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El Dalai Lama ya lo anticipó en 1998: «Para alcanzar la verdadera felicidad hay que cultivar los estados mentales positivos»

Tenzin Gyatso insiste en que el primer paso en la búsqueda de la felicidad es aprender

El Dalai Lama ya lo anticipó en 1998: «Para alcanzar la verdadera felicidad hay que cultivar los estados mentales positivos»

Tenzin Gyatso, decimocuarto Dalái Lama. | ©Ven Tenzin Jamphel.

A priori, pocos pensadores pueden ser más relevantes a escala mundial, a la hora de hablar de felicidad y bienestar, que el Dalái Lama. Su figura va mucho más allá de su dimensión política como líder espiritual del Tíbet. También es una referencia cultural y filosófica de primer orden. Durante mucho tiempo, su pensamiento pareció ligado casi en exclusiva a las culturas orientales. Sin embargo, su influencia ha sido profunda también en Europa y en Occidente. De ahí que sus ideas ofrezcan lecciones valiosas para comprender la felicidad y el camino que puede conducir hasta ella.

Su planteamiento parte de una premisa simple, aunque exigente. La felicidad no depende solo de las circunstancias externas. Tampoco llega de manera casual ni se mantiene por inercia. Es una construcción interior que requiere atención, práctica y constancia. Esa es una de las enseñanzas centrales del Dalái Lama. También es una de las razones por las que su mensaje sigue resultando tan actual en sociedades marcadas por la ansiedad, la prisa y la comparación constante.

Ser feliz es todo un arte

Buena parte de esa visión quedó recogida en El arte de la felicidad, el libro que el Dalái Lama publicó en 1998 junto al psiquiatra estadounidense Howard C. Cutler, no tanto como un ensayo, sino una conversación entre ambos donde, en cierto modo, se contraponen las ideas modernas de la psiquiatría occidental con los pensamientos milenarios del budismo. En sus páginas, la felicidad aparece como una habilidad que puede entrenarse. No se presenta como un golpe de suerte ni como un privilegio reservado a unos pocos. Se parece más a un arte que exige disciplina mental y una cierta pedagogía de la atención. El primer paso consiste en reconocer qué actitudes nos acercan al bienestar. El segundo obliga a reforzarlas con paciencia y perseverancia.

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Tenzin Gyatso, decimocuarto Dalái Lama, explica que la felicidad no es una suma de placeres inmediatos. ©Ven Tenzin Jamphel.

Desde esa lógica, la mente ocupa un lugar central. El Dalái Lama entiende que el bienestar no puede reducirse a una suma de placeres inmediatos o de éxitos externos. El dinero, el reconocimiento o la comodidad pueden proporcionar satisfacción momentánea. Pero no garantizan una felicidad profunda ni duradera. Algo en lo que han coincidido otros pensadores, como el filósofo danés Arthur Schopenhauer, cuya visión de la felicidad consistía «en tener salud y un poco de dinero, todo lo demás son cuentos».

No obstante, para alcanzar esa felicidad también hace falta ordenar la vida interior. Eso implica debilitar emociones como la ira, el odio, los celos o la avaricia. Y también fortalecer estados mentales positivos que mejoran la calidad de nuestra relación con nosotros mismos y con los demás.

Cómo cultivar los estados mentales positivos

El Dalái Lama lo plantea de forma muy clara cuando reflexiona sobre la vida emocional. «El primer paso en la búsqueda de la felicidad es aprender», sostiene al abordar el funcionamiento de la mente y de las emociones. Ese aprendizaje exige observar con honestidad qué estados mentales resultan beneficiosos y cuáles son perjudiciales. No se trata de una teoría abstracta ni de una lección moral al margen de la vida cotidiana. Se trata de reconocer qué sentimientos generan serenidad y cuáles alimentan el malestar. A partir de ahí, el trabajo interior consiste en cultivar unos y reducir la fuerza de los otros.

Entre esos estados mentales positivos, el Dalái Lama concede un papel decisivo a la amabilidad y a la compasión. En el texto dedicado a esta cuestión afirma que «cultivar los estados mentales positivos, como la amabilidad y la compasión, conduce decididamente a una mejor salud psicológica y a la felicidad». La idea no se queda en el terreno de los principios. Tiene efectos concretos en la vida diaria. Una persona compasiva vive con menos hostilidad y menos temor. También se relaciona mejor con los demás y crea vínculos más sanos y más estables. Eso influye, por ejemplo, en otra máxima sobre la felicidad que aprendimos del pensador británico Bertrand Russell: «Que tus intereses sean amplios y que sepas aburrirte».

Por contraste, los estados mentales negativos desgastan el equilibrio interior. El Dalái Lama menciona el odio, los celos y la cólera como ejemplos claros de emociones destructivas. Cuando estas disposiciones se instalan en la mente, el entorno empieza a percibirse como una amenaza. Aumentan la desconfianza, la inseguridad y la sensación de aislamiento. Esa mirada termina dañando tanto la salud psicológica como la convivencia. En definitiva, su planteamiento es rotundo: ser buena persona no solo beneficia a los otros, sino que también nos hace mucho más bien que dejarnos llevar por la agresividad o la mezquindad.

El bienestar y la bondad en el epicentro de la felicidad

A primera vista, el pensamiento del Dalái Lama puede parecer ingenuo en un mundo dominado por la competitividad. Sin embargo, encierra una potencia mucho mayor de lo que aparenta. Su propuesta no consiste en negar el conflicto ni en decorar la realidad con optimismo vacío. Consiste en recordar que la bondad tiene una dimensión práctica y transformadora. Quien cultiva la compasión, la honestidad y la calidez humana crea mejores condiciones para vivir con paz interior. Por eso su defensa del bienestar está inseparablemente unida a una ética de las buenas acciones, algo de lo que hemos hablado en THE OBJECTIVE.

En el fondo, esa reflexión contiene también una crítica velada a cierto egoísmo occidental. La obsesión por destacar, acumular y compararse con los demás no garantiza una vida más feliz. De hecho, muchas veces alimenta frustración, envidia y una sensación persistente de insuficiencia. Frente a esa lógica, el Dalái Lama insiste en que actuar bien, cuidar a los otros y ser una buena persona acerca mucho más a la felicidad. Su mensaje puede parecer sencillo, pero no es banal. Tal vez por eso sigue interpelando con tanta fuerza a sociedades que, pese a tenerlo casi todo, siguen buscando una forma más estable de bienestar.

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