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Ya lo confirmó Aristóteles, filósofo, a sus 60 años: no necesitas que todo salga bien para ser feliz

Para el filósofo, la felicidad no es un estado de ánimo pasajero, sino una forma de vivir construida con razón y hábitos

Ya lo confirmó Aristóteles, filósofo, a sus 60 años: no necesitas que todo salga bien para ser feliz

La felicidad según Aristóteles | Estatua de Ceuta (CC)

Cuando hoy hablamos de felicidad, solemos pensar en emociones intensas, momentos agradables o estados de bienestar más o menos pasajeros. La asociamos a «sentirse bien», a la satisfacción inmediata o a que, simplemente, nos pasen cosas buenas. Sin embargo, esta forma de entenderla es relativamente reciente y, en muchos casos, superficial si se compara con la tradición filosófica clásica.

Para Aristóteles, la felicidad no era un estado de ánimo, ni un golpe de suerte, ni una racha favorable. Era algo mucho más profundo, exigente y estructural. El filósofo griego de la Antigüedad, discípulo de Platón y maestro de Alejandro Magno, que sentó bases fundamentales en lógica, ética, política y ciencia, entendía la felicidad como el fin último de la vida humana, aquello hacia lo que, de un modo u otro, se orientan todas nuestras acciones. Esta visión está incluida en su obra ética más influyente, la Ética a Nicómaco, que se suele fechar entre aproximadamente el 335 y el 323 a. C., y que se cree que fue escrita cuando Aristóteles tenía entre 40 y 60 años (nació en 384 a. C. y murió en 322 a. C.).

Las siete lecciones de Aristóteles para alcanzar la felicidad

Lejos de ser un tratado abstracto, la Ética a Nicómaco se trata de un texto profundamente práctico que ayuda a comprender qué tipo de persona debemos llegar a ser, qué hábitos conviene formar, cómo tomar decisiones equilibradas y qué lugar ocupan las relaciones, la razón y el carácter en una vida lograda.

Más que ofrecer recetas rápidas, Aristóteles propone una visión de conjunto. La felicidad, para él, no se reduce a momentos aislados, sino que tiene que ver con la forma global que toma una vida entera: cómo actuamos, cómo elegimos, cómo nos relacionamos y qué valores encarnamos con el tiempo.

1. La felicidad es una práctica que se construye

Aristóteles lo plantea así: «La felicidad es una actividad del alma de acuerdo con la virtud». Para el filósofo, la felicidad no se trata de un estado de ánimo pasajero, sino de cómo usamos nuestras capacidades a lo largo del tiempo, ya que la felicidad no se posee, sino que se ejerce.

Para Aristóteles, esto implica dos ideas que hoy siguen siendo muy actuales. La primera es que la felicidad es una práctica: se construye con elecciones repetidas, no con golpes de suerte. La segunda es que se juzga «en el conjunto», porque una vida humana tiene altibajos; por eso, su ética admite que las conclusiones sobre cómo vivir bien suelen valer «por lo general» y dependen de circunstancias concretas.

Una mujer feliz con sentimientos negativos y positivos

2. Buscar el bienestar y no el placer instantáneo

Reducir la felicidad al placer es, para él, vivir a un nivel muy básico. El placer puede acompañar a una buena vida, pero no la define. Aquí, la pregunta clave no es «¿qué me apetece ahora?», sino «¿qué tipo de persona me estoy convirtiendo con lo que hago?». Por ello, Aristóteles defiende que la felicidad tiene que ver con desarrollar lo mejor de uno mismo.

Aquí el filósofo introduce una distinción importante: hay bienes que buscamos como medios (dinero, prestigio, comodidad) y un bien que buscamos por sí mismo, porque da sentido a todo lo demás. Ese bien es la eudaimonía: una vida lograda. La consecuencia práctica es clara: si te acostumbras a medir tu vida por «picos de placer», acabas siendo muy vulnerable a la frustración; si la mides por «calidad de vida vivida» (acciones, carácter, vínculos, propósito), ganas estabilidad.

