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Patricia Ramírez (54), psicóloga, sobre cómo la felicidad de las mujeres está condicionada por la autoestima: «Hay miedo a no ser suficiente»

La especialista explica que «ese aspecto no es juventud: es cirugía, es dinero, es miedo a no ser suficiente»

Patricia Ramírez (54), psicóloga, sobre cómo la felicidad de las mujeres está condicionada por la autoestima: «Hay miedo a no ser suficiente»

La psicóloga Patricia Ramírez. | ©Patricia Ramírez.

Hablar de autoestima y felicidad como si fueran conceptos puramente íntimos es ignorar una parte fundamental de la ecuación. Nadie vive en una burbuja. Existimos dentro de un tejido social cada vez más interconectado, donde las comparaciones —esas que el refranero español lleva siglos calificando de odiosas— forman parte del paisaje cotidiano. Las redes sociales han acelerado ese proceso hasta límites que hace dos décadas habrían parecido ciencia ficción. El problema no es mirarse; el problema es hacerlo siempre con los ojos de los demás.

Hay algo más grave aún, y es la velocidad a la que cambian los cánones. Un estándar de belleza que hoy se considera aspiracional puede quedar obsoleto en cuestión de meses. Ese ritmo frenético impone una carrera de mantenimiento que agota, y no solo la cartera. Agota la identidad. Porque cuando la autoestima pasa a depender de si uno encaja o no en el molde vigente, ya no es autoestima: es aprobación externa disfrazada de autoconcepto. Ahí es donde la felicidad y el amor propio empiezan a tropezarse entre sí, a pisarse, a anularse.

El resultado de esa colisión suele pasarse por alto en los discursos sobre bienestar. Se habla mucho de hábitos saludables, de descanso, de propósito. Sin embargo, poco se menciona que la mirada que uno dirige hacia su propio cuerpo también condiciona el estado mental de forma profunda. Cuando esa mirada está cargada de violencia —y a menudo lo está, sobre todo en mujeres maduras—, la felicidad se convierte en un objetivo esquivo, casi irónico. Patricia Ramírez lleva tiempo señalando ese punto ciego, y lo hace sin anestesia.

La comparación, enemiga de la autoestima y la felicidad

Fue precisamente desde su cuenta de Instagram @patripsicologa donde Ramírez puso sobre la mesa algo que muchas mujeres piensan pero pocas se atreven a verbalizar. Su reflexión apuntaba a un fenómeno concreto: la dureza especial con la que el ojo social juzga a las mujeres maduras. Las arrugas, la flacidez, las marcas del tiempo son, para ellas, faltas que hay que corregir, no señales de vida que hay que aceptar. Y el canon que prima a partir de cierta edad resulta, si cabe, más estricto y más cruel que el que se aplica en la juventud. No es solo estética: es un mensaje de fondo sobre el valor de una persona.

La psicóloga lo expresa sin rodeos: «No quiero que la publicidad, ni los algoritmos, ni las mujeres de mi edad, perfectas, lisas, retocadas, me digan que la juventud tiene ese aspecto, porque ese aspecto no es juventud, es cirugía, es dinero, es miedo a no ser suficiente». Esa frase contiene algo más que una queja estética. Hay en ella un diagnóstico certero sobre los mecanismos que sostienen la comparación como herramienta de control social. Cuando el estándar de referencia es artificialmente elevado, cualquier cuerpo real queda en falta. Y esa falta se paga en autoestima. Se paga, también, en felicidad.

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La autoestima, a menudo, se vincula excesivamente con la apariencia exterior. ©Freepik.

Lo que hace especialmente pernicioso el fenómeno es su carácter normalizado. La comparación con cuerpos retocados o filtrados no se percibe como una distorsión de la realidad, sino como una muestra de lo que es posible con suficiente esfuerzo o disciplina. Ahí reside la trampa. Porque cuando uno no alcanza ese espejo irreal, no concluye que el espejo era falso; concluye que él o ella no es suficiente. Ese es el mecanismo por el que la comparación seca la autoestima y deja la felicidad a la intemperie. Algo de lo que hemos hablado a menudo en THE OBJECTIVE.

Cómo autoestima y felicidad pueden ir de la mano

Existe una tendencia a presentar la autoaceptación y el inconformismo como polos opuestos, como si aceptarse implicara renunciar a mejorar. Pero esa dicotomía es falsa, y conviene desmontarla. Aceptarse no significa resignarse. Significa, antes bien, partir de un punto honesto y real, libre de la violencia que supone negarse a uno mismo. Desde ese suelo firme, la mejora —si se busca— tiene sentido. Sin él, todo esfuerzo por sentirse bien descansa sobre un cimiento agrietado.

La autoestima, entendida así, no es un estado de euforia permanente ni un escudo contra el dolor. Es algo más parecido a una brújula que permite orientarse sin perder el norte. Cuando está bien calibrada, la felicidad no depende de que el cuerpo cumpla un requisito externo, sino de algo más sólido: el modo en que uno se relaciona consigo mismo. Ramírez lo formula con una claridad que resulta difícil de ignorar: «La autoestima no se construye corrigiendo el cuerpo, se construye regulando tus emociones, encontrando tu propósito, aprendiendo a vivir en paz y aceptando». Y añade algo que va al núcleo de todo: «La aceptación no es resignación, la aceptación es honestidad».

Esa aceptación honesta, sin embargo, debe venir de dentro. Cuando depende de la validación externa —del like, del piropo, del reconocimiento ajeno—, se vuelve frágil. Un día sostiene; al siguiente se derrumba. La verdadera autoestima es la que permanece incluso cuando el entorno no aplaude. Y es justamente esa estabilidad interior la que crea las condiciones para que la felicidad no sea un destello fugaz, sino algo que uno puede habitar. Cuidar el cuerpo desde el respeto y no desde el castigo, mirarse al espejo sin declararse en guerra: esos son, según Ramírez, los gestos concretos en los que se construye, día a día, el bienestar real.

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