Gonzalo Gragera

Una izquierda populista y una izquierda ensimismada

«Aún nos preguntan por qué hay obreros (sic) que votan a las derechas»

Opinión

Una izquierda populista y una izquierda ensimismada
Foto: Juan Carlos Hidalgo| EFE
Gonzalo Gragera

Gonzalo Gragera

1991. En la actualidad colabora en la cadena COPE –Sevilla-, en Zenda y en The Objective. Su último libro es La suma que nos resta (Premio de Poesía Joven RNE), editorial Pre-textos.

De la frivolidad de las portadas de Vanity Fair al reseñismo tuitero de series. Pasando por debates que afectan a una parte muy minoritaria de la sociedad, y que quizá interesen más en la burbuja cognitiva de las redes sociales que en las casas y en las oficinas. La izquierda populista y la izquierda ensimismada. Es lo que nos encontramos en un debate público de izquierdas que quizá debería prestar mayor atención a otras cuestiones, digamos, más materiales: recordemos que estamos en medio de una pandemia cuyas consecuencias aún no calibramos del todo, y cuyos efectos están aún por ver. Por ahora, una previsión de desastre social: enfermedad, polarización, desgaste emocional, paro.

En este contexto, donde la izquierda debería estar dando respuestas de carácter social, nos topamos con un Gobierno de izquierdas preocupado… en controlar la elección de los magistrados del CGPJ. No sé si lo recordamos, pero hace unos 13 años, una idea de la reforma del Poder Judicial —en partidos con pretensiones reformistas, que nada tenían que ver con PP y PSOE— era conseguir la menor injerencia posible en el CGPJ por parte del Ejecutivo. Una ideología que es inevitable en la persona, y que claro que va con los jueces y fiscales, pero que no está tan claro que tenga por qué afectar al ejercicio de la profesión. La norma se interpreta y se aplica, y no es una suma matemática, pero los límites de la interpretación están bien definidos.

Y mientras en las calles hay rebrotes, cifras de fallecidos, incertidumbre laboral, cierre de negocios… A la ministra de Igualdad le pareció bien salir en Vanity Fair, presumiendo y aparentando todos aquellos valores que la mujer de izquierdas dice rechazar: en la portada de la revista buscas las siete diferencias con María Pombo y no sabes por dónde empezar. Luego, el vicepresidente del Gobierno se ha dedicado en estas semanas a reseñar series. Todos conocemos sus gustos, intereses y opiniones sobre las series que está viendo. Sin embargo, poco sabemos de sus soluciones sobre cómo mejorar las condiciones materiales de familias y trabajadores que cada vez lo están pasando peor. Por ahora, ya se ha anunciado una subida del IVA a la hostelería, los libros, al transporte… En una medida que dicen que nada más que afecta a las clases altas. Volvemos a leer: la hostelería, los libros, el transporte…

La izquierda populista que prometió el cambio cultural, dar la vuelta al sistema, la vida idílica sin corrupción ni mal social alguno, está ahora mismo en la siguiente tesitura: está en su partido declarando que Iglesias no dimitirá aunque lo impute el Supremo; está buscando la manera más eficaz de centrar la atención en otros debates, como esa estupenda campaña de Irene Montero en Vanity Fair, ya que se ven incapaces de resolver cuestiones materiales de primera necesidad; está en la propaganda de Sánchez; está en la subida de un IVA cuya justificación es que solo afecta a los ricos (la hostelería, los libros, el transporte: gustos sofisticados). Y en su reverso, la izquierda ensimismada. Una izquierda que no sale de debates que tan solo sirven para generar sesudas y autorreferenciales conversaciones en redes sociales —debates relacionados con temas identitarios—, pero que poco ayudan —e interesan— a la mayoría social. Y aún nos preguntan por qué hay obreros (sic) que votan a las derechas.

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