THE OBJECTIVE
José Carlos Llop

Una crónica francesa

«Pompidou sigue ahí, cercano, con su aspecto burgués y discreto, cincuenta años después, como la visita de un tío lejano del que lamentamos su partida»

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Una crónica francesa

Georges Pompidou.

Las crónicas de política internacional eran, en nuestra infancia, una forma de vivir todo lo que no vivíamos en casa. Parecía que nos hubiéramos desprendido de la Historia contemporánea –o ésta nos hubiera abandonado–, mientras Europa seguía su ritmo al paso de la Guerra Fría, el Canal de Suez, el Telón de Acero… en una continuación de aquella Segunda Guerra Mundial a la que habíamos sido ajenos, malheridos aún por la nuestra particular y terrible. Pasada la tormenta, Europa oscilaba entre la herencia de El Congreso se divierte y una película de espías, el Swinging London y el Check-Point-Charlie. Aquí predominaban los tablaos y la censura eclesiástica. 

En esas crónicas, las páginas de la sección de Internacional de La Vanguardia –que se desplegaba como el Times y una mesa de comedor apenas bastaba para contener todo el periódico– fueron muy importantes, pero también lo era, como complemento al ajedrez de la política, la, digamos, frivolidad de revistas como Paris-Match, que nos contaban la cara más colorista y humana de allí donde seguía transcurriendo la vida como la habíamos imaginado en el cine. Por otro lado, las aventuras de Tintín ofrecían el marco adecuado para situar todo lo demás.

«La sombra de De Gaulle era aún tan alargada y potente que nos pareció que su sucesor quedaría opacado por ella»

Parecía entonces que un estadista como Charles De Gaulle no podría tener sustituto jamás. Y cuando Georges Pompidou subió al trono de la República, la sombra de De Gaulle era aún tan alargada y potente que nos pareció que su sucesor quedaría opacado por ella. Algo de eso hubo y algo de lo otro echábamos en falta –la talla y la épica, imagino– cuando veíamos al nuevo presidente francés descender del Citroën DS negro, único coche, tanto me gusta, por el que me habría sacado en su día el carnet de conducir. ¿Un banquero de los Rothschild después del General? Pompidou ya había sido primer ministro con De Gaulle, pero si pensamos en él a la luz de lo que dejó –y no me refiero sólo a la política, donde combinó la destreza y la inteligencia con la ausencia de exhibicionismo o egolatría–, recordamos a un hombre ilustrado, gran conocedor de la poesía francesa –su antología de la misma es impecable– y aficionado al arte contemporáneo, del que fue también un gran coleccionista. El Centro Pompidou no fue un nombre sólo coyuntural o elegido al azar. 

Ahora se cumple medio siglo de su muerte y parece que fue, sino ayer, sí anteayer. Pasaron Giscard, Mitterrand, Chirac… y mira que el peso y la presencia de Mitterrand podría opacar también la figura de Pompidou. Sin embargo, pese a estar entre De Gaulle y Mitterrand –por no hablar del plumaje multicolor de Giscard y de Chirac, tan decorativos– Pompidou sigue ahí, cercano, con su aspecto burgués y discreto, cincuenta años después, como la visita de un tío lejano del que lamentamos su partida y guardamos sus regalos incluso durante la vida adulta. Para sí, dijo: «Las personas felices no tienen historia; me gustaría que los historiadores no tengan mucho que decir acerca de mi mandato».

Los franceses, sobre todo si son antiguos alumnos de L’École Normale Superieur, hablan a veces en mármol, como las lápidas y la literatura del Grand Siècle. Coincidiendo con el aniversario de la muerte de Georges Pompidou, ha muerto quien había sido ministro de Cultura con Sarkozy, Frédéric Mitterrand, sobrino del presidente socialista y hombre de la derecha ilustrada gala. La actual ministra de Cultura, la conservadora Rachida Dati –ella misma normalienne y criticada por el fallecido– escribió una impecable estela funeraria: «Monsieur Frédéric Mitterrand llevaba su melancolía como la elegancia. Le venía de lejos: una infancia parisina, en un distrito XVI a la Modiano y una juventud de muchacho bien educado, que admiraba al general De Gaulle, reivindicaba con orgullo el patronímico de Mitterrand y tuvo que descubrir su homosexualidad en una Francia donde todavía estaba sancionada por el Código Penal». Le gustaban la provocación y la ópera, los cotilleos sobre las coronas europeas y las estrellas de Hollywood, la esgrima del gran talento. De la estirpe de Jarnac –la tierra de las manzanas y el calvados, como su tío– no habría hecho un mal papel en las páginas de Truman Capote, pero tampoco en las del duque de Saint-Simon.  

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