THE OBJECTIVE
Javier Benegas

El peor veneno de Sánchez

«La polarización se ha convertido en el mejor aliado del PSOE, pues en un entorno radicalizado, de posiciones extremas, el análisis racional desaparece»

Opinión
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El peor veneno de Sánchez

Ilustración de Alejandra Svriz

Ya es casualidad que el Gobierno sacara la carta de la inclusión del aborto como derecho constitucional justo cuando la tormenta de la corrupción del caso Koldo se había transformado en el temporal del caso PSOE y amenazaba con subir un último peldaño, por la gracia de la esposa del presidente, para convertirse en el tifón del caso Sánchez

Posiblemente a usted, querido lector, no le parezca tanto una casualidad como un cambio de juego intencionado. Al fin y al cabo, es habitual que este Gobierno se saque de la manga iniciativas políticas polémicas para distraernos, a nosotros y a los medios, cuando siente que está contra las cuerdas. Lo ha hecho muchas veces. Uno de los casos más significativos fue cuando la debacle de la covid empezó a coger fuerza en febrero de 2020. Justo entonces, cuando la imprevisión del Gobierno estaba quedando en evidencia, el entonces ministro de Sanidad, Salvador Illa, sacó a colación la eutanasia, declarando que ese debate era —¡precisamente en ese momento!— «absolutamente necesario y oportuno». 

Si nos fijamos detenidamente, comprobaremos que el Gobierno de Sánchez suele recurrir a polémicas con un rasgo distintivo: las que provocan profundos desacuerdos culturales. De esta forma fuerza el antagonismo y distraer su corrupción e incompetencia, evitando que el sanchismo se desmorone.

Desde que José Luis Rodríguez Zapatero reconoció que la tensión beneficiaba a la izquierda, la polarización se ha convertido en el mejor aliado del PSOE, pues en un entorno radicalizado, de posiciones extremas, el análisis racional desaparece y en su lugar se establece un sistema binario, una especie de interruptor que activa o desactiva la crítica según sean las preferencias ideológicas. Así los líderes políticos pueden dirigir la mirada del público hacia los sagrados estandartes que enarbolan y la apartan de las tropelías que cometen

Cuando la polarización domina la política, cuestionar la mala praxis, las corruptelas y desafueros de los nuestros equivale a ir en contra del objetivo principal de la lucha partidaria: que nuestros ideales triunfen sobre los de los adversarios. Así el ciudadano es empujado hacia los extremos donde cuestionar los actos de los políticos a los que vota implica poner a los pies de los caballos sus más elevados ideales.

«La polarización funciona más fácilmente con los sujetos de izquierda porque el progresismo es más utópico que el conservadurismo»

La polarización funciona más fácilmente con los sujetos de izquierda porque el progresismo es bastante más idealista y utópico que el conservadurismo. Los progresistas aspiran a una transformación profunda del mundo y al establecimiento de un orden de igualdad absoluto, mientras que los conservadores se muestran más pragmáticos, más conformes con las cosas como son y por lo tanto suelen atender más a los actos ordinarios de los políticos que a sus utopías. De ahí que el conservador sea —o al menos antes lo era— bastante más severo con los políticos corruptos, también y en especial con los de su preferencia, mientras que el progresista se muestra más tolerante con los suyos porque atiende más a los ideales progresistas que a los actos.

Pero, como dice el refrán, dos no se pelean si uno no quiere. Entonces, ¿cómo arrastrar al conjunto de la sociedad a una confrontación donde el pragmatismo desaparezca en favor de la vehemencia? Es decir ¿cómo polarizarla sin remedio? La solución es bastante simple: desplazando el debate político desde lo medible y comprobable al terreno de lo cultural. Ahí lo que juzgará el ciudadano ya no será si la sanidad pública atiende con unos plazos razonables, si la política económica que se aplica contribuye o no a mejorar su situación o si las calles son más o menos seguras. Las cuestiones ordinarias con las que se mide la eficacia de la política desaparecerán en favor de las que ponen en el punto de mira los principios y la moral misma.

Una vez la política se instala en ese terreno los conflictos ya no pueden resolverse mediante el compromiso entre las partes porque las discrepancias culturales generan reacciones más viscerales que las disputas de la política ordinaria. Al trasladar la acción política desde las cosas tangibles a las convicciones y las creencias más íntimas, se fuerza a las personas a abandonar el pragmatismo y a participar de un sistema de suma cero donde la corrupción política se percibe a lo sumo como un daño colateral, una calamidad inevitable que palidece frente a las grandes causas que están en litigio.   

«La política como refriega cultural es el mar revuelto donde pescan los políticos sin escrúpulos como Sánchez»

La politización de la cultura representa la antipolítica, pues plantea problemas que es imposible resolver mediante el acuerdo. Una subida de impuestos, por ejemplo, puede irritar a quien considera que el Estado ya recauda demasiado. Pero el conflicto que esa subida de impuestos provoque sólo será crítico si acarrea la ruina de la gente de manera fulminante. En cambio, que el aborto sea elevado a la categoría de derecho constitucional sitúa la disputa directamente en el extremo. Quienes consideren el aborto inmoral sólo tendrán una opción: renunciar a sus principios, lo que para ellos es imposible. Es más, se empujará a la marginalidad no sólo a los que estén radicalmente en contra, también a los ciudadanos que tengan dudas al respecto. Todos los sujetos tendrán que escoger blanco o negro, es decir estarán irremediablemente polarizados.

La política como refriega cultural es el mar revuelto donde pescan los políticos sin escrúpulos como Sánchez. Para mantenerse en el poder el presidente no sólo contemporizará con absurdos como que los hombres barbudos sean la encarnación de la femineidad, e impondrá leyes que pueden llevar a la ruina a quien discrepe públicamente de semejante disparate, sino que al socaire de la polarización también podrá convertir las leyes en privilegios; la impunidad de los delincuentes en un ejemplar acto de reconciliación; el clientelismo desaforado en bien común; el mérito en una desigualdad intolerable; el linchamiento mediático en justicia; la Justicia en lawfare; y el Congreso en una pocilga.

Para Pedro Sánchez la polarización se ha constituido en una profecía autocumplida imprescindible, pues cuanto más profunda se percibe la división social, más fácilmente puede avivarla e imponer su muro de progreso. Muchos votantes progresistas consideran la corrupción y arbitrismo de su gobierno como un mal necesario, un peaje con el que, a cambio, evitarán que los fachas lleguen al gobierno.

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