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¿Por qué se acelera la decadencia de la Iglesia católica en España?

Foto: Luca Baggio | Unsplash

Hay un pasaje de los Ensayos de Michel de Montaigne en que el gran francés se hace eco de un dilema ético (y cristiano) bien peliagudo. Imaginemos, dice nuestro filósofo, que se constriñera a un hombre bueno a optar entre realizar cierto esfuerzo o cometer una maldad. En principio, la tesitura no resultaría demasiado ardua: si es de veras persona bondadosa, no le importará arrostrar ciertas dificultades por mor de lo correcto. Ahora bien, añade Montaigne, la cosa empieza a intrincarse cuando se le da a elegir a ese justo varón entre dos actos malvados. Ahí sí que (cedo la palabra a los Ensayos) “se le coloca ante una espinosa elección. Como le sucedió a Orígenes, a quien pusieron en la alternativa de, o bien adorar un falso ídolo, o bien gozar carnalmente de un horrible etíope que le presentaron. Al parecer, Orígenes optó por lo primero; y obró mal al hacer así, según algunos autores” (como Nicéforo Calixto).

En efecto, seleccionar entre dos males es coyuntura que ha provocado tantos desvelos a los seres humanos como ocasión para redactar ladrillos a los profesores de ética. ¿Acaso no podríamos sostener entretenidísimos debates sobre si Orígenes (uno de los autores clave para entender todo el cristianismo posterior al siglo III, no lo olvidemos) hizo bien inclinándose ante el falso dios, o si más bien debió ponerse a juguetear sobre un lecho con aquel etíope, por feo que fuera? ¿Tenía razón Orígenes al preferir la idolatría? ¿Nicéforo Calixto al privilegiar más bien las aventuras por el África negra?

Lo que le resultaría desconcertante a cualquiera habría sido que Orígenes cometiese ambos males simultáneamente; que se hubiese arrodillado tanto para rendir honores al idolillo como para gozar del sexo africano. Ante dos males, ¿por qué demonios escoger ambos? Y, sin embargo, el lector convendrá conmigo en que esa es a menudo la situación con que nos topamos: personas e instituciones que, ubicados ante dos alternativas lamentables, van… y adoptan las dos. O las tres.

Mucho me temo que es el caso de la Iglesia católica en España, mil ochocientos años después de Orígenes. Con el agravante de que las tres opciones abrazadas por ella no son las únicas disponibles. Explicaré más adelante cuáles son, a mi humilde juicio, esas tres vías equivocadas que la Iglesia ha asumido, y que en este caso no tienen que ver con etíopes poco agraciados (aunque quizá sí con ídolos de barro). Pero antes debemos argumentar por qué la situación del catolicismo en España puede caracterizarse de “decadente”, tal y como sugerimos en el título de esta colaboración.

Creo que la señal más reciente que apunta en este sentido ha sido la encuesta que acaba de publicar el prestigioso Pew Research Center. Es un estudio sobre qué le ocurre al cristianismo en Europa occidental. A menudo, cuando se exponen los achaques por que atraviesa la Iglesia católica en España (descenso continuo del número de fieles, descenso del número de bautizados, descenso de matrimonios eclesiásticos, aumento del agnosticismo y ateísmo; hasta el presidente de la Conferencia Episcopal se hizo eco de este decaimiento en su última Asamblea General), subyace la impresión de que ese declive resulta inevitable, que los avances modernos nos vuelven más y más secularizados, y que aproximadamente en toda la Tierra se da ese deterioro general. Es una impresión falsa, como ya expusimos aquí: la verdad es que en el mundo está aumentando tanto el número de creyentes religiosos como el número de cristianos en particular. Solo Europa está abandonando la fe. Y, dentro de Europa, España con especial entusiasmo. Eso es lo que nos revela la última encuesta del Pew Research Center citada.

Algunos de los datos que nos proporciona son verdaderamente llamativos. Por ejemplo, la asistencia a misa (definida como aquellos que asisten a su liturgia al menos una vez al mes) no solo es en España (con su 21%) muy inferior a otros países tradicionalmente católicos, como Portugal (35%) e Italia (40%); sino que ya incluso países como Suiza (27%), Austria (28%) o Alemania (22%) son más piadosos a este respecto que la antigua patria de los Reyes Católicos.

