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Por qué la posverdad no es lo mismo que las mentiras de toda la vida

Alguna vez lo he mencionado ya, con tono medio (pero solo medio) jocoso; que, dado que los economistas fueron incapaces de predecir la última gran crisis económica, y los politólogos no vieron venir casi ninguno de los convulsos resultados electorales que nos legó 2016, es el momento en que se nos dé una oportunidad a otros profesionales, a menudo postergados: los filósofos. De hecho, alguien que hubiera seguido con atención los últimos treinta años de filosofía no se habría sorprendido demasiado por el éxito que ha cobrado últimamente el término “posverdad”, declarado “Palabra del año” por los diccionarios Oxford en 2016.

Ahora bien, igual que internet contribuye a poner rápidamente de moda palabras como esa, parece exigirnos también entenderlas rápidamente. Y por ello me temo que la mayor parte de los que leen de nuevas la palabra “posverdad” se sienten obligados a darle inmediatamente un significado. Y razonan (más o menos) así: si la posverdad está claro que no es la verdad, y lo contrario de la verdad es la mentira, apresurémonos a concluir que “posverdad” no es sino un nuevo rótulo para las mentiras de toda la vida, que a saber por qué oscuros motivos no reciben ya ese nombre de siempre.

Yerran, sin embargo, al razonar así. La filosofía exige pausada reflexión y lo cierto es que no, que la posverdad no es lo mismo que la mentira. Filósofos tan distintos como Gianni Vattimo, Mario Perniola o Harry Frankfurt llevan lustros advirtiéndonos de que esto iba a pasar (con distintos lenguajes, pues cada uno pertenece a una tradición filosófica distinta; con diferente sensación de agrado frente a ello, pues cada uno repara en unas u otras de sus consecuencias). Pero ninguno ha banalizado las cosas hasta el punto de afirmar que, simplemente, lo que iba a pasarnos es que la gente iba a prodigarse (aún más) en el mentir.

¿Qué es, pues, la posverdad, si no se limita a un prosaico “engañar”? Harry Frankfurt, profesor entonces en Yale, escribió hacia 1986 un potente texto sobre ella. Demasiado adelantado a su tiempo, sin embargo, no sería hasta diecinueve años más tarde que tal ensayo se haría famoso en forma de pequeño libro, bajo el título de On bullshit. Es decir, algo traducible por “Acerca de las chorradas” o “las milongas”. Hoy diríamos: “Acerca de la posverdad”. La idea de Frankfurt en esa obrita era doble: en primer lugar (a pesar de lo reacios que suelen ser los filósofos anglosajones a emitir juicios generales sobre nuestra cultura) empezaba diciendo que vivimos momentos en que el bullshit, la posverdad, prolifera por doquier, vigorosa. En segundo lugar, distinguía esta posverdad o bullshit de la mentira: mientras que a un mentiroso le interesa la verdad, justo para transmitirte la idea contraria (su mentira), en tiempos de posverdad lo que le ocurre a la verdad es que simplemente ha dejado de interesar. No importa que lo que digas sea verdadero. Tampoco, como al mentiroso, te interesa convencer de algo falso (y beneficioso para ti). Simplemente te interesa hablar con una total indiferencia hacia cómo son las cosas en realidad. Y que a tu audiencia, naturalmente, también le dé igual qué sea o no sea verdad.

En esos mismos años 80 en que Frankfurt definía así las cosas desde Connecticut, a miles de kilómetros de distancia, en Turín, el italiano Gianni Vattimo redactaba La sociedad transparente, donde trabajaba sobre la misma idea. Aunque en su caso lo hacía con un lenguaje que echaba mano de Nietzsche y Heidegger y, a diferencia de Frankfurt, no se arredraba a la hora de decirnos por qué iba a triunfar la posverdad. Para Vattimo los grandes responsables (¿los grandes villanos?) iban a ser los medios de comunicación. A medida que cada cual pudiese leer periódicos (o los digitales) que solo un grupito más de afines leyese; a medida que cada cual pudiera ver las televisiones (o los canales de YouTube) que más le dieran la razón; si cada cual iba a escuchar la radio (o los podcasts) de su preferencia; entonces acabaríamos compartiendo cada vez menos referencias comunes. Cada cual terminaría (ha terminado) por vivir en un mundo diferente. La verdad común no importará ya a nadie, solo el sustituto que cada camarilla tenga como posverdad. Vattimo escribía antes de internet, pero parecía estar describiéndola, así como lo que hoy llamamos “ciberguetos” (esos grupos de personas que solo consumen los medios que saben ya por anticipado que les darán la razón. Es decir, esos grupos a los que quizá pertenecemos ya todos nosotros).

