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Víctor Hugo y el tercer subterráneo

A pesar de la popularidad que le dio 'Los Miserables', Hugo no fue unánimemente aplaudido por sus contemporáneos, que se dividieron entre hugólatras y hugófobos, casi a partes iguales

Foto: Wikimedia Commons | Wikicommons

El otro día le pedí a un taxista que me esperara delante de una librería de viejo, por mí muy frecuentada. Al salir me dijo que le gustaba mucho leer y que su autor favorito era Victor Hugo. Ni más ni menos, y de inmediato empezó a mencionarme las obras que conocía. A nadie le extrañará que su favorita fuera Los miserables, ese inmenso y desigual monumento literario que, al parecer, inspiró a un deslumbrado Tolstoi su Guerra y paz. A pesar de la popularidad que le dio, Hugo no fue unánimemente aplaudido por sus contemporáneos, que se dividieron entre hugólatras y hugófobos, casi a partes iguales. Estoy hablando de los escritores y críticos, no del público lector, completamente entregado.

El ensayista belga, Simon Leys, en “Proteo y otros ensayos” (Breviario de saberes inútiles, El Acantilado), se hace eco de esas discrepancias, tanto la de Henry James, como la de Baudelaire, tan indignado con la obra que en una carta expresó su deseo de escribir un Antimiserables satírico.

En mi novela -dice Baudelaire- que mostrará a un canalla, un verdadero canalla, asesino, ladrón, incendiario y pirata, la historia terminará con esta frase: “Bajo los árboles que yo mismo planté, rodeado de mi familia que me adora, estoy ahora gozando en paz la recompensa de mis crímenes.”

El libro de Victor Hugo fue recibido en España con grandes elogios, y eso irritó a doña Emilia Pardo Bazán que en su Literatura francesa moderna: el Naturalismo lo califica de “literatura de segundo orden, porque no llenando las exigencias del arte, tampoco son eficaces en su doctrina”, y lo compara con Los misterios de París (1843) de Eugène Sue, en quien sospecha que se inspiró Victor Hugo: “Sea esto lo que quiera, y aun cuando las fechas pueden sugerir más malicia de la que conviene, no hay manera de no ver la influencia de Sue en ­Los miserables.” ¡Pobre Hugo!, él, que había sido tan gentil con ella como para regalarla uno de sus dibujos, porque ambos compartían esa afición. Por cierto, que Isaac Díaz Pardo, pintor, escritor, editor y galerista gallego, ya fallecido, decía poseer ese dibujo dedicado a doña Emilia porque, de joven, participó en las obras de remodelación del Pazo de Meirás cuando pasó a manos de los Franco.

Tampoco Juan Valera le tenía en gran consideración y cuando estalló el escándalo del supuesto plagio de Campoamor (un ídolo popular), Valera admitió que éste había “casi literalmente ingerido sesenta o cien frases, pensamientos y sentencias de Victor Hugo” y que lo copiado eran auténticas vaciedades, indignas del autor de las Doloras. Pero el máximo hugólatra en el ámbito hispánico fueron, sin duda, Rubén Darío y los poetas modernistas y simbolistas que lo conocieron a través de él. Para Darío, la poesía francesa tenía sólo tres nombres: El “gran Hugo”, el “pobre Verlaine” y Catulle Mendès.

Otro de los defensores de Victor Hugo en España fue Larra, que era medio francés, y le consideraba “el primer poeta del siglo XIX”, aunque le molestaba su adulterada interpretación de España, fruto de su estancia en Madrid, entre 1811 y 1812, cuando tenía nueve años y vino a reunirse con su padre, el general Hugo, quien, como había acabado en Nápoles con Fra Diavolo, había sido enviado a España a acabar con las guerrillas… Esta etapa de su vida está admirablemente estudiada por José Simón Díaz, en un folleto titulado “Victor Hugo en Madrid” (Instituto de Estudios Madrileños, 1992). Imposible encontrarlo como no sea por azar, pues pertenece a ese tipo de evanescentes publicaciones institucionales que se pierden en el limbo de las bibliotecas municipales.

Pero lo que yo quería cuando empecé este artículo era centrarme en Los miserables, en la gran enciclopedia humana que contiene esa extensísima novela, como ocurre con Guerra y paz. Porque hay muchos libros en ese libro: sus extensas digresiones -verdaderas monografías- sobre los pilluelos de París, el reciclado de basuras y de los excrementos, Napoleón, la batalla de Waterloo, la diferencia entre motín y rebelión, las barricadas, las alcantarillas de París… Todas ellas son dignas de ediciones aparte, segregadas de la peripecia principal, sin merma alguna de su oportunidad y eficacia. Y a propósito de las alcantarillas no puedo dejar de detenerme en ellas, con ese gran texto sobre los monstruos que las habitan, cuya degradación describe con extremada y cruel precisión. Lo cuento.

En “Marius” (Los miserables, tomo III, Libro VII, Patrón-mina, Cap. I. Las minas y los mineros), Hugo habla de la teoría teatral del “Tercer subterráneo” que socava el cuerpo social y en el que hay cabida para el bien y el mal. Hay ahí minas inferiores y superiores, un arriba y un abajo. Unas se abren a la luz (La Enciclopedia, Cristo, Hugo dixit), y cuánto más se profundiza, más misteriosos son los trabajadores. Hasta cierto nivel, el trabajo es reconocible, más allá es dudoso y mixto. Más abajo, empieza a ser terrible. A cierta profundidad, las excavaciones ya no son permeables al espíritu de la civilización, se ha superado el límite de lo respetable para el hombre, los monstruos son posibles…

Este afortunado encuentro con aquel taxista ilustrado me reconcilió con la humanidad, y eso que, a pesar de mi formación afrancesada, no he sido yo nunca una gran hugólatra, pero tampoco hugófoba. Eso es lo que ocurre con las grandes fuerzas de la naturaleza, que a unos arrebatan y a otros espantan. En cualquier caso, hay que rendirse a ellas, como a las catástrofes, las plagas y las grandes batallas.

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