Thomas Hobbes, filósofo, lo advirtió en 1651: «La felicidad es un continuo progreso de los deseos y no la serenidad de una mente satisfecha»
Aunque pasó a la fama por defender absolutismo, también dejó pinceladas sobre la felicidad humana en ‘Leviatán’

Las lecciones del Leviatán de Hobbes
Pocas obras del pensamiento occidental han sido tan influyentes y, al mismo tiempo, tan reducidas a una sola de sus dimensiones. El Leviatán, publicado por el filósofo inglés Thomas Hobbes en 1651, ha pasado a la historia casi exclusivamente como un tratado de filosofía política. Además como una defensa a ultranza del poder soberano y del contrato social. Sin embargo, entre sus páginas densas y exigentes, Hobbes dejó algunas reflexiones sobre la felicidad humana que merecen ser rescatadas. Sobre todo si se releen con ojos contemporáneos y puestas en valor más allá del debate sobre el Estado.
Resulta llamativo que un pensador tan asociado al orden, la autoridad y la naturaleza conflictiva del ser humano tuviera también algo que decir sobre el bienestar cotidiano, sobre qué nos hace sentir bien y por qué. Su visión, formulada hace casi cuatro siglos, conecta de manera sorprendente con debates actuales sobre ansiedad, motivación y el sentido de la vida. Por eso merece la pena detenerse en ella.
Las lecciones del Leviatán de Hobbes
Cuando Hobbes concibió el Leviatán, su propósito central era claro: argumentar a favor de una organización social sólida que garantizara la paz y la seguridad colectivas. Frente al estado de naturaleza, ese escenario de «guerra de todos contra todos» que describe con crudeza en sus páginas, el filósofo de Malmesbury defendía la necesidad de un poder soberano capaz de proteger a los individuos de sí mismos. En ese sentido, la obra es una pieza fundacional del pensamiento sobre el Estado moderno. Por eso, también su huella llega hasta Rousseau, que años después desarrollaría su propia versión del contrato social partiendo, en parte, de esta misma inquietud.
Pero el Leviatán es también una obra sobre el ser humano concreto, sobre sus pasiones, sus miedos y sus aspiraciones. Hobbes no escribe desde la abstracción pura, sino desde una observación descarnada de la conducta humana. Por eso, aunque la posteridad lo ha leído casi siempre desde el ángulo del estatalismo o de la crítica al absolutismo, hay en su interior una reflexión genuinamente humanista sobre lo que mueve a las personas. Especialmente sobre lo que buscan y sobre lo que las hace, en definitiva, vivir con cierto grado de satisfacción.
La felicidad, según Hobbes, en Leviatán
Hobbes fue explícito al rechazar una idea que, entonces como ahora, cómoda en el imaginario popular. Aquella que insiste en que ser feliz equivale a alcanzar un estado de quietud interior, de calma permanente. Para él, eso era una ilusión. Escribe que «la felicidad en esta vida no consiste en la serenidad de una mente satisfecha». De hecho, va más lejos al descartar los conceptos clásicos del finis ultimus –el propósito final– y del summum bonum –el bien supremo–.

Algo que los filósofos morales de la Antigüedad habían erigido como metas últimas de la existencia. Frente a esa tradición, Hobbes propone algo mucho más dinámico y, curiosamente, más próximo a lo que hoy sabemos sobre motivación y bienestar. Lejos, por ejemplo, de ciertas teorías que veríamos en el siglo XVIII como las que postulaba Schopenhauer y su traslación de la felicidad, sintetizada en «quien no sufre dolor ni aburrimiento es esencialmente feliz.»
Su tesis es que «la felicidad es un continuo progreso de los deseos, de un objeto a otro, ya que la consecución del primero no es otra cosa sino un camino para realizar otro ulterior». Dicho de otro modo, la satisfacción no reside en el destino, sino en el trayecto. Algo, en cierto modo, similar a lo que postulaba el Dalái Lama al insistir en la necesidad de «cultivar los estados mentales positivos».
Prescribiendo dopamina desde el siglo XVII
Lo que buscamos, según Hobbes, no es disfrutar de algo una sola vez; lo que buscamos es «asegurar para siempre la vía del deseo futuro». Esta idea, que en su época resultaba bastante radical, encaja con buena parte de lo que la psicología contemporánea ha confirmado: la anticipación del logro activa los mismos circuitos cerebrales —o incluso más— que el logro mismo. Hobbes, sin saberlo, estaba describiendo la dopamina. Algo de lo que ya hemos hablado en THE OBJECTIVE.
La ansiedad en la felicidad humana: entre el deseo y el porvenir
Hobbes no idealizaba la condición humana. Reconocía que ese movimiento perpetuo de deseos también tiene un coste: la ansiedad que genera mirar siempre hacia adelante, preocuparse por el porvenir, temer no poder asegurar ese camino futuro del que hablaba. Esta tensión entre el impulso hacia la felicidad y el miedo a perderla no es, en su visión, una patología individual. En su caso, lo considera una característica estructural de la naturaleza humana. Las personas difieren en cómo la gestionan según sus pasiones, sus costumbres y sus creencias, pero nadie escapa del todo a ella.
Por otro lado, Hobbes distingue entre dos formas de felicidad que conviene no confundir. La primera es terrenal y alcanzable: se basa precisamente en ese movimiento constante, en el deseo activo, en la persecución de objetivos concretos y renovados. La segunda, vinculada a su visión religiosa, es la felicidad eterna. Un estado que Hobbes consideraba incomprensible para la razón humana tal como habitualmente intentamos concebirla. Algo que ya para pensadores del siglo XX, como Bertrand Russell, sería inconcebible y que definía esa felicidad humana en que «tus intereses sean amplios y que sepas aburrirte».
Esa dicha trascendente, sostenía, se hace realizable en el más allá si cumplimos los pactos sociales y las leyes de la naturaleza. Era, evidentemente, un argumento con mucho peso en el siglo XVII. Hoy, sin embargo, lo que resuena con fuerza es la primera parte. Aquella en la que invita a dejar de buscar una felicidad estática y definitiva, y apostar en cambio por el movimiento, por el deseo vivo, por la energía de querer seguir queriendo.
