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Bertrand Russell, filósofo, ya habló claro en 1930 sobre cómo ser feliz: «Carecer de algunas de las cosas que uno desea es condición indispensable»

Aceptar que no podemos poseer todo lo que deseamos, y encontrar en ello un motivo para la gratitud

Bertrand Russell, filósofo, ya habló claro en 1930 sobre cómo ser feliz: «Carecer de algunas de las cosas que uno desea es condición indispensable»

Retrato de Bertrand Russell | Gimini

Bertrand Russell, uno de los filósofos más influyentes del siglo XX, abordó la cuestión de la felicidad desde un ángulo que aún resuena en la actualidad. En su obra La conquista de la felicidad (1930), Russell exploró no solo las causas de la infelicidad, sino también las herramientas y actitudes que pueden conducir a una vida más plena.

En el capítulo 2, titulado La infelicidad byroniana, escribió con una claridad sorprendente: «Carecer de algunas de las cosas que uno desea es condición indispensable para la felicidad» (en inglés: «To be without some of the things you want is an indispensable part of happiness»). Esta frase encapsula una idea central en su pensamiento: la felicidad no reside en la acumulación constante de deseos satisfechos, sino en la capacidad de aceptar las limitaciones y encontrar satisfacción en la vida tal como es.

La insatisfacción y sus efectos

Russell señala que la insatisfacción permanente, esa sensación de vacío que acompaña a quienes buscan la plenitud en lo material o en logros externos, es una de las principales fuentes de infelicidad. La frase sobre la carencia no es una invitación al sacrificio extremo ni a la renuncia pasiva, sino un reconocimiento de la naturaleza humana: desear siempre más es inevitable, y aprender a vivir con cierta moderación en nuestros deseos es lo que permite apreciar lo que ya se posee.

Esta perspectiva contrasta con la idea contemporánea de la gratificación inmediata, tan difundida en la cultura del consumo, donde la felicidad se asocia con obtener todo lo que se desea sin demora. Como señala la psiquiatra Marian Rojas, hoy la necesidad de satisfacción instantánea aumenta la ansiedad y dificulta disfrutar del presente, reforzando la relevancia de la visión de Russell.

Para él, este tipo de infelicidad surge de la comparación permanente entre la vida real y una idealizada, alimentada por la literatura, la imaginación y, a veces, por las expectativas sociales. La aceptación de ciertas carencias funciona aquí como un antídoto: al reconocer que no todo puede ser alcanzado, se reduce el sufrimiento derivado de expectativas imposibles, y se abre espacio para disfrutar de lo alcanzable y lo cotidiano.

Poner el foco en lo que está bajo nuestro control

Esta noción de carencia como parte indispensable de la felicidad también tiene implicaciones prácticas en la vida diaria. Russell sugiere que la felicidad depende en gran medida de la actividad constructiva, del cultivo de intereses personales y del desarrollo de relaciones significativas.

Felicidad

Si bien los deseos materiales o externos son inevitables, el énfasis debe ponerse en aquello que está bajo nuestro control: nuestras actitudes, nuestras decisiones y nuestra capacidad de valorar lo que ya poseemos. Desde esta perspectiva, la carencia no es un castigo, sino una oportunidad para desarrollar gratitud, resiliencia y un sentido de equilibrio. Además, la frase de Russell puede leerse como una advertencia frente a la trampa de la satisfacción absoluta. La búsqueda constante de todo lo que uno desea puede generar ansiedad y dependencia emocional de factores externos.

Reconocer que la ausencia de ciertos objetos, experiencias o logros no solo es inevitable, sino también beneficiosa, permite que la mente se libere de la presión de alcanzar una perfección inalcanzable. En este sentido, su pensamiento conecta con tradiciones filosóficas como el estoicismo, que valoran la moderación, la aceptación de la realidad y la gestión consciente de los deseos.

La vigencia de esta idea se percibe también en la actualidad, donde el acceso ilimitado a información, bienes y experiencias ha intensificado la sensación de carencia. Las redes sociales, la publicidad y la cultura de la comparación constante generan expectativas que rara vez se cumplen, alimentando una versión moderna de la infelicidad byroniana. La reflexión de Russell invita a replantear nuestra relación con los deseos y a entender que la felicidad no es un estado de obtención total, sino un equilibrio entre lo que tenemos y lo que podemos aceptar no tener.

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