Zenón de Citio, filósofo y padre del estoicismo, ya avisó que para ser feliz hay que fluir: «La felicidad es un buen flujo de vida»
Un naufragio le quitó todo y le llevó a dar con la clave de la felicidad: vivir en armonía con la razón y con la naturaleza

Las lecciones sobre la felicidad de Zenón de Citio | Canva Pro
El estoicismo está más de moda que nunca. La escuela filosófica de la Antigua Grecia no para de ser nombrada en charlas de liderazgo, sectores de bienestar y libros de todo tipo. A pesar de que han pasado más de dos mil años desde su nacimiento, su importancia y utilidad siguen más vigentes que nunca.
Pero aunque el estoicismo es ya prácticamente conocido por casi todos, su fundador sigue en un segundo plano. Se trata de Zenón de Citio, quien es considerado el padre de los estoicos que posteriormente se han hecho ‘famosos’, como Séneca o Marco Aurelio.
Quién fue Zenón de Citio, el ‘padre’ del estoicismo
A finales del siglo IV a. C., un comerciante llamado Zenón de Citio naufragó cerca del puerto de El Pireo, en Atenas. Perdió toda su mercancía y riqueza, pero encontró refugio en los libros de filosofía. Según relata Diógenes Laercio, tras leer a Jenofonte y descubrir la figura de Sócrates, quedó profundamente impactado. Aquel accidente marítimo, que podría haber sellado su ruina definitiva, se convirtió en el inicio de una transformación intelectual que daría lugar, alrededor del año 300 a. C., a una de las escuelas de pensamiento más influyentes de la Antigüedad: el estoicismo.

Zenón había nacido en Citio, en la isla de Chipre, hacia el 334 a. C., en el seno de una familia de comerciantes de origen fenicio. Su juventud estuvo marcada por la navegación, pero su llegada a Atenas —entonces, el gran centro cultural del Mediterráneo— cambió su destino. Durante más de una década estudió con distintas corrientes filosóficas: con el cínico Crates de Tebas, de quien aprendió el rigor moral; con Estilpón de Mégara, que lo ejercitó en la dialéctica; y con Polemón en la Academia platónica. Esa formación diversa explica la solidez de la corriente que fundó.
Así, hacia el año 300 a. C. comenzó a enseñar en la Stoa Poikilé, el «Pórtico Pintado», un espacio público decorado con escenas heroicas. De ese lugar tomó nombre su escuela. Allí, en un entorno abierto a la ciudad, fue modelando una doctrina que aspiraba a ofrecer una especie de guía para vivir. Para Zenón, la felicidad no era el placer —como sostenían los epicúreos— ni la simple ausencia de dolor, sino unaconquista de la razón, una forma de coherencia interior que ningún infortunio pudiera destruir.
El concepto central de Zenón: la importancia de fluir
La definición más célebre de Zenón sobre la plenitud no se centraba en lo que poseemos, sino en cómo atravesamos la existencia. «La felicidad es un buen flujo de vida», dijo, tal y como recoge Diógenes Laercio en Vidas de los filósofos ilustres. Para Zenón, el sufrimiento surge cuando nuestra voluntad se rebela contra la estructura racional del mundo. Cuando pretendemos que la realidad sea distinta de lo que es, el flujo se quiebra. El bienestar consiste, por tanto, en suprimir esa fricción interior.
Cuando pretendemos que la realidad sea distinta de lo que es, el flujo se quiebra. El bienestar consiste, por tanto, en suprimir esa fricción interior
Esta es, posiblemente, la frase más importante de toda la carrera de Zenón de Citio, pues constituye su definición técnica y oficial de la felicidad, la eudaimonía. En la tradición griega, eudaimonía designaba a una vida lograda, plena y conforme a la excelencia humana. A diferencia de simples consejos o anécdotas transmitidas a sus discípulos, esta formulación pertenece al núcleo teórico de su sistema.
Los datos cronológicos permiten situar esta definición en su madurez intelectual. Zenón llegó a Atenas con unos 22 años, estudió durante diez o doce años con diferentes maestros y abrió su propia escuela en torno a los 34 o 36. Se cree que la fórmula del «buen flujo» fue desarrollada en su tratado fundamental, hoy perdido, Sobre la vida según la naturaleza. Los historiadores sitúan la redacción de sus obras sistemáticas —aquellas en las que organizó con precisión su lógica, su física y su ética— en su primera década como maestro en el Pórtico, lo que sugiere una edad aproximada entre los 35 y los 45 años.
La felicidad es la ausencia de conflicto entre lo que el universo hace y lo que nosotros deseamos
Definir la felicidad como un «buen flujo de vida» fue el resultado de años de estudio y reflexión. Representa el momento en que Zenón dejó de ser discípulo para convertirse en arquitecto de un sistema propio. Un espíritu joven puede imaginar la felicidad como un estallido de euforia o una meta que se consigue con factores externos. Zenón, en cambio, tras superar el naufragio y una larga etapa de aprendizaje, comprendió que la felicidad es la ausencia de conflicto entre lo que el universo hace y lo que nosotros deseamos.
Además, la fórmula conecta las dos grandes dimensiones de su pensamiento. Por un lado, su Física, que describe el cosmos como un organismo racional regido por el Logos; por otro, su Ética, que enseña al ser humano a ajustar su conducta a ese orden universal. La autenticidad de esta doctrina se ve reforzada por su presencia en numerosas fuentes antiguas. Además de Diógenes Laercio, la encontramos en la Antología de Juan Estobeo y en los escritos escépticos de Sexto Empírico.
«El fin es vivir en acuerdo con la naturaleza»
El «buen flujo», o la importancia de fluir, no era una metáfora aislada. Zenón lo vinculó estrechamente con otro principio fundamental: «El fin es vivir en acuerdo con la naturaleza». Así lo transmite Diógenes Laercio en un pasaje fechado aproximadamente entre 300 y 280 a. C.

