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Joseba Louzao

La victoria del votante tranquilo

La sociología electoral andaluza ha cambiado de forma radical

Opinión
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La victoria del votante tranquilo

Juanma Moreno, votando en las elecciones andaluzas celebradas este domingo.|EP

No ha habido demasiadas sorpresas. Juanma Moreno Bonilla ha conseguido ganar unas elecciones autonómicas que, hasta el CIS de Tezanos, le daban por seguro. Las encuestas señalaban que había alguna posibilidad de que alcanzara la mayoría absoluta. Y, al final, así ha sido. Sus 58 diputados -a la hora en que escribo, 32 más que hace cuatro años- demuestran que la sociología electoral andaluza ha cambiado de forma radical. Andalucía juega un papel esencial en la política española estructural y simbólicamente. Recordemos que es la comunidad autónoma más poblada y fue feudo del Partido Socialista durante décadas. La mayoría absoluta de los conservadores demuestra que Pedro Sánchez, pese a sobrevivir en el Congreso gracias a sus alianzas variables, tiene por delante unos meses complicados que no podrá salvar con fuegos de artificios comunicativos.  

Más allá de la aritmética particular, Andalucía demuestra de nuevo que en España existe una cantidad considerable de votantes politizados, pero no de forma partisana. Son votantes tranquilos, si se me permite la expresión, que no pierden la oportunidad de decidir sobre su futuro y que van llenando ese espacio informe que podríamos denominar centro. Este centro realmente existente es el responsable de los cambios electorales. Y lo seguirán siendo elección tras elección. No se levantan un día de derechas y, al siguiente, progresistas. En la mayoría de las ocasiones sus decisiones se asientan en cuestiones coyunturales que les afectan y tienen mucho más que ver con lo material que con el imaginario ideológico que se debate en redes o tertulias. Puede ser la corrupción, el temor al ascenso de alguna alternativa partidista que les preocupa (a izquierda o a derecha) o la situación económica. Premian y castigan a partes iguales y piensan en la estabilidad. Siempre se comprometen, sin demasiada confianza, con el candidato moderado. Son millones de votantes que se pasan del PSOE al PP, y viceversa. Son personas que pueden compaginar manifestarse en Colón y el 8M sin estar demasiado cómodos con su compañía de viaje.

El votante tranquilo le ha comprado la moderación a Juanma Moreno y ha aprobado con nota su gestión

El votante tranquilo le ha comprado la moderación a Juanma Moreno y ha aprobado con nota su gestión. En frente, ha tenido a un socialismo descolocado con un candidato que pretendía jugar el papel centrado, pero que había sido elegido por Sánchez. Tampoco ha ayudado que Espadas sintiera orgullo por el pasado socialista de la región o que sacaran a pasear a Rodríguez Zapatero para defender a algunos de los juzgados por el caso de los ERE. No parecía una jugada ganadora. La derrota se ha atenuado por la fragmentación a su izquierda, donde nos encontramos con una diversidad de fracasos que solo llegarán a entenderse en próximas confluencias como un mero recurso electoral. En el poder o en la oposición, como ya sabemos, seguirán con sus mismas luchas intestinas de siempre. Pasará a la historia ese llamamiento de Unidas Podemos a sus propios votantes desde su perfil en redes sociales para explicarles a qué coalición electoral debían votar.

Pero también nos llevamos otra lectura en clave nacional: Vox tiene un techo. Han hinchado tanto las expectativas que cuesta no leer los resultados como una derrota. Los de Abascal han querido jugar la baza de la figura de Macarena Olona, pero han fallado. La marca Vox ha aglutinado a electores irritados, como antes lo hicieron Podemos o Ciudanos, pero su discurso y cabezas de cartel tienen un tope. La soflama de Giorgia Meloni demuestra que, por muy cabreados que estén, son muchos los conservadores que no comprarán jamás un discurso tan pegado a las líneas argumentales de la ultraderecha de toda la vida. Y sufrirán sin Sánchez en el gobierno. Mucho. Les pasó antes a otras siglas de la nueva política. Si no se rompe el techo, es complicado mantener la fuerza electoral.

Las torrijas – ¡quién nos lo iba a decir!- no han logrado levantar una nueva debacle electoral

Y, por último, una campaña electoral siempre es el momento ideal para el avance de la hipérbole. Este estilo es esencial a la hora de fijar los relatos que nos contamos y marcar la agenda de la conversación pública. Pero poco tiene que hacer frente a la realidad de los votos. Cuando la hipérbole se alimenta de torrijas es evidente que algo está fallando. Más en una realidad como la nuestra, donde la campaña no tiene principio ni fin. Fíjense que ya estábamos cansados de ella antes de comenzarla oficialmente. Las torrijas – ¡quién nos lo iba a decir!- no han logrado levantar una nueva debacle electoral. Una derrota más, quizá la penúltima, que coloca a Inés Arrimadas ante la última oportunidad. Parece que el votante tranquilo ha decidido que los naranjas no son una opción. Y sin este tipo de electores no hay futuro posible para una propuesta liberal del estilo.

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