Acaso lo más irónico de Vattimo es que en los años 80 contemplaba todo esto con ojos gozosos: un mundo en que cada cual pudiese elegir las verdades que más le gustaran le parecía el culmen de la libertad. No obstante, en cuanto empezó a ver las consecuencias de lo que él mismo había predicho, la cosa empezó a no complacerle tanto. Así, en el año 2000 escribió un prólogo a una nueva edición de ese mismo libro. Allí reconocía que, si ese poder de los medios de comunicación para crear realidades alternativas había terminado aupando al poder en Italia a Silvio Berlusconi, es que las cosas no eran tan optimistas como se las prometía años atrás.

El caso de Vattimo es significativo. Pues no es el único intelectual izquierdista que empieza cantando elogiosos ditirambos al hecho de que nos olvidemos de la verdad mas, en cuanto comprueba que eso puede beneficiar también a políticos de derecha, recoge velas y empieza a añorar… justo esa verdad que poco antes denostaba. Hace unos días nos recordaba Óscar Monsalvo en estas mismas páginas de The Objective un caso similar, más cercano en el tiempo y más español: cómo una profesora que en octubre pasado (es decir, poco antes de la victoria electoral de Trump) menospreciaba el valor de la verdad en política y la acusaba ¡incluso! de totalitaria, hace apenas dos semanas se había reconvertido en aguerrida paladina de las verdades de siempre, al ver cómo se aprovecha el nuevo presidente americano de la posverdad. Los amores y desamores, cariños seguidos de menosprecios, por parte de cierta izquierda divagante (el término es de Gustavo Bueno) hacia la verdad tal vez darían para una de las novelas románticas de Corín Tellado, que humildemente yo propondría titular “Una malquerida a la que llamaban Verdad”.

En este sentido el último filósofo de los que cité antes, Mario Perniola, ha mantenido sin duda una coherencia mayor. Pertenecen a la década de los 80 también los primeros textos en que aventuraba lo que se nos venía encima, de nuevo años antes de internet. Pero él siempre ha contemplado sin frivolidad alguna el reto al que nos estamos enfrentando: un mundo en que la verdad ya no importa, en que no nos fiamos de los medios de comunicación, en que los propios periodistas afirman que lo que nos dicen no es objetivo (socavando así, sin darse cuenta, los pobres, cualquier interés que pudiera quedarnos en lo que nos cuenten —y ¡ay! en pagar dinero por que nos lo cuenten—). Un mundo, en suma, donde incluso los medios que publican mentiras ya no pretenden que nos las creamos, sino simplemente que, aturdidos por su ruido, acabemos desconfiando de todo y de todos (estrategia típica de la propaganda rusa hodierna, bien descrita aquí y aquí; estrategia en que el nuevo presidente estadounidense parece ser alumno aventajado, puesto que tuitea a menudo datos sin preocupación alguna por si cuentan con respaldo o no).

¿Queda sitio en este nuevo mundo, brave new world, para los que seguimos estando encaprichados con la verdad a secas? ¿Tendremos que reunirnos para traficar en secreto con ella, ahora que ya ni a los políticos ni a los periodistas parece interesarles tanto? ¿Se convertirá la exigencia de que te cuenten la verdad en una nueva impertinencia social, mirada con mohín despreciativo en las reuniones de sociedad por parte de la gente respetable? A menudo he tenido la sensación, cuando le he pedido verdades (y no meras opiniones) a alguien, de que las cosas acabarían siendo pronto así. Pero reconozcamos que no tenemos certeza alguna sobre lo que nos ocurrirá en ese futuro, o posfuturo. De modo que nuestro propio aprecio por la verdad nos obliga, llegados a este punto, a reconocer que hemos de callar.

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