Vivir según la naturaleza no significaba para Zenón regresar a la vida salvaje, sino actuar conforme a la razón, que es la característica más elevada del ser humano. La naturaleza universal, concebida como un cosmos ordenado y racional, y la naturaleza humana, dotada de razón, debían coincidir. Cuando el individuo usa su inteligencia para comprender el orden del mundo y aceptar lo que no depende de él, alcanza la virtud.
La virtud, para los primeros estoicos, era el único bien auténtico. La salud, la riqueza o la reputación podían ser preferibles, pero no determinaban la felicidad. Esta jerarquía ética supuso una ruptura profunda con la mentalidad común y otorgó a la felicidad un carácter invulnerable.
El aprendizaje gradual del bienestar: «Se logra poco a poco»
Zenón no prometía cambios drásticos. Enseñaba en el Pórtico que la virtud era una práctica constante, un ejercicio diario del carácter. «El bienestar se logra poco a poco, y sin embargo no es una cosa pequeña», recoge Juan Estobeo en su Antología.
Esta afirmación humaniza su filosofía. Reconoce que la serenidad no surge de un instante de inspiración, sino del entrenamiento continuo de los juicios y las emociones. El discípulo debía aprender a distinguir entre lo que depende de él y lo que no depende de él, a moderar las pasiones desordenadas y a consolidar hábitos racionales. La felicidad era, pues, una construcción paciente.
Una reinterpretación del fracaso
La coherencia de su pensamiento se refleja en cómo interpretó su propio desastre. Tras perder su fortuna en el mar, aproximadamente hacia el 312 a. C., Zenón pronunció una frase que la tradición ha conservado: «Ahora que he naufragado, hago un buen viaje».
Más allá de su tono casi literario, la declaración expresa una convicción profunda: la pérdida material puede abrir el camino a una ganancia interior. El infortunio, por tantom no destruye al sabio si este mantiene su alineación con la razón. En esa reinterpretación del fracaso se vislumbra el germen del estoicismo.
No son los hechos los que nos perturban, sino los juicios que formulamos sobre ellos
Zenón murió hacia el 262 a. C. Al respecto, ha trascendido que, tras tropezar y lesionarse un dedo, interpretó el accidente como señal de que su ciclo vital había concluido y decidió dejarse morir, en consonancia con la idea estoica de que el sabio puede abandonar la vida cuando ya no puede vivir de acuerdo con la naturaleza.
Su legado, no obstante, fue enorme. Sus sucesores, como Cleantes y Crisipo, consolidaron la escuela del estoicismo, y siglos más tarde pensadores romanos como Séneca, Epicteto y Marco Aurelio la adaptaron a nuevas circunstancias históricas. La influencia del estoicismo se extiende, como hemos dicho, incluso hasta la psicología contemporánea, especialmente en corrientes como la terapia cognitivo-conductual, que retoma la intuición central de Zenón, la cual afirma que no son los hechos los que nos perturban, sino los juicios que formulamos sobre ellos.
Zenón de Citio dejó así una enseñanza clara y estructurada, basada en que la felicidad no es algo que nos sucede, sino que es algo que hacemos. Es el resultado de una mente que decide vivir en armonía con la realidad, que acepta el orden del mundo y que transforma la adversidad en una oportunidad de crecimiento.
