THE OBJECTIVE
Antonio Elorza

Hamás: el triunfo de la muerte

«Al condenar reiteradamente a Israel se olvida que Gaza es algo más que un territorio poblado por ciudadanos inocentes»

Opinión
24 comentarios
Hamás: el triunfo de la muerte

Ilustración sobre la guerra entre Israel y Palestina. | Ilustración de Alejandra Svriz.

«(…) me comprometo a combatir en la senda de Dios; mataré y combatiré, mataré y combatiré, mataré» (hadith que sirve de conclusión al capítulo 15 de la Carta fundacional de Hamás).

Diez días después de la invasión del 7 de octubre, la tragedia del hospital al-Ahli ha sido el mayor éxito de Hamás en la presente guerra. Quinientos muertos en un centro sanitario y además por responsabilidad en apariencia innegable del Ejército israelí. El resultado inmediato ha sido el Día de Todas las Cóleras, manifestaciones multitudinarias en todos los países árabes y fuera de ellos, otras protagonizadas por los defensores de la causa palestina, y también por quienes se oponen  desde un principio a la respuesta armada de Israel después del ataque sufrido. Vuelvo a insistir sobre «en apariencia», porque según esa versión -dogma para nuestros «progresistas»- nada es en principio más justo. Tal y como denuncia la ministra Ione Belarra, la respuesta llevada a cabo por Israel sería una sucesión de crímenes de guerra, que debieran ser denunciados a la Corte Internacional de la Haya para que los gobernantes del Estado Hebreo siguieran la suerte de los genocidas, protagonistas de la guerra de la exYugoslavia.

Al condenar reiteradamente a Israel se olvida que Gaza es algo más que un territorio poblado por ciudadanos inocentes. Es la entidad política que gobierna Hamás por efecto del voto gazetí (de ahí su implicación inevitable en la respuesta bélica de Israel) y por supuesto resulta omitida la pregunta de cual sería la suerte de Israel si nada hace, dejando que desde Gaza pueda Hamás agredirle de nuevo cuando y como quiera. Con su mortífera agresión del día 7, la organización terrorista -autocalificada así por sus métodos- ha colocado a Israel ante una paradoja pragmática, una trampa en forma de pinza: si nada hace o reacciona de forma limitada, se asegura la repetición del ataque procedente de Gaza como santuario; si reacciona intentando la lógica destrucción del agresor, fundido con la ciudad, esta sufrirá las consecuencias de la inevitable guerra. Ante la opinión pública mundial, Gaza será presentada como una masa de pobladores inocentes que mueren y sufren por bárbaros bombardeos. El agredido será condenado como agresor y el agresor quedará exento de toda culpa. La también lógica exigencia a Israel de limitar sus actuaciones al fin anunciado se convierte de inmediato, ante la sucesión de imágenes de la tragedia, en fundamento para una condena sin atenuantes. Stop the genocide, claman los titulares de al-Jazeera.

Entre otros muchos testimonios gráficos del supuesto crimen de guerra, las diez fotos de El País, aun visibles mientras escribo, son bien elocuentes sobre «el ataque israelí» y el «bombardeo» del hospital al-Ahli: coches destrozados, mujeres lamentando las muertes, heridos trasladados al hospital al-Shifa, «llamas en el hospital tras el bombardeo»… Solo que había algo extraño, que debiera haber preocupado a quienes decidieron publicarlas, ya que según los pies de las fotos únicamente esas llamas identificaban al hospital, del que nada se veía, pudiendo muy bien corresponder al incendio del parking o de cualquier otro edificio. Parece además que el edificio del hospital quedó casi indemne, caso raro tras haber sido destruido por un tremendo bombardeo, y en al Jazeera su director hizo declaraciones inmediatas sin daño personal alguno. Por su parte, el Ejército de Israel negó desde el primer momento su responsabilidad apuntando, no a Hamás, sino a un cohete perdido de la Yihad islámica. Análisis posteriores de las fotografías disponibles, tanto por BBC como por Le Monde, abonan la versión israelí, aun sin la precisión que proporcionaría un acceso inmediato al lugar, hasta ahora impedido por Hamás.

