Hungría, la nueva rivalidad europea: los conservadores compiten con la derecha radical
El 12 de abril, de nuevo un escenario de fuerzas liberales contra iliberales, con la izquierda tradicional en retroceso

Péter Magyar y Viktor Órban se estrechan la mano. | European Union
Dentro de diez días se celebran unas elecciones en Hungría que interesan a toda la Unión Europea, porque muestran una tendencia creciente que supera el tradicional enfrentamiento derecha-izquierda. Con esta última en retroceso, igual que la extrema izquierda, la complicada relación entre conservadores y derechas radicales se traduce en ocasiones en coaliciones de gobierno y en otras en una feroz competencia electoral, como en el caso de Hungría el próximo 12 de abril. La pelea es entre Viktor Orbán, cerca de cumplir 63 años y líder del Gobierno autoritario, populista y nacionalista en el poder desde hace 16 años, y el eurodiputado conservador Péter Magyar, un abogado de 45 años al frente de Tisza (Respeto y Libertad).
El abogado Péter Magyar formaba parte hasta hace 14 meses del todopoderoso partido de Orbán, Fidesz. Había estado casado hasta 2023 con Judit Varga, que fue ministra de Justicia y de Relaciones con la UE, además de diputada, y que en 2024 tuvo que interrumpir su campaña electoral —encabezaba la lista de Fidesz al Parlamento Europeo— por el escándalo de la concesión de un indulto de la presidenta húngara a un encubridor de un delito de abuso sexual infantil. La presidenta dimitió, y lo mismo hizo Varga.
Magyar renunció a sus cargos en la Administración, abandonó Fidesz y dirigió la campaña de protestas por el escándalo. Después amplió sus críticas a toda la corrupción del entorno de Orbán —su exmujer le dijo que el Gobierno húngaro tenía rasgos mafiosos— y en este proceso se convirtió en líder de la oposición. Para frenarle, Fidesz le acusa de presuntos delitos e intentó que el Parlamento Europeo le levantara la inmunidad parlamentaria. Magyar dice que son acusaciones políticas, y lo mismo pensó la Eurocámara, que rechazó hace unos meses la solicitud de quitarle la inmunidad al eurodiputado. Magyar basa su campaña en la lucha contra la corrupción en Hungría y la normalización de relaciones con Bruselas.
Viktor Orbán llegó al poder en 2010. Cuando perdió las elecciones cuatro años antes, preparó su regreso con una idea fija en la cabeza: «Necesitamos ganar una sola vez, pero tenemos que hacerlo con mayoría absoluta». Dicho y hecho. Con la mayoría que logró, ha impedido la alternancia en el poder (lo que hacen todos los populistas del mundo, de derechas o de izquierdas). Rediseñó distritos electorales a su conveniencia, censuró lo que pudo a los medios y trató de desmantelar la prensa independiente. Eliminó los equilibrios institucionales y quiso silenciar a la oposición a través de la Ley Fundamental de 2011, una constitución aprobada sin consultas con la oposición ni los ciudadanos que elimina la separación de poderes, ata al poder judicial y deja en manos del parlamento los nombramientos del Tribunal Constitucional, el Tribunal de Cuentas y todas las instituciones políticas y económicas.
Una ocupación de instituciones en toda regla que recuerda mucho a lo ocurrido en otras democracias, tanto en Europa como en las Américas.
Orbán es un nacionalista xenófobo aliado de Rusia —ha vetado el paquete europeo de ayuda a Ucrania de 90.000 millones de euros que él mismo había aprobado en diciembre— y admirador de Donald Trump. El presidente estadounidense le mandó un vídeo de apoyo a la reunión de Patriotas por Europa de hace dos semanas en Budapest. Que la Casa Blanca cultive estos lazos con Fidesz —y la extrema derecha de Alternativa por Alemania— lo dice todo del propósito común, celebrado por el Kremlin, de sabotear la actual Unión Europea.
Los sondeos dan a Tisza una ventaja de una decena de puntos, gracias sobre todo a la movilización del voto joven, pero Orbán puede recurrir a cualquier cosa en los próximos días para evitar la derrota, especialmente a través de los medios de comunicación y las instituciones que controla. Sin olvidar las injerencias de Rusia, que se juega mucho en el envite; entre otras cosas, perder a sus espías húngaros en Bruselas.
