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Joseba Louzao

Salvar al votante tranquilo

«Dos estados de ánimo predominan en los ciudadanos: o se han dejado conquistar por la indolencia hacia la política o se han abandonado a las propuestas tribales»

Opinión
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Salvar al votante tranquilo

Carla Toscano e Irene Montero. | THE OBJECTIVE

Quizá seamos tremendamente ingenuos los que venimos apostando por una diferente forma de hacer política en España. Pero no solo mantenemos cierta ingenuidad, también hay algo de autoengaño ya que, como sucede con el resto de los mortales, preferimos seguir haciéndonos trampas al solitario una y otra vez. Por un lado, nuestras propuestas no suelen ser más que cantos a un ideal reformista que de tan abstracto parece vano. Y, por otro, tampoco tenemos muchos testimonios de virtuosismo extremo más allá de nuestras fronteras. Lo que antes resultaban pequeños deslices demagógicos que el sistema podía soportar con una dosis de estoicismo, hoy marcan una agenda populista que se ha colado por los pliegues de los problemas de nuestras sociedades. La tecno-política aplicada ha encontrado la ciénaga donde ventilar los últimos descubrimientos del mercadeo electoralista. Y, por decirlo de manera directa, hasta el más incauto sabe que los sueños de la razón reformista han producido algunos de los más peligrosos monstruos de nuestra actualidad partidista. 

Hay que salvar al votante tranquilo. Las sociedades aún necesitan a las personas que, hasta el momento, conformaban una mayoría minoritaria -o una minoría mayoritaria-, cuyos movimientos terminaban por certificar los cambios políticos desde una politización alejada del partidismo electoral. Si uno escucha atentamente lo que tienen que decirnos hoy estos votantes tranquilos descubre que hay dos opciones que predominan en su estado de ánimo: o se han dejado conquistar por la indolencia hacia la política o se han abandonado definitivamente a las propuestas tribales de las siglas que consideran más próximo a sus intereses e incentivos. Puede ser el éxito irrevocable de este nuevo ciclo de polarización. Tanto estos dos modelos ciudadanos como los que aún mantienen la esperanza en una cierta estabilidad reformista –sea lo que esto sea- saben que lo que se ha erosionado en los últimos años ha sido la confianza en los líderes, los partidos y, lo que es más grave, las instituciones. Si hace una década –qué lejos nos queda- Javier Gomá puso en el centro de la conversación pública la ejemplaridad, hoy necesitamos hacer un mayor esfuerzo por subrayar la credibilidad en los relatos políticos que deberíamos querer contarnos.

¿Es tarde para remediar lo que ya está quebrado? El votante tranquilo no quiere más palabras bonitas. La saturación es tal que no quiere que le parloteen del porvenir en 2050. Ni para lo bueno, ni para lo malo. Harían bien los políticos y sus asesores en denunciar los excesos de los suyos. La opinión publicada también debería darse por avisada. No vale con señalar que el adversario cruza rayas, cuando tus compañeros de camino han desdibujado cualquier línea sobre el terreno. Puede que unos sean más responsables que otros, pero la credibilidad se empieza a reparar desde los errores propios. No basta con denunciar o hacer aspavientos en el preciso instante en el que la estrella del jefe de filas está declinando. Porque todos sabemos que en España jamás ha habido muertes políticas. El hábito patrio es el asesinato. Et tu, Brute? Esa frase que nunca salió de la exhausta boca de Julio César sí ha sido repetida hasta la saciedad dentro de los partidos. A veces hasta se convierte en un suicidio asistido. Sin embargo, estas prácticas nunca han sido demasiado creíbles de puertas hacia afuera. Solo entusiasman a los más cafeteros. 

«Nos hemos acostumbrado a que nadie responda por sus erradas decisiones, salvo si son contraproducentes para la demoscopia»

La responsabilidad se debería sumar a la ejemplaridad y a la credibilidad. En el fondo, es una síntesis perfecta de los engranajes que alientan los otros dos conceptos. Nos hemos acostumbrado a que nadie responda por sus erradas decisiones, salvo si son excesivamente contraproducentes para la demoscopia. A veces ni tan siquiera tienen que ser los fallos más graves, nefandos u onerosos. Piensen, por ejemplo, en Máximo Huerta. Aunque este comportamiento no es un error achacable a las últimas generaciones de la clase política. Lo aprendieron de sus mayores, aunque lo olvidamos con facilidad. Hubo en este país un presidente del Gobierno al que le montaron una estructura de terrorismo de Estado que llegaba hasta su propio Consejo de Ministros. Y, oigan, ni siquiera llegó a considerarse responsable de, por lo menos, no haberse enterado de nada de lo que sucedía a su alrededor. Y el agujero al Estado de derecho no fue pequeño entonces. Al votante tranquilo, en el fondo, las responsabilidades penales son las que menos le interesan.

En fin, volvamos al inicio, quizá seamos tremendamente ingenuos al apostar por la moderación que imprime a una cultura política nacional el votante tranquilo. Probablemente es una especie en peligro de extinción porque algunos chamanes de la estrategia electoral han descubierto que quienes les pagan viven más y mejor sin la amenaza de ese votante tranquilo que huye de los discursos altisonantes, pide que le traten como un adulto y exige responsabilidad. ¿Realmente hay intención de salvar al votante tranquilo?

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