«El agredido será condenado como agresor y el agresor quedará exento de toda culpa»

En cualquier caso, la organización terrorista ha conseguido sus propósitos de movilización mundial contra Israel y Estados Unidos. Y en la prensa paraestatal, persistieron las reflexiones sobre «el ataque», seguidas de artículos en que especialistas exculpaban en lo posible a Hamás y elogiaban sus imperecederos procedimientos e ideas. Ninguna revisión a fondo del supuesto bombardeo del hospital, que mereció sin embargo un documentado examen por al Jazeera. En TVE, telediario noche del día 19, ya la campaña sobre el hospital al-Ahli debe ser olvidada, pero para compensarlo se abre con la supuesta noticia de que bombas israelíes han caído cerca de cuatro hospitales. Así se sostiene la falsa impresión antes creada, y no va a ser Hamás quien revele al mundo la verdad.

El aprovechamiento de la mentira (o de la incertidumbre) por Hamás sirvió de inmediato para atizar el fuego de un temible incendio regional, deseado por Irán, bloqueando la oposición de otros países musulmanes a la acción de Hamás, ahora bajo la presión redoblada de sus opiniones públicas. Y por lo visto en desarrollo de las múltiples manifestaciones anti-Israel, la incidencia va más allá, al apuntalar en las sociedades occidentales la convergencia de la ira reinante en la comunidad musulmana y el discurso demagógico de una autodenominada izquierda que desautoriza cualquier crítica dirigida al islamismo como eurocentrismo, reacción, racismo, etc. Una actitud que ahora alcanza niveles de alta intensidad.

Hay dos problemas que se derivan de esta última toma de posición, ambos de notable importancia. Uno es el desconcierto sembrado en la opinión, produciendo con frecuencia un indeseable efecto bumerán. Si te dicen que todo musulmán es bueno y pacífico -como podrían decirte que lo es un católico o un judío- y luego eres espectador, cuando no víctima, de un atentado sanguinario, como los del 11-M o de las Ramblas-, y además tienes ya en el fondo desconfianza hacia el otro, el resultado es la inclinación al rechazo radical, acentuado por los efectos de la inmigración. El profundo viraje hacia la islamofobia y la extrema derecha en toda Europa debiera avisar sobre este riesgo de imponer el «buenismo», que la gente no asume. El segundo problema es que impides toda acción para prevenir el yihadismo, tanto en la comunicación como en el proceso educativo, y generas además en la minoría musulmana la sensación de que en el exterior suyo hay quienes comprenden su mentalidad y su sacralidad, y quienes las niegan. Son, en consecuencia, sus enemigos. No es buena cosa para estos, por riesgo personal, ni para el conjunto de la sociedad en cuyo seno han de convivir personas con diferentes creencias religiosas. La historia de los atentados islamistas durante el último siglo, aconseja ver en la siembra de tales ideas, una siembra de muerte.

En su reciente protesta ante el gobierno español, la embajadora de Israel en España comparaba el terrorismo de Hamás con  el del Estado Islámico. La estimación es inexacta, pero útil, dada la convergencia en las repercusiones de la propaganda de ambos. Tal y como acaba de subrayar un ensayista musulmán en su libro Cita en Daliq, aludiendo a la localidad designada como referencia mágica del califato, la ideología del ISIS era apocalíptica, viéndose los yihadistas a sí mismos como promotores del enfrentamiento decisivo -sangriento, claro- entre el triunfo de la verdadera fe y todos sus enemigos. Hamás es mucho más realista. Nace de la aplicación al tema palestino de la doctrina de los Hermanos Musulmanes egipcios, siguiendo una línea paralela al radicalismo que lleva a otro «hermano  musulmán», al- Zawahiri a confluir con bin-Laden en al-Qaeda. De aquí emergen dos dimensiones, una la organización político-religiosa de la sociedad, que mantienen desde 2006 hasta hoy, con eficacia y puño de hierro sobre Gaza, con el objetivo de liberación de Palestina; otra, la dimensión de lucha a muerte contra Israel, vista en un plano fundamentalmente religioso, extrapolando sobre el conflicto de Palestina las prescripciones más duras del Profeta, una vez fracasada su búsqueda de entendimiento en Medina. Tendrá que suceder, propone Hamás, con Israel lo mismo que el Profeta hizo con los clanes judíos que hasta su llegada vivían en Medina. Es el contrapunto de Benjamín Netanyahu, cuando ambos se oponen en los años 90 a la conciliación prevista por los acuerdos de Oslo.