Si Magyar gana las elecciones del 12 de abril, Hungría recompondrá las deterioradas relaciones con la UE y Budapest dejará de ser un caballo de Troya del Kremlin en Europa. Si Orbán logra su quinto mandato consecutivo, se agudizarán los choques por sus prácticas iliberales, el desprecio de las normas democráticas y su alineamiento con Putin. En ese caso, el bloqueo de las ayudas a Ucrania y el escándalo del espionaje que efectúa Budapest para el Kremlin facilitarían que Bruselas acelere los cambios institucionales que se discuten desde hace años sobre la toma de decisiones por unanimidad y el veto a los fondos europeos de ayuda para los países que boicotean la Unión.
Independientemente de lo que haga Bruselas en caso de que Orbán siga en el poder, el choque electoral del 12 de abril puede ser un anticipo de otras contiendas en las que rivalicen los conservadores y la derecha radical. No es exactamente el caso de lo que ocurrió en Polonia en 2023: aunque los radicales del PiS (Ley y Justicia) ganaron las elecciones, una coalición de conservadores, democristianos, Verdes y centroizquierda llevó al gobierno al centrista Donald Tusk y su Plataforma Cívica, que ahora cohabita con el presidente Karol Nawroski, respaldado por el PiS.
Pero en otros países sí se adivina esta competencia entre conservadores y radicales de derecha. El caso más claro es Alemania, donde las encuestas dan un empate (26%) entre la CDU-CSU, ahora en el Gobierno, y Alternativa por Alemania (AfD), con una distante tercera posición del Partido Socialdemócrata (15%). En las elecciones celebradas el pasado fin de semana en Renania-Palatinado, bastión socialdemócrata en los últimos 35 años, ganaron los conservadores del canciller Friedrich Merz con un 30,6% de los votos, y AfD duplicó sus resultados hasta alcanzar la tercera posición, con un 20%. Habrá probablemente gran coalición entre conservadores y socialdemócratas (segundos, con un 25,7%), pero el mensaje de los votantes ha quedado claro: más derecha y, al mismo tiempo, más extrema derecha. ¿Qué ocurrirá en las próximas generales, dentro de tres años? ¿Se disputarán el primer puesto los conservadores y la derecha radical, como ocurrirá en Hungría el próximo 12 de abril? ¿Pasará a la historia la Große Koalition entre derecha e izquierda?
Tras Alemania, Francia, donde, a un año de las elecciones presidenciales, el Rassemblement National de Marine Le Pen ha eclipsado a la derecha tradicional francesa (Republicanos) y compite como alternativa al centrismo de Macron. En Austria, el Partido de la Libertad (FPÖ), nacionalista de extrema derecha, es la primera fuerza política del país y el principal rival electoral del conservador Partido Popular (ÖVP). En Holanda, una coalición de centroderecha logró derrotar en octubre a la extrema derecha de Geert Wilders, cuyo gobierno duró solo once meses. En Italia, aunque comparten gobierno, los radicales Fratelli d’Italia de Giorgia Meloni compiten por el liderazgo de la coalición con los conservadores berlusconianos de Forza Italia. Y en Suecia gobiernan los conservadores, pero dependen del apoyo parlamentario de la derecha radical de los Demócratas Suecos, algo que podría ocurrir en España después de las próximas elecciones generales con el PP y Vox, según todos los sondeos.
El fantasma que recorre Europa, 178 años después del Manifiesto Comunista, en el que Marx reflejaba así el temor de las potencias europeas del siglo XIX a las nuevas ideas rupturistas —todavía no materializadas en la dictadura soviética y sus satélites—, es hoy este panorama de grupos nacionalistas y populistas ascendentes —sensibles al enfado y la incomprensión de las capas populares con la inmigración y la posglobalización—, de una izquierda sin ideas y en su burbuja que retrocede y del dilema que los conservadores —tampoco con muchas ideas nuevas— tienen sobre sus alianzas en la pugna entre fuerzas liberales e iliberales.
