Epicteto, filósofo clave del estoicismo, ya avisó a sus 53 años: «No hables de las personas para criticarlas, elogiarlas o compararlas»
Una de sus enseñanzas recuerda que el silencio y la moderación al hablar también forman parte del arte de vivir bien

Epicteto | Canva Pro
El estoicismo está más de moda que nunca. Esta filosofía, originada en la antigua Grecia y desarrollada por Zenón de Citio hacia el año 300 a. C., se enseñaba en una columnata o pórtico pintado en el centro de Atenas. Sin embargo, fue en Roma, un par de siglos después, donde florecieron los principios y las ideas del estoicismo. Los promovieron el senador y dramaturgo Séneca; Epicteto, un antiguo esclavo que se convirtió en filósofo, y el emperador Marco Aurelio.
Hoy nos vamos a centrar en una de las lecciones que dejó Epicteto para la posteridad, la cual aparece reflejada por el escritor Joseph Piercy en El pequeño libro de la sabiduría estoica: el arte de vivir bien gracias a la filosofía clásica (Ed. Deusto).
Epicteto tenía claro que no se debe hablar de más… ni de todo
En el libro, que es un manual para cualquiera que desee comprender el verdadero estoicismo de forma amena, señala que esta corriente se centraba especialmente en cómo debían relacionarse las personas entre sí. «Como expuso Marco Aurelio con elegancia: ‘Lo que no beneficia a la colmena, tampoco beneficia a la abeja’».

«Los estoicos situaban la bondad en el centro de su lista de virtudes fundamentales. Séneca, en particular, valoraba mucho la bondad como un rasgo de la personalidad que se debe practicar y promover. Sin embargo, existen diferentes puntos de vista entre los filósofos estoicos clásicos sobre el concepto de la deuda de gratitud. Se trata de cómo reaccionamos ante el hecho de dar y recibir favores. En las Meditaciones, Marco Aurelio (…) afirma que un estoico de verdad no pide nada a cambio de su favor, puesto que el acto en sí mismo es una recompensa suficiente: ‘Es como una vid que, después de producir sus frutos, nada reclama’».
En cuanto a Epicteto, el autor del libro, máster en Filosofía, asegura que «es el más difícil de comprender. Algunas de sus afirmaciones parecen ser algo severas. (…) Sin embargo, si ponemos su vida en contexto, puede que tengamos que ser más indulgentes con él. Epicteto nació siendo esclavo, así que estaba predispuesto a ser reservado, a hablar sólo cuando se dirigieran a él. La sección (…) continúa con unalista de cosas sobre las que no se debería hablar, entre las que se incluyen ‘banalidades como gladiadores, caballos, deportes, comida y bebida. Cosas comunes y corrientes‘. Esto se parece un poco al viejo dicho de que hay ciertos temas de los que no se debe hablar en un bar: temas polémicos como la política, la religión y el fútbol. Epicteto menciona el deporte como un tema indigno, pero los otros dos no».

«Guarda silencio la mayor parte del tiempo y no hables de las personas para criticarlas, elogiarlas o compararlas»
A diferencia de Marco Aurelio, que escribía para sí mismo como un ejercicio de introspección, o Séneca, que era un hombre de mundo y consejero, Epicteto era un maestro que hablaba para sus alumnos. Sus palabras se encuentran recogidas en el Enquiridión (Manual), en cuyo capítulo 33 encontramos: «Guarda silencio la mayor parte del tiempo, o di solo lo necesario y en pocas palabras. Rara vez, y solo cuando las circunstancias lo exijan, lánzate a hablar; pero no lo hagas sobre cualquier tema: no hables de gladiadores, ni de carreras de caballos, ni de atletas, ni de comidas o bebidas, que son los temas de los que habla todo el mundo; y, sobre todo, no hables de las personas para criticarlas, elogiarlas o compararlas».

Esta reflexión, mencionada por Piercy en su libro, fue pronunciada, aproximadamente, entre los años 101 d.C. y 125 d.C. cuando Epicteto tenía unos53 años. A esa edad, el filósofo ya tenía claro que el habla no era solo una forma de comunicación, sino un reflejo del orden interno. Sus consejos al respecto eran contundentes:
- Economía de la atención: los estoicos creían que nuestra energía mental es finita. Gastarla discutiendo sobre el deporte de la época (gladiadores o carreras) era, para él, un desperdicio de la facultad racional.
- Evitar el juicio ajeno: al mencionar que no se debe elogiar ni criticar a las personas, Epicteto busca protegernos de caer en el chisme o en la dependencia de la opinión pública.
- La disciplina del silencio: su pasado como esclavo influyó en su visión. El silencio no era sumisión, sino autocontrol. Quien no puede controlar su lengua, difícilmente podrá controlar sus emociones ante la adversidad.
Epicteto no buscaba que fuéramos ermitaños mudos, sino que nuestras palabras tuvieran peso. Según él, si hablas de lo que todos hablan, terminas pensando como todos piensan.
Una forma de disciplina interior
Para Epicteto, hablar con moderación era también una forma de disciplina interior. Esta actitud se relaciona con uno de los principios centrales del estoicismo: concentrarse únicamente en aquello que depende de nosotros. Para Epicteto, nuestras opiniones, juicios y decisiones sí están bajo nuestro control, mientras que la fama, la reputación o lo que otros digan de nosotros no lo están. Por eso aconsejaba evitar las discusiones inútiles o los comentarios sobre terceros, ya que suelen girar en torno a cuestiones externas que escapan a nuestra voluntad.
Además, el silencio tenía para los estoicos un valor pedagógico. Epicteto enseñaba a sus alumnos que antes de hablar conviene preguntarse si lo que vamos a decir aporta algo valioso o si simplemente responde al impulso de llenar el silencio. De hecho, recomendaba escuchar más de lo que se habla y observar cómo actúan las personas sabias. Para él, la filosofía no consistía en exhibir conocimientos, sino en vivir de acuerdo con ellos.
En ese sentido, el autocontrol del lenguaje formaba parte de una aspiración mayor: alcanzar la serenidad de ánimo. El ideal estoico era mantener la mente en equilibrio, sin dejarse dominar por las pasiones ni por el ruido del mundo exterior. Moderar la palabra era un ejercicio cotidiano para lograrlo. Porque, como creían los estoicos, la verdadera libertad no consiste en decir todo lo que se piensa, sino en saber cuándo es mejor callar.
