; el pasado, Rusia; y el futuro, China. Tres imaginarios que nos hablan de tres modos distintos de concebir el poder, la sociedad y los valores. Tres imaginarios que nos explican también la forma de relacionarse de los gobernantes con el poder. Porque, si Putin se atrevió a invadir Ucrania, fue también como consecuencia  de un determinado modelo mental que le condujo a despreciar un mundo que considera muerto –el nuestro– y, por tanto, incapaz de reaccionar con vigor. Fue un error por su parte. Cien días después, no sólo Ucrania resiste, sino que la Alianza Atlántica –la cual, además de una alianza militar, es sobre todo una comunidad de sentido– ha vuelto a cobrar protagonismo.

Y, si en la conciencia colectiva de los europeos las simpatías se han dirigido instintivamente hacia Zelenski, no ha sido simplemente por su condición de víctima de una agresión injusta –que también–, sino porque en el corazón de Ucrania percibimos aquello que nos caracteriza en mayor medida: el amor por la libertad y por la conciencia. La guerra con Rusia nos ha mostrado que la democracia liberal no ha muerto –aunque pueda estar herida– y que Europa tiene sentido precisamente porque lo que nos une es mucho más que lo que nos separa. Pero también nos ha servido para mostrar que el planeta no es sólo Occidente y que Rusia se encuentra menos aislada de lo que a muchos nos gustaría. En primer lugar, porque su alianza con China es firme –y China es el futuro–; y, en segundo, porque para buena parte del mundo en vías de desarrollo, Occidente ya no representa un marco del todo apetecible. Es algo que podemos comprobar en África –que ha caído en manos chinas– y en algunos países de Asia e Hispanoamérica. Hace tres meses, bajo el furor de las sanciones, nos apresuramos a señalar que Rusia se encontraba aislada. Hoy no está tan claro.

En un mundo a tres bandas, el juego de la geopolítica mira necesariamente hacia Pekín, al que un conflicto largo le beneficia a la vez que lo perturba. China, desde los trágicos sucesos de Tiananmén, ha protagonizado la globalización; de modo que la pujanza del comercio internacional le beneficia más que a nadie. La guerra cambia esta dinámica, quizás de forma estructural  y para bastante tiempo. Y el descontrol inflacionario supone el ejemplo más palpable e inmediato de dicha transformación. Pero, por otro lado, un conflicto largo debilita a Occidente más que a China y aparta la atención americana del Pacífico, espacio natural de expansión para los orientales. En los conflictos de la Historia, la geografía prima.

Esta es, pues, una guerra geográfica tanto o más que ideológica. Rusia, que actúa como un eslabón entre dos continentes y como una potencia –según señalaba Carl Schmitt– esencialmente terrestre y no marítima, considera a Ucrania parte de su espacio de seguridad vital. En este sentido, el resultado de su decisión ha sido nefasto: Ucrania se ha nacionalizado mirando definitivamente hacia Europa; Suecia y Finlandia han decidido terminar con su tradicional neutralidad; y la UE ha dado un paso adelante en políticas comunes. Bruselas ha regresado al mundo de los adultos. Y el futuro del liberalismo se juega en nuestra cancha tanto o más que en el campo de batalla. Porque ha sido nuestra ineptitud –trufada de ciega arrogancia– la que ha ido devaluando el prestigio de Occidente. Por eso tiene que ser nuestra inteligencia y nuestro coraje quienes lo recuperen. El mismo valor y la misma inteligencia que ha mostrado Zelenski a lo largo de estos últimos meses, liderando un país por el que nadie hubiera apostado al iniciarse la guerra. No hay otra respuesta al desafío ruso que más Europa; del mismo modo que no hay otra respuesta posible a Pekín que un Occidente firme y cohesionado, capaz de estar a la altura de las grandes amenazas de nuestro tiempo, que no son pocas: del cambio climático a la ruptura social, de la falta de libertades a los movimientos migratorios, de la crisis energética al envejecimiento de la población y el hiperendeudamiento. Los cien días de una guerra imprevista nos han recordado, además del increíble heroísmo de los ucranianos, la fortaleza renovada de una Europa democrática que se niega a desaparecer.

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