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Marian Rojas (42), psiquiatra, advierte que buscamos felicidad en el lugar equivocado: «No está en el pasado ni en el futuro»

A menudo, caemos en una trampa propia para justificar la infelicidad actual en base a comparaciones y promesas

Marian Rojas (42), psiquiatra, advierte que buscamos felicidad en el lugar equivocado: «No está en el pasado ni en el futuro»

La psiquiatra Marian Rojas. | ©marianrojas.com

Tendemos a buscar el bienestar en el lugar equivocado: o mirando atrás con nostalgia o proyectándolo hacia un mañana que siempre se desplaza. La psiquiatra Marian Rojas explica por qué esa trampa mental nos aleja de lo único que tenemos de verdad: el presente.

Cuando intentamos pensar en la felicidad, caemos casi sin darnos cuenta en una trampa muy conveniente para nuestra mente. Consiste en situarla en otro tiempo: o bien en el pasado, donde ya ocurrió, o bien en el futuro, donde todavía puede ocurrir. Así evitamos tener que encontrarla ahora mismo, en esta circunstancia concreta. Procrastinar la felicidad resulta cómodo porque nos libra de responsabilidad y, al mismo tiempo, nos da una coartada: si antes fuimos dichosos y después volveremos a serlo, la ausencia actual queda justificada casi sin esfuerzo.

Esa doble estrategia —idealizar el ayer, fiar el mañana— no es una rareza psicológica sino un patrón extendido. La psiquiatra sevillana Marian Rojas, autora de varios libros sobre gestión emocional y con miles de seguidores en redes sociales, lo ha señalado recientemente en su cuenta de Instagram @marianrojasestape. Para ella, el problema no es recordar ni planificar, sino quedarse atrapado en uno de esos dos tiempos. La felicidad, advierte, no habita ni en el álbum de fotos ni en el calendario futuro.

Fiar y recordar: dos malos caminos para la felicidad

Vivir anclado al pasado o angustiado por el futuro tiene efectos psicológicos bien diferenciados. Lo malo es que ambos conducen al mismo resultado: la incapacidad de disfrutar el momento actual. Rojas lo explica con una claridad poco habitual en el discurso médico: «Cuando yo vivo enganchado en el pasado, me convierto en un depresivo, me convierto en una persona víctima, una persona neurótica». El mecanismo supone una rumiación constante, algo de lo que ya hemos hablado en THE OBJECTIVE. De esta manera, nos sometemos a una revisión interminable de oportunidades perdidas y versiones anteriores de uno mismo. La trampa es que el pasado nunca responde ni se modifica: solo consume energía sin ofrecer ninguna salida.

El polo opuesto resulta igual de paralizante. Cuando la felicidad se convierte en un objetivo del futuro —algo que llegará tras tal logro, una vez resuelta esta situación concreta—, la mente empieza a generar lo que Rojas describe como «la famosa y temida ansiedad». No es imaginar el futuro lo que daña, sino instalarse en él como si fuera el único lugar habitable. Esta actitud convierte cada día en una sala de espera y hace que el bienestar siempre esté a un paso de distancia, nunca aquí.

Ambos mecanismos cumplen una función protectora que la mente ejecuta de manera automática. Recordar con melancolía da identidad; proyectar con esperanza da sentido. El problema surge cuando esas funciones se hipertrofian y acaban sustituyendo a la experiencia real. La persona deja entonces de vivir en su circunstancia concreta y pasa a existir en un tiempo imaginario donde, paradójicamente, tampoco encuentra la felicidad que buscaba. Y, al mismo tiempo, se exime de buscar responsabilidades.

Por qué edulcoramos la felicidad del pasado

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A menudo pensamos que la infancia es una etapa libre de infelicidad, pero no siempre es así. ©Freepik.

La memoria no es un archivo neutro. Contrariamente a lo que creemos, no almacena los recuerdos tal como ocurrieron, sino que los reconstruye cada vez que los evoca, y en ese proceso los embellece con frecuencia llamativa. Este fenómeno tiene nombre: síndrome de la edad de oro, y consiste en percibir cualquier etapa anterior como necesariamente mejor que la actual. No se trata de un sesgo menor, pues impregna la cultura popular y la literatura desde hace siglos. El tópico del omnia praeterita meliora, que en castellano cristalizó en el verso manriqueño «cualquier tiempo pasado fue mejor», no es solo una licencia poética sino el reflejo de algo que ocurre de forma sistemática en nuestra mente.

Las causas de esta distorsión son variadas. La memoria tiende a suavizar los aspectos negativos de las experiencias pasadas. Este proceso la psicología la denomina fading affect bias porque el pasado tiene además una ventaja estructural: ya ocurrió, ya está resuelto, ya no genera incertidumbre. Comparar lo que fue con lo que es resulta siempre injusto para el presente. Principalmente porque el pasado, como momento resuelto, no puede salir mal mientras que el presente aún puede torcerse. A eso se añade que épocas anteriores suelen asociarse a menor responsabilidad y vínculos más intensos. Con ello reforzamos la sensación de que en otro tiempo todo era más fácil.

Cuándo aprendemos a disfrutar de la felicidad del presente, según Marian Rojas

La propuesta de Marian Rojas no es ignorar el pasado ni dejar de planificar: es aprender a no quedarse atrapado en ninguno de los dos tiempos. «La clave consiste en aprender a conectar con el presente», afirma la psiquiatra. Esa conexión implica desarrollar la capacidad de estar disponible para lo que sucede ahora mismo, con sus recursos y con sus límites. Rojas lo resume de una manera que sus pacientes recuerdan fácilmente: «Ubícate en tiempo y espacio. ¿Dónde estás hoy? ¿Cuál es tu circunstancia hoy?». La pregunta parece obvia, pero quien sufre ansiedad o depresión rara vez tiene respuesta, porque su mente habita en otro lugar.

Esa capacidad de presencia tiene una traducción práctica doble. Quien consigue situarse de verdad en el presente desarrolla dos habilidades complementarias: «Cuando me llega algo bueno, soy capaz de disfrutarlo, y cuando me llega algo malo, soy capaz de gestionarlo». Disfrutar y gestionar, no acumular y temer. En esa distinción reside el núcleo del planteamiento de Rojas: la felicidad no es un estado permanente que se posee, sino una capacidad dinámica de responder a lo que el presente ofrece. Aprender a habitarlo no requiere técnicas complejas, sino la voluntad de dejar de buscarla donde, con toda certeza, ya no puede estar.

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