Jordi Bernal

Políticos de tertulia

«Ahora sólo interesa afianzar la propia postura mediante el acoso y derribo del adversario político»

Opinión

Políticos de tertulia
Foto: JuanJo Martín| EFE
Jordi Bernal

Jordi Bernal

Periodista a su pesar y merodeador de librerías y cines. Autor del libro de crónicas Viajando con ciutadans (Ed. Triacastela, 2015)

Cuando se ponen mantecosos, los políticos hablan de aquellos problemas que les importan a la gente. Esos no deberían ser otros que comer caliente un par o tres de veces al día, el trabajo, un techo bajo el sol, la educación de los hijos y una sanidad pública decente. Al menos estas son las cuestiones que interesan al común de los mortales si atendemos a las sesudas encuestas que se montan de vez en cuando.

Sin embargo, viéndolos ahora en campaña, parece que los problemas que preocupan a los españoles van por otros derroteros. Como si estuviéramos aún en el siglo pasado, parecería que la batalla se estuviera librando entre los dos totalitarismos que nacieron hace más de 100 años. Así el comunismo y el fascismo han entrado en campaña como armas arrojadizas que contribuyen a la tensión dialéctica hasta convertir el contraste de ideas en una burla para el espectador.

Se ha perdido el interés por exponer un programa político, por dirimir las diferencias ideológicas mediante la argumentación y la persuasión. Ahora sólo interesa afianzar la propia postura mediante el acoso y derribo del adversario político. Eso no es otra cosa que la conversión del debate político en una encarnizada tertulia en la que la razón acaba teniéndola el que berrea más alto y no deja hablar a los demás.

Curiosamente, tanto Ayuso como Iglesias, protagonistas omniscientes de la campaña madrileña en su versión catódica, se forjaron en el tertulianismo más agreste y feroz. Dominan la hipérbole inflamada, las soflamas populacheras y saben contar mentiras sin que el rubor consiga asomar a sus rostros. Y no les va nada mal en las encuestas. Aunque no sé si pensar que la culpa es de ellos o de un sistema democrático tan enviciado que, pese a contar con numerosos mecanismos para el chequeo de los datos, la diferencia entre la mentira y la verdad ha dejado de tener el más mínimo interés.

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