Nostalgia del estadista
«Sánchez no es un estadista, sino un esforzado ‘parvenu’ carente de toda nobleza. O bien: su habilidad táctica está al servicio de la nada»

Ilustración de Alejandra Svriz
En términos de márketing político, la semana viene fuerte: el presidente del Gobierno salió en TikTok consumiendo barritas de incienso y se puso una camiseta de la selección española de fútbol para festejar que el país cuenta con 22 millones de afiliaciones —que no afiliados— a la Seguridad Social. La cosa tiene su mérito, porque hablamos de un enemigo declarado de las redes sociales; aunque Sánchez no parece sufrir demasiado grabando esos vídeos, cabe suponer que la procesión va por dentro.
Y lo cierto es que la estrategia comunicativa diseñada por los asesores de Moncloa parece surtir efecto, ya que las encuestas reflejan un ligero repunte del PSOE a lomos de ese No a la guerra que ha convertido al líder socialista en ejemplo de conciencia crítica a ojos de medio mundo. Tiene su lógica: si el público democrático español se divide irremediablemente entre quienes creen en Sánchez —o fingen hacerlo por fidelidad partidista— y quienes no pueden creerse a Sánchez haga lo que haga y diga lo que diga, el observador extranjero se mantiene a una distancia que facilita la proyección romántica.
En cualquier caso, es obvio que el PSOE llega con vida a la recta final de la legislatura: su sorprendente victoria en las generales de 2023 —apenas dos meses después de unas elecciones autonómicas y municipales donde había sufrido una derrota severa— alimentan la expectativa de una nueva remontada. Desde ese punto de vista, Sánchez ha demostrado conocer muy bien al electorado español, revelándose como un maestro del teatro político: juega sus cartas con tal habilidad que lleva siete años en el poder sin haber ganado las elecciones generales más que una sola vez.
Ahora que el filósofo alemán Peter Sloterdijk ha vuelto a Maquiavelo a fin de repensar una época caracterizada por el retorno del hombre fuerte y el giro iliberal de las democracias occidentales, Sánchez se nos aparece como un alumno aventajado del florentino. Aunque hoy sea dominante la interpretación republicana de Maquiavelo, conforme a la cual este muestra la verdadera naturaleza del príncipe para poner sobre aviso al ciudadano, su descripción del operador político encaja con la conducta del líder socialista: cualquier medio es bueno siempre que sirva al fin que consiste en mantener el poder.
«Sánchez nunca ha ambicionado dejar tras de sí una España mejor»
Ocurre que Sloterdijk elogia a Emmanuel Macron, a quien reconoce capacidad intelectual y estar en posesión de una genuina visión reformista; su relativo fracaso sería entonces un admirable fracaso. A Sánchez, que ha hecho todas las trampas imaginables y compone más bien la figura del pícaro barroco, puede afeársele justo lo contrario: nunca ha ambicionado dejar tras de sí una España mejor, lo que exigiría adoptar medidas impopulares, sino que, por el contrario, ha introducido a la democracia española en una dinámica recesiva en la que el desprecio por el Parlamento convive con la captura partidista del Estado y las empresas públicas, la degradación amarillista de la televisión pública, la deslegitimación de los jueces y la prensa, la intensificación de las desigualdades territoriales y generacionales y el fomento de la polarización social… Ni siquiera es ideológicamente audaz: no ha prohibido los toros, ni sacado a España del Mundial de fútbol; solo hace aquello que puede darle votos o apoyo parlamentario.
Ahí reside la paradoja que pasa por alto el oficialismo cuando celebra la destreza propagandística gracias a la cual Sánchez sigue vivo en las encuestas: su príncipe no es un estadista, sino un esforzado parvenu carente de toda nobleza. O bien: su habilidad táctica está al servicio de la nada. Es posible —incluso probable— que nuestro país no dé para más. Pero eso ya es otra historia.