THE OBJECTIVE
Gabriela Bustelo

Democracia autodefensiva vs. democracia autolesiva

«De adoptarse el ostracismo en España, en un par de años nos habríamos librado de políticos corruptos, nacionalistas antidemócratas, terroristas reciclados…»

Opinión
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Democracia autodefensiva vs. democracia autolesiva

Ilustración de Alejandra Svriz.

La democracia como sistema político es uno de los mayores éxitos de la humanidad. Pero ni mucho menos es un sistema de gobierno sólido y permanente, sino que debe afianzarse día tras día, casi hora tras hora. En su ensayo Las cárceles que elegimos, Doris Lessing escribió en 1985 que creía altamente posible que «ciertos países que creen ser democracias acaben siendo democracias fallidas, porque vivimos en una época en que la simplificación es un arma muy poderosa».

A modo de autodefensa, varias democracias occidentales veteranas han elaborado mecanismos para garantizar su funcionalidad y salvaguarda frente a todo tipo de amenazas, incluyendo a los enemigos internos. Uno de esos modelos de custodia es la democracia militante, creada por Karl Loewenstein en la década de 1930 ante el auge de los fascismos europeos, que pretendían destruir la democracia manipulando y vampirizando su propia estructura.

La democracia militante consiste en la imposición de límites a determinados derechos y principios inherentes a la propia democracia, para protegerla de los movimientos antisistema o contrapoderes que pretendan suprimirla o limitarla. En España ningún partido político ha planteado una reforma constitucional para convertir en militante la democracia.

Alemania y Francia son democracias militantes. En Alemania son palmariamente anticonstitucionales los partidos políticos cuyos objetivos sean desvirtuar la democracia o poner en peligro la existencia de la República Federal. En Francia la Constitución proclama irreformable la forma republicana de gobierno, «una república indivisible, laica, democrática y social», cuya soberanía reside en el pueblo sin que «ningún sector ciudadano ni individuo pueda arrogarse su ejercicio».

No en vano a Grecia se le llama la cuna de Occidente. Hace 2.500 años, Atenas logró zafarse de los tiranos y estableció la democracia, el sistema de autogobierno que sería la fuente de su poder territorial y su mayor orgullo. Pero al irse asentando la flamante democracia surgió uno de los fallos técnicos del menos malo de los sistemas políticos. ¿Cómo afrontar a quienes no aspiraban a unificar, fortalecer y engrandecer a la polis, sino depredar el nuevo sistema para engordar su propia ambición tejiendo siniestras intrigas? Cabía esperar que estos parásitos impusieran la discordia, dividieran a la población en bandos contrapuestos y provocaran una tensión generalizada que acabara destruyendo la democracia. Todo esto resultará harto conocido. El tiempo parece no haber pasado.

«En la Atenas de Pericles el ostracismo sirvió como método de higiene política no violenta, tan democrática como funcional»

Contrariamente a España —cuyos problemas sistémicos se conservan amorosamente intactos—, Atenas diseñó dos largos milenios antes una solución eficaz para apartar de la nación a los enemigos internos. Es decir, a los paisanos cuyo incívico egoísmo amenazaba a la vida pública y al bien común. Una vez al año los ciudadanos atenienses iban al ágora y escribían —en una teja de barro llamada ostrakon— el nombre de un personaje que merecía la expulsión de la comunidad durante diez años. Por cierto, el Museo Arqueológico de Madrid expone varios de los fragmentos cerámicos usados por los atenienses como papeletas para elegir a los merecedores del ostracismo o desalojo por inmoralidad.

En la Atenas de Pericles el ostracismo sirvió como método de higiene política no violenta, tan democrática como funcional. Esta ceremonia de rechazo era, para más inri, una especie de festival popular. ¡Qué mayor júbilo que poder echar por votación pública a los individuos corruptos que buscaban elevarse sobre el grupo al cual debían servir cívicamente! Imaginemos esta votación en la Plaza Mayor de Madrid y en las correspondientes plazas de las ciudades españolas, donde los ciudadanos pudiéramos teclear en una Ostrakon app el nombre los individuos merecedores de diez —o cien— años de propulsión allende las fronteras. En Atenas bastaba que una persona tuviera 6.000 votos para recibir la inhabilitación directa.

De adoptarse el ostracismo en España, la cantidad de nominaciones se podría aumentar. Y dada colosal muchedumbre de políticos dignos de recibir la patada patria, las votaciones deberían ser semanales, en vez de anuales. En un par de años nos habríamos librado de los políticos corruptos, los nacionalistas antidemócratas, los terroristas reciclados, los jueces partidistas, los periodistas comprados y los mafiosetes busca-chollos que sacan jugo al sistema. La lista de personajes públicos a quienes los españoles darían la orden de alejamiento serviría como aviso democrático ejemplificador para el mundo entero. ¿Acaso no es tan civilizado votar para elegir a los mejores como votar para expulsar a los peores?

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