Este enfoque encaja con una línea muy influyente en psicología contemporánea, que diferencia el bienestar «hedónico» (sentirse bien) y el bienestar «eudaimónico» (vivir con sentido, crecimiento y virtud). La investigación de Carol Ryff, por ejemplo, enfatiza dimensiones como propósito vital, crecimiento personal y relaciones positivas, precisamente aspectos que recuerdan a una vida plena más que a una emoción agradable.

3. Tener buenos valores y educar nuestra virtud

Las virtudes son hábitos del carácter que nos permiten actuar bien de manera estable. No nacemos con ellas, sino que se forman con la práctica. «Nos hacemos justos practicando la justicia, moderados practicando la moderación», escribió Aristóteles.

La felicidad es, por tanto, el resultado de un carácter trabajado. El punto clave aquí es que Aristóteles entiende la virtud como algo que se puede entrenar, como una disposición que se consolida con repetición y educación del deseo. Y esto tiene un paralelismo directo con lo que hoy se sabe sobre hábitos, ya que cuando repetimos una conducta en un contexto estable, se vuelve más automática y menos costosa mentalmente, tal y como han demostrado los estudios.

Además, desde la ciencia del comportamiento se defiende que un buen «diseño de hábitos» suele ser más eficaz que confiar únicamente en fuerza de voluntad. Eso encaja con la ética aristotélica, en la que la excelencia moral no se sostiene solo con discursos, sino creando rutinas y entornos que faciliten actuar bien.

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4. Aprender a vivir en equilibrio

Aristóteles sostiene que la virtud suele encontrarse en un punto intermedio entre dos extremos viciosos: uno por exceso y otro por defecto. No se trata de elegir siempre el término medio matemático, sino de encontrar la medida adecuada según la situación y la persona. Por ejemplo, la valentía se sitúa entre la temeridad, que lleva a asumir riesgos irreflexivos, y la cobardía, que paraliza ante el miedo.

Como resume el propio filósofo: «La virtud es un término medio relativo a nosotros». Este equilibrio no es mediocridad, sino un ajuste inteligente que requiere prudencia, experiencia y reflexión. En términos actuales, podría traducirse en que la vida feliz no es vivir sin emociones intensas, sino aprender a regularlas y expresarlas de manera funcional. La virtud, en este sentido, se parece más a una «competencia» que se puede entrenar.

5. Utilizar el autocontrol

Lo que distingue al ser humano es su capacidad racional. Por eso, la vida feliz es aquella en la que pensamos, reflexionamos y elegimos con criterio, en lugar de vivir por impulsos o inercia.

En la Ética a Nicómaco, Aristóteles vincula la vida buena con el buen uso de lo mejor que hay en nosotros (la razón) y con la excelencia en la actividad propia del ser humano. Dicho de forma sencilla: no se trata solo de «hacer cosas», sino de elegirlas bien, por buenas razones.

Sobre esta capacidad racional, la evidencia moderna sugiere que hay relación entre el autocontrol y el bienestar (satisfacción vital, afecto positivo y sentido), en parte porque el autocontrol ayuda a alinear acciones con metas valiosas y a evitar decisiones impulsivas que luego pasan factura.

6. Tener amigos de verdad

Aristóteles afirma: «El hombre es, por naturaleza, un animal político», ya que, para él, la amistad es esencial, pues sin relaciones profundas y significativas, la vida queda incompleta. El filósofo dedica dos libros enteros de la Ética a Nicómaco a la amistad, distinguiendo amistades por utilidad, por placer y por virtud, y subrayando que la amistad genuina implica desear el bien del otro y reconocimiento mutuo. En su visión, tener esto es parte estructural de la vida lograda.

7. La felicidad es el conjunto de hábitos, criterio y vínculos

Para Aristóteles, la felicidad se valora mirando la vida en su totalidad, como un proyecto coherente: «Una golondrina no hace verano». El pensador griego introduce aquí una idea exigente pero liberadora: no necesitas que todo salga bien’ para vivir bien, pero sí necesitas continuidad y dirección.

Por eso su ética insiste tanto en la educación del carácter y en la estabilidad de las virtudes. Si tu vida depende solo de impulsos o de contextos, será difícil sostener un proyecto vital con sentido. Si, en cambio, tienes hábitos, criterio y vínculos, aumentas la probabilidad de atravesar etapas difíciles con éxito.

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