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Daniel Capó

Sánchez, el hombre de las mil caras

«Sánchez vira aún más a la izquierda, con políticas sin criterio, en exceso costosas y de efecto cosmético»

Opinión
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Sánchez, el hombre de las mil caras

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez.

Sánchez decidió pasar al ataque en el Debate sobre el estado de la Nación, consciente de que el minutero ha empezado a correr en su contra. No deja de sorprender lo rápido que se desgastan los líderes en la era de los populismos. ¿Cuánto ha durado Boris Johnson? ¿Cuánto Donald Trump? ¿Cuánto durarán Joe Biden o Mario Draghi? ¿Y cuánto Pedro Sánchez? No lo sabemos, pero el aventurismo tiene siempre un límite contra el que acaba rebotando. Sánchez ha jugado a serlo todo y a no ser nada. En Bruselas, un primer ministro europeísta que habla inglés y presume de modernidad. En los Estados Unidos, un fiel aliado; a pesar de los continuos desplantes de Washington, hasta que la coyuntura internacional convirtió la península ibérica en una pieza importante dentro del tablero de la energía. En cuanto al mercado nacional, nadie sabe qué piensa nuestro presidente sobre ningún tema. Sus decisiones se mueven al son de los datos demoscópicos, hábilmente manejados por su equipo de asesores. Y las últimas cifras (confirmando sonoras derrotas: en Madrid, primero; en Castilla y León, después; y, sobre todo, en Andalucía) sugieren la pérdida completa del centro político y del voto urbano a manos de un PP que, por su parte, flojea más a la derecha pero no en el espacio central de la moderación. Es interesante señalarlo, porque se diría que –por lo general– el voto español, durante estos últimos años, se ha manifestado con una cierta consistencia en el espacio centrado, frente al canto de sirenas de los populismos. Unidas Podemos se ha ido desinflando a medida que se ha deteriorado el mito de su pureza virginal.

«Sánchez ha decidido acelerar en su giro hacia la izquierda buscando atraer el voto de sus aliados»

Consciente de ello, Sánchez ha decidido acelerar en su giro hacia la izquierda buscando atraer el voto de sus aliados, al tiempo que su lenguaje se acerca peligrosamente a los postulados del nacionalismo más radical. En el fondo, sabe que sólo tejiendo una alianza de voto contraria a la moderación (y por moderación entiendo aquí todo lo que ha traído estabilidad y prosperidad a nuestros país desde la firma de la Constitución del 78) tiene alguna posibilidad de permanecer en el poder. A su favor cuenta con la poderosa herramienta de los presupuestos generales del Estado, bien nutridos ahora por la inflación, los nuevos impuestos y los fondos europeos. En contra, una crisis económica a la vuelta de la esquina que amenaza con reproducir el ciclo nefasto que vivió España tras 2008.

Sánchez pasa al ataque con el botón del gasto público y una batería impositiva que solo resulta comprensible desde los postulados de un populismo de izquierdas. Como es lógico, han provocado un aplauso cerrado en la bancada morada; pero difícilmente tendrán utilidad alguna para pavimentar la senda de la recuperación. Más bien al contrario. Una fiscalidad que no atraiga la inversión y que no promueva el crecimiento acelera la debilidad fiscal a medio plazo. Por no hablar de sus efectos morales sobre el emprendimiento. Los datos sobre la renta per cápita en estos últimos veinte años no hacen sino subrayar la magnitud del deterioro que ha vivido nuestro país, que crece menos que sus vecinos y es cada vez más irrelevante en el contexto global y menos competitivo industrialmente.

La alternativa, por supuesto, pasaría por una narrativa reformista que no será nada fácil de aplicar por los sacrificios asociados. Sobre todo en término de votos. Sánchez vira aún más a la izquierda, con políticas sin criterio, en exceso costosas y de efecto cosmético. Todo a cambio de mantener con vida sus posibilidades de reelección junto a una coalición antinatura. Europa calla y parece mirar hacia otro lado, mientras Italia sufre su enésima crisis de gobierno y Alemania se ensimisma ante un invierno sin gas en pleno corazón del continente que se presenta especialmente duro. Sánchez pudo haber sido el hombre de la reforma. Ha preferido pasar a la historia como un presidente nítidamente demagógico.

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