Lo acerado de la actitud de Hamas se refleja en la sentencia o hadith del Profeta, avalada por las dos compilaciones seguras (al-Bujarí Sahih Muslim), que sirve de conclusión al capítulo 7º  de su Carta fundacional de 18 de agosto de 1988: «No llegará la Hora [final] hasta que luchéis [acabéis] con los judíos y una roca gritará: «¡Oh musulmanes! Hay un judío detrás de mí, venid y matadle». No hay que ir más lejos para encontrar la explicación del 7 de octubre. En su artículo sobre Hamás, publicado en 2006 en El País (eran otros tiempos), Daniel Goldhagen, autor del estudio capital sobre el nazismo Verdugos voluntarios, precisa que la misma «no tiene como único propósito la destrucción de Israel, sino que se rige por una actitud nazi y genocida respecto de los judíos». La lectura selectiva de los hadiths -y el citado viene de la cosecha del poco fiable y prolífico abu Huraira- lleva así a Hamás a un falseamiento respecto de la normativa presente en el Corán sobre las gentes del Libro. Yihadismo vs. Islam, algo a tener en cuenta y que debieran tomar en consideración los musulmanes, o al menos sus lemas. El Corán, insistimos, no autoriza esa vocación genocida.

Es la voluntad de eliminación del otro en Hamás la que acaba coincidiendo con el mensaje del ISIS, en cuanto a su potencial aplicación desde el yihadismo a quienes piensan de otro modo -por ejemplo, tratando de defender el laicismo en la escuela-, o se oponen a lo que ellos creen debe ser la unanimidad forzosa de los creyentes, o en fin vulneran la sacralidad de los símbolos. A partir de ahí surge la animosidad contra las minorías judías, blancos de reiteradas agresiones -casi doscientas- en Francia desde el día 7. En el Día de la Cólera, la marea ha llegado hasta el cerco a la sinagoga de Melilla. Desde la óptica del yihadismo, un enemigo concreto, el individuo sueco que quema un Corán, por no hablar de Israel, legitima el ataque contra cualquier miembro del colectivo a que pertenece. Así lo aplicó Hamás el 7 de octubre.

Los recientes atentados por lobos solitarios en Arras (Francia) y en Bruselas, son signos de esa peligrosa activación de «la cólera» de los creyentes, arrastrados por el señuelo yihadista. Por añadidura, cada vez que hay una crisis de este tipo, asistimos a la inhibición de los colectivos y de las elites musulmanas en la condena de los atentados -puesta de relieve ahora con el asunto Benzema en Francia-, más la movilización en un solo sentido, olvidando siempre la barbarie del 7 de octubre. Son indicadores sobre la gravedad  y la urgencia del problema. Ninguna figura de la Francia musulmana estuvo en el homenaje a Dominique Bernard, el profesor asesinado, mientras masas indignadas se manifestaban contra Israel en la Bastilla. Otras veces puede oírse la excusa de que los asesinos no son musulmanes, ya que el islam es la paz. O que el agresor de Algeciras, que exhibió en su recorrido un perfecto conocimiento del Corán, acababa de radicalizarse. Todo menos reconocer que el obstáculo solo puede ser superado cuando todos los ciudadanos coincidan mayoritariamente en el conjunto de valores expresado en la Declaración de Derechos Humanos al encarar situaciones como la actual en Oriente Próximo. La barbarie yihadista bloquea además al objetivo necesario del Estado palestino. Y en lo que nos concierne, cualquier transigencia en la comunicación social, y también en la formación de nuestros jóvenes creyentes, respecto de una lectura maximalista y selectiva de las escrituras sagradas, como la del yihadismo de Hamás y del Isis, puede llevar a una fractura interna en sociedades como la francesa o la española, sin olvidar la previsible atracción del terrorismo.

Se trata de un riesgo bien apreciable en la crisis del día, cuando además el Gobierno se empeña en consolidar una sociedad enfrentada, un país de enemigos. Pero será casi imposible convencer de la ponderación en los juicios a la multitud de «progresistas», que como la ministra Belarra o como Yolanda Díaz y Garzón, tienen cerrados los oídos a las voces de la razón y de la tolerancia, al reconocimiento del crimen con que conscientemente Hamás desencadenó la crisis. Aquí Palestina y fuera Israel, igual que los alevines de etarras decían en sus cursos de formación frente a cualquier argumento: «¡Aquí Euskadi, y fuera España!».

Publicidad
MyTO

Crea tu cuenta en The Objective

Mostrar contraseña
Mostrar contraseña

Recupera tu contraseña

Ingresa el correo electrónico con el que te registraste en The Objective

L M M J V S D