Enrique Rojas (77), psiquiatra: «El punto de partida de la felicidad consiste, en primer lugar, en tener ilusión»
Tener en cuenta cómo afrontamos el futuro y con qué optimismo es trascendental para llegar a ser felices

Un hombre mayor contento. | ©Freepik.
La felicidad es, sin duda, uno de los estados más deseados por el ser humano. Sin embargo, con frecuencia la confundimos con algo mucho más simple: una emoción pasajera, como la alegría de un buen momento o la excitación de una noticia inesperada. Sentir algo intensamente no equivale a ser feliz, y ahí reside uno de los malentendidos más extendidos. Filósofos, pensadores y académicos llevan siglos intentando definir algo que todos intuimos pero pocos saben construir. Aristóteles habló de eudaimonia, Kant de deber y razón, y los psicólogos contemporáneos de bienestar subjetivo. El debate sigue abierto, aunque algunos han conseguido acercarse a respuestas prácticas y accesibles.
Uno de ellos es Enrique Rojas, psiquiatra español de referencia internacional, con décadas de ejercicio clínico y una extensa obra divulgativa a sus espaldas. En libros como El amor inteligente, Rojas aborda la felicidad desde un ángulo que, aunque vinculado al mundo de la pareja, trasciende con facilidad ese marco y ofrece claves aplicables a cualquier ámbito de la vida. Sus reflexiones combinan el rigor de la psiquiatría con una mirada humanista que le ha ganado el reconocimiento de millones de lectores. Para él, la felicidad no es un destino sino una construcción; no llega sola, sino que se trabaja.
La ilusión, la base de la felicidad, según Enrique Rojas
Para Enrique Rojas, la ilusión no es un adorno emocional sino el cimiento de todo lo demás. En su obra, el psiquiatra sostiene que «la felicidad consiste, en primer lugar, en tener ilusión, que no es más que la capacidad para mirar hacia el futuro con esperanza y alegría». Esta definición, aparentemente sencilla, encierra una exigencia real: requiere orientarse hacia lo que viene con una actitud activa, no pasiva. Quien renuncia a proyectarse hacia el futuro, afirma, renuncia también a una parte esencial de su bienestar. No se trata de ingenuidad ni de optimismo superficial, sino de mantener encendida la capacidad de esperar algo bueno.
Aunque Rojas desarrolla esta idea dentro del contexto de las relaciones de pareja, su aplicación es evidentemente mucho más amplia. Sea en el trabajo, en los proyectos personales o en la construcción de vínculos sociales, la ilusión actúa como motor. Sin ella, el esfuerzo pierde sentido y la constancia se vuelve imposible. Por eso Rojas insiste en que la felicidad no se improvisa ni aparece de repente: necesita tiempo, necesita dirección. Avanzar con una mentalidad positiva, independientemente del ámbito en que uno se mueva, es condición indispensable para construir algo duradero. Algo de lo que también hemos hablado en THE OBJECTIVE en varias ocasiones.
La perspectiva subjetiva de la felicidad

Una de las aportaciones más lúcidas de Enrique Rojas sobre la felicidad tiene que ver con su naturaleza profundamente subjetiva. El psiquiatra lo expresa con contundencia: «La felicidad no depende de la realidad, sino de la visión de la realidad que tengamos». Esta afirmación no es relativismo vacío; es una constatación clínica respaldada por la psicología cognitiva, que entiende los sentimientos como el resultado de cómo codificamos mentalmente lo que nos sucede. Dos personas pueden vivir la misma situación objetiva y experimentarla de formas radicalmente distintas. Lo decisivo, según Rojas, «es nuestra interpretación», el filtro personal a través del cual procesamos los hechos.
Para ilustrarlo, el propio Rojas recurre a un ejemplo revelador: un investigador que vive modestamente en su laboratorio puede sentirse más feliz al lograr un pequeño avance científico que un empresario de éxito ante ese mismo logro. Cada uno mide con una vara diferente, y esa vara la construye la historia personal, los valores y las expectativas de cada cual. De ahí que hablar de felicidad sin tener en cuenta la subjetividad sea un ejercicio incompleto. Lo que satisface profundamente a una persona puede resultarle irrelevante o incluso molesto a otra. Reconocer este componente subjetivo no disuelve la felicidad en el relativismo, pero sí nos obliga a huir de recetas universales y a tomarnos en serio nuestra propia escala de valores.
Trabajar en los pilares de la felicidad
Rojas ha insistido en numerosas ocasiones en que la felicidad no se sostiene sobre un único pilar, sino sobre varios que deben cultivarse de manera simultánea. En su propuesta, los pilares fundamentales son el amor, el trabajo y la cultura. Los tres son necesarios; ninguno basta por sí solo. Cuando uno falla, los otros pueden sostener temporalmente el equilibrio, pero la solidez real llega solo cuando los tres funcionan con coherencia. Además, Rojas añade elementos complementarios como la salud, las relaciones sociales sanas y un proyecto de vida con sentido. La felicidad, en su visión, no es un estado que se alcanza de una vez: «No se alcanza de entrada una velocidad de crucero, sino que se necesita tiempo para mejorar». También, por ejemplo, insistió en que es fundamental «primero es saber perdonarse a sí mismo».
Trabajar estos pilares en el día a día exige asumir que habrá baches. El amor atraviesa crisis, el trabajo genera frustración y la cultura requiere esfuerzo sostenido. Pero Rojas relativiza esas dificultades con pragmatismo: los tropiezos no son señales de fracaso sino parte inevitable del proceso. La clave está en no abandonar el rumbo cuando los argumentos principales se desvían de su cauce. Frente a la cultura de la gratificación instantánea, el psiquiatra reivindica la construcción paciente de una felicidad que no dependa de caprichos pasajeros ni de placeres efímeros. Esta felicidad inteligente, como él mismo la llama, es la única que resiste el paso del tiempo.
