THE OBJECTIVE
Antonio Barderas

La lógica ilógica de Foment

«Cataluña lleva casi medio siglo en manos de dogmáticos despreocupados de la economía real, viviendo en una atmósfera muy poco amigable para los negocios»

Opinión
Comentarios
La lógica ilógica de Foment

Ilustración de Alejandra Svriz

Hace pocos días, un medio de comunicación recogía la propuesta de la patronal catalana Foment para igualar con un mínimo el Impuesto sobre Sucesiones en todas las autonomías. Así consta, en un documento reciente, en el apartado de propuestas para el ISD: «Simplificar el impuesto mediante la reducción de tramos de la escala impositiva, estableciendo un tipo mínimo del 4% y un tipo máximo del 9%, adaptando así la tributación en ISD al promedio de la OCDE. La medida también ayudaría a reducir las diferencias de tributación existentes entre las distintas comunidades autónomas». Empresarios pidiendo al Gobierno que suba los impuestos a otros empresarios. Muy elegante.

En realidad, como decía el Eclesiastés, no hay nada nuevo bajo el sol, pues nos encontramos ante uno más de los amargos suspiros que exhala el nacionalismo catalán, siempre ventajista y contradictorio: cuando olfatean que hay algo que ganar, se convierten en máximos defensores de la diferencia; cuando notan que pueden perder, entonces se convierten en defensores dogmáticos de la unidad. Muy justo.

La tesis central de estos nuevos cruzados de la unificación tributaria es que la competencia fiscal entre autonomías es perjudicial. ¿Por qué? Como veremos, la razón principal es la búsqueda de un chivo expiatorio del fracaso del nacionalismo catalán al que se abrazó la burguesía catalana desde tiempos de CiU con esa ambigüedad tan suya, nacionalismo que en 40 años de autonomía ha logrado destruir la antaño región más rica y adelantada de España, hoy convertida en una sombra de lo que fue. La segunda razón es eliminar a los que destacan, a los que hacen las cosas mejor que ellos, a los que los han adelantado (por la derecha) dejándolos en evidencia, entre los cuales está el objeto de su vieja obsesión: Madrid.

Desde luego, en la Asociación Madrileña de la Empresa Familiar (AMEF) creemos más bien que la competencia fiscal es sana, como siempre lo es en todos los ámbitos. Primero y más importante, porque bajar impuestos es libertad: permite a los ciudadanos salvar parte de su dinero -que proviene de su esfuerzo y trabajo- para utilizarlo en lo que libremente cada uno decida. Segundo, porque obliga a las administraciones a ser más eficientes. 

Por cierto, ¿no se aprobó el modelo de financiación autonómico vigente por unanimidad, es decir, con la aprobación de la Generalidad de Cataluña? ¿Es que no sabían que esa nueva responsabilidad de administrar tributos podía conllevar bajadas razonables de impuestos? ¿No sería más lógico que los empresarios catalanes pidieran a su gobierno nacionalista mayor competitividad fiscal, dado que disponen de la capacidad normativa suficiente para bajar Sucesiones, ITP o AJD? Pero, por supuesto, no van a hacerlo. 

«Madrid realiza una aportación neta a la solidaridad interregional de 5.466 millones, mientras que Cataluña aporta 965 millones»

El mes pasado, demostrando una vez más su habitual dependencia del poder político desde tiempos de CiU (DEP), una veintena de entidades catalanas, entre ellas Foment, lanzaron un comunicado en el que solicitaban o bien una profunda reforma del modelo de financiación autonómica vigente, o bien la adopción de un «modelo federal o un pacto fiscal». Ahí está el gran sueño: el pacto fiscal. Para entendernos, otro cupo vasco, pero a medida, es decir, todavía mejor, pero con otro nombre, para disimular, pacto que supondría el final de la solidaridad interregional.