En cuanto al número de personas que no se identifican con ninguna religión, España, con su 30%, ya adelanta a Francia, Reino Unido, Finlandia o la ya citada Alemania; empatamos con Dinamarca y solo países de larga tradición irreligiosa, como Suecia, Holanda, Noruega o Bélgica nos superan. La causa de ello nos ayuda a entenderla otro dato: somos el tercer país (tras los dos últimos citados) en que mayor porcentaje de gente educada en el cristianismo lo abandona (un 26%, igual cifra que en Holanda).

Hay otras categorías en que resultamos netos vencedores, sin embargo. Así, cuando se le pregunta a la gente que asiste regularmente al culto religioso si el Gobierno debería apoyar ciertos valores de su religión, es en España donde un número más bajo (solo un tercio de ellos) así lo cree. En Alemania, Holanda, Suiza o Austria, en cambio, andan cerca de los dos tercios; en Francia son más de la mitad; e incluso las secularizadas Noruega (60%) o Bélgica (42%) ofrecen tasas muy superiores a la hispana. En nuestro país, pues, no solo cada vez menos gente va a misa; sino que quienes lo hacen cada vez están menos convencidos de que sus valores deban influir en las leyes del país.

Pero el dato, a mi juicio, más significativo es el cultural: ¿cuánta gente, asista o no a la eucaristía, crea mucho o poco en Dios, obedezca o desobedezca al papa o a su obispo luterano, se considera en todo caso a sí misma “cristiana”? Ahí resulta que España, con su 66% de cristianos, se coloca a la altura de países como Dinamarca o Francia, antaño mucho más descristianizados que la tierra de la Virgen del Pilar. Y no solo Italia (80%), Irlanda (ídem), Austria (ídem) o Portugal (83%), tradicionales colegas católicos, nos preceden; es que incluso el Reino Unido, Alemania, Suiza o Finlandia se sienten hoy más cristianos que la patria del apóstol Santiago (cuya fiesta, ahora se entiende que lógicamente, hemos dejado como nación de celebrar).

¿Cuáles son las causas de este seísmo que está transformando la imagen de España ante el mundo como refugio de catolicidad? Es aquí donde podemos volver a Montaigne, Orígenes y el etíope horrible, y preguntarnos hasta qué punto la Iglesia católica española no ha optado, en los últimos tiempos, por dos males cuando se le ofrecía la alternativa; o incluso por tres si a tantos se le daba opción. Pienso concretamente en términos ideológicos.

Primer mal; hoy tenemos en España una Iglesia fuertemente politizada en la ideología, según Stefan Zweig, más envenenadora de todo el siglo XX: el nacionalismo. De hecho, son justamente las regiones (Cataluña y el País Vasco) en que ese ídolo ideológico ha penetrado con mayor éxito en las sacristías, donde los datos que hemos citado antes de desafección religiosa más se exacerban. Esta complicidad de la Iglesia catalana con el nacionalismo y el desagrado que suscita en muchos explican también, probablemente, otro mal dato para los obispos católicos que no hemos citado, pero es previsible que prosiga: el fuerte descenso que sufrirá este año la recaudación por la casilla correspondiente en el IRPF, descenso que ya se apuntó en su campaña anterior.

Por desgracia, las alternativas que tenemos a esa Iglesia politizada en el nacionalismo no parecen mucho mejores. Un buen sector de la Iglesia española está también politizado hoy en términos izquierdistas, anticapitalistas y pobristas, adorando al ídolo de un activismo que ya en Latinoamérica ha mostrado sus efectos (recordemos que la extensión de la “teología de la liberación” allí coincidió con el mayor descenso del número de católicos y simultáneo crecimiento del de evangélicos que se recuerda). Frente a esa Iglesia nacionalista y esa Iglesia “podemizada”, la tercera alternativa a menudo tampoco es buena: una Iglesia igualmente ideologizada, solo que en tonos conservadores o incluso reaccionarios; tan interesada en la pleitesía al César como las dos anteriores, solo que en este caso ha de tratarse de un César de los suyos.

No sabemos cómo se sintió Orígenes en el relato que de él nos hace Montaigne; tampoco sabemos si se habría sentido mejor o peor de haber compartido sus cuitas con aquel etíope. Lo que sí sabemos es que ni a Orígenes, ni a su discrepante Nicéforo Calixto, ni a Agustín de Hipona, ni a Gregorio Magno, les atrajeron lo más mínimo el nacionalismo, el podemismo ni ningún tipo de cesarismo. En la medida en que la Iglesia española siga adorando a tan dispares ídolos, su decadencia no resulta sorprendente ni, quizá, lamentable. Y es plausible suponer que, en breve, vayan surgiendo alternativas que ofrezcan sentido a quien quiere buscarlo en el espíritu, no en una u otra politización.

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