Arthur Schopenhauer, filósofo, ya lo advirtió a sus 40 años: «Para ser feliz o estar alegres no debemos pedirnos permiso»
A pesar de tener un pensamiento un tanto oscuro, la realidad schopenhaueriana es bastante más luminosa de lo que se cree

Un hombre en la playa. | ©Freepik.
Puede sonar paradójico, incluso contradictorio, pero hablar de felicidad y de Arthur Schopenhauer en la misma frase no es ningún disparate. El filósofo alemán es conocido por haber edificado uno de los sistemas filosóficos más radicalmente pesimistas de la historia occidental. Para Schopenhauer, el mundo era, en esencia, un lugar de sufrimiento. Para él, la voluntad que nos mueve nunca queda satisfecha y la vida, lejos de ser un don, se parece más a una deuda que hay que saldar. Sin embargo, incluso en ese paisaje sombrío, Schopenhauer dejó escritas reflexiones de una lucidez sorprendente sobre la alegría y la felicidad. No fue el único filósofo que indagó en estos conceptos , pero sí uno de los que más a fondo los exploró desde el polo opuesto, lo que le otorga una perspectiva genuinamente singular. Por eso, hablar de Arthur Schopenhauer y ser feliz a veces es extraño.
Precisamente por esa reputación de pensador amargo y hosco, sus anotaciones sobre la alegría resultan más llamativas. Como tantos grandes pesimistas, Schopenhauer sabía perfectamente dónde estaba la luz; simplemente desconfiaba de que fuera duradera. Aun así, y esto es lo verdaderamente valioso para quienes se acercan hoy a su obra, dejó instrucciones claras sobre cómo recibirla cuando aparece, sin interrogatorios ni condiciones previas. Adaptarlas al siglo XXI requiere cierto esfuerzo de traducción cultural, pero el núcleo sigue siendo sorprendentemente vigente.
‘El arte de ser feliz’, la obra póstuma de Schopenhauer
Schopenhauer fue un autor prolífico en vida. De él tenemos muchos tratados densos, polémicos y elaborados, desde El mundo como voluntad y representación hasta sus célebres Parerga y paralipómena, pero también obras cortas. Sin embargo, uno de los trabajos que más ha contribuido a popularizar su pensamiento en los últimos años no la redactó él como tal. El arte de ser feliz —título con el que se ha traducido al castellano— no es un libro concebido y cerrado por su autor, sino una recopilación de reflexiones, aforismos y apuntes personales que Schopenhauer fue acumulando a lo largo de su vida y que nunca llegó a publicar. Son fragmentos dispersos, a veces inacabados, reunidos y editados de forma póstuma ya en el siglo XX. De hecho, es una recopilación de textos que el autor ya empezó a gestar a los cuarenta años, aunque los iría desarrollando también más adelante.
El resultado es un texto de lectura ágil y accesible, muy alejado en forma del Schopenhauer más técnico y hermético. Sus páginas recogen reglas prácticas, advertencias y observaciones sobre cómo vivir bien. También sobre cómo gestionar las expectativas, cómo relacionarse con los demás y, sobre todo, cómo no obstaculizarse a uno mismo en el camino hacia cierto bienestar. No es un manual de autoayuda al uso —el rigor filosófico permanece intacto—, pero sí tiene una vocación eminentemente práctica. Son los apuntes de un hombre que, habiendo pensado mucho sobre el dolor humano, también tenía cosas concretas que decir sobre sus contrapesos. De hecho, de él siempre conviene llegar a esta cita: «quien no sufre dolor ni aburrimiento es esencialmente feliz».
Cómo ser feliz mientras eres un pesimista
El pesimismo de Schopenhauer no era un estado de ánimo ni una pose intelectual, sino una conclusión filosófica. Partía de la idea de que toda existencia está impulsada por una voluntad ciega e insaciable: queremos, conseguimos, y volvemos a querer, en un ciclo sin descanso ni recompensa definitiva. El sufrimiento, en su sistema, no es un accidente de la vida sino su condición de fondo. Esto, trasladado sin matices al presente, chocaría frontalmente con lo que psicólogos y psiquiatras contemporáneos consideran saludable. Hoy sabemos que el pesimismo crónico es un factor de riesgo real para la salud mental, asociado a mayor incidencia de ansiedad y a la depresión.
Y, sin embargo, hay algo en Schopenhauer que merece rescatarse con cuidado. No su pesimismo ontológico —ese es difícil de reivindicar en una consulta de bienestar del siglo XXI—, sino su honestidad sobre las ilusiones. El filósofo desaconsejaba construir la propia felicidad sobre expectativas externas, sobre el reconocimiento ajeno o sobre bienes materiales, porque todos esos sostenes son frágiles. En eso coincide, curiosamente, con buena parte de la psicología positiva actual y con el estoicismo que hoy se pone tanto en valor. La conclusión de Schopenhauer era distinta a la de Marco Aurelio. No obstante, el punto de partida —desconfiar de lo que no depende de uno— es llamativamente parecido. El pesimista y el estoico pueden, así, terminar dando consejos de una similitud sorprendente, aunque partan de premisas opuestas. De ambos, de hecho, ya hemos hablado en THE OBJECTIVE.
Ser feliz, para Schopenhauer, no es autolimitante

Uno de los pasajes más luminosos y menos citados de todo el pensamiento de Schopenhauer es también uno de los más directos. En sus escritos recogidos en la Regla 13, en El arte de ser feliz, el filósofo sostiene que cuando estamos alegres no debemos pedirnos permiso para estarlo mediante la reflexión de si a todas luces tenemos motivo para ello. La alegría, según él, es su propia recompensa. Por tanto, considera que la acción y el premio son una misma cosa, y eso la hace única frente a casi cualquier otro estado. No importa la edad. Tampoco la condición económica ni las circunstancias objetivas de quien la experimenta. A su juicio, el simple hecho de estar alegre es motivo suficiente, y por eso mismo no necesita justificación externa.
La segunda advertencia de Schopenhauer en este punto resulta igual de reveladora. En ella critica la tendencia humana a frenar la alegría por considerarla inoportuna o superficial, como si distraer de las preocupaciones serias fuera en sí mismo una falta. Para el filósofo, lo que se gana con esa seriedad autoimpuesta es incierto. La alegría, en cambio, es una ganancia segura en el presente, un bien real e inmediato que no hay que diferir. Su consejo es tajante: debemos abrir todas las puertas cuando la alegría llega, porque nunca llega a deshora.
La salud como elemento vertebrador
Y añade, en una de sus observaciones más concretas, que cuidar la salud es indispensable para conservar ese estado, porque el cuerpo sano es el terreno en el que la alegría florece con más naturalidad. Schopenhauer, el gran pesimista, nos deja así una de las prescripciones más sensatas y menos complicadas sobre la alegría: no pensarla demasiado, no postponerla, no someterla a juicio. Simplemente, recibirla.