Es decir, las regiones ricas a disfrutar de lo suyo, que propiamente no es suyo sino en buena parte nuestro. O sea, la desigualdad, que es siempre el verdadero faro del nacionalismo. A este propósito, un dato más: de acuerdo con las balanzas fiscales publicadas precisamente por deseo de los independentistas, la Comunidad de Madrid realiza una aportación neta a la solidaridad interregional de 5.466 millones de euros, mientras que la boyante Cataluña, con mayor población, sólo puede aportar 965 millones, un 80% menos, un ejemplo claro del desastre de ese gestor llamado nacionalismo. Por lo demás, no deja de ser sorprendente que pidan un modelo federal, puesto que ese modelo implica la competencia fiscal entre los federados. ¿Pero no dicen que la competencia fiscal es mala? 

Lo que ocurre es que todo truco llega a su fin, que es lo que está pasando: el naufragio. Es decir, la evidente decadencia y declive del que un día fue el más rico territorio español, naufragio que hay que apuntar en el debe del nacionalismo (como han explicado las plumas más excelsas del siglo XX). Así que, en medio de ese evidente declive, no les queda más remedio que agarrarse a la última tabla de salvación: el privilegio. La realidad es que Cataluña lleva casi medio siglo en manos de dogmáticos totalmente despreocupados de la economía real, décadas viviendo en una atmósfera muy poco amigable para la inversión y los negocios, años y años siendo plusmarquistas en los tributos propios y en los tributos legítima y constitucionalmente cedidos.

La consecuencia es clara: en ese ecosistema hay muy poco lugar para los empresarios, esos que se juegan su dinero todas las mañanas, los únicos que crean riqueza, que no crean las burocracias, los comisionistas, los que politiquean, o los Boletines Oficiales. Así es imposible la prosperidad económica y social. Por todo ello, las empresas se marchan para no volver a este territorio hostil a la actividad empresarial, hecho así por la acción de gobiernos doctrinarios, pero también por la inacción de asociaciones empresariales que han estado demasiado cerca de su clase política. Aunque sus asociaciones les traicionaran, las empresas sí han hecho el análisis objetivo y correcto de esa enloquecida deriva. Y se han ido. Y puede dudarse que vuelvan, a pesar de que puedan existir algunos que sueñen con su regreso. Desde Madrid los animamos a que sigan viniendo a un lugar donde son bienvenidos y el ambiente es respirable.

«Ese nacionalismo empático y milagroso que lleva años y años engordándolos es el verdugo que los está matando»

Para entender visualmente lo que está pasando se puede acudir a la paradoja del pavo de Acción de Gracias (recreada a partir del «pollo inductivista» de Russell) que explica Nassim Taleb en su famoso libro El cisne negro. El pavo vive meses y meses como un príncipe, alimentado, cuidado y mimado con esmero absoluto por el campesino que lo cría. Cada día que come, más convencido está de que la regla de la vida consiste en que unos amables amiguetes te dan de comer sin hacer nada. Cuantos más días pasan, más seguro está el pavo de que esa situación continuará indefinidamente. Su ceguera hace que se le escape lo decisivo, la verdad de su estado de privilegio: que ese criador milagroso es, en realidad, su verdugo: todo lo bueno que hace ese gran amigo lo hace para poder sacrificarlo y venderlo en vísperas de Acción de Gracias. O sea, que la mano que parece alimentarte es la que te va a retorcer el gañote.

Trasladando la analogía, esa es la tragedia de estas asociaciones empresariales entregadas al poder político. Por muy paradójico o increíble que les parezca, la realidad es que ese nacionalismo empático y milagroso que lleva años y años engordándolos es el verdugo que los está matando. Consecuentemente, cuanto más confiados se encuentren, más cerca tienen el día de Acción de Gracias. Ese es, precisamente, el drama.

Publicidad
MyTO

Crea tu cuenta en The Objective

Mostrar contraseña
Mostrar contraseña

Recupera tu contraseña

Ingresa el correo electrónico con el que te registraste en The Objective

L M M J V S D