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René Descartes, filósofo, lo confirmó en 1649: «La felicidad no debe estar exenta de pasiones»

Para Descartes, la virtud no debía tampoco criminalizar el disfrute de las pasiones

René Descartes, filósofo, lo confirmó en 1649: «La felicidad no debe estar exenta de pasiones»

Un hombre en una montaña. | ©Pexels.

Cuando se habla de felicidad y de los grandes filósofos del pasado, el camino más trillado conduce casi siempre al estoicismo. La tradición que arranca en Zenón de Citio y llega a Séneca construyó una idea de la vida buena basada en la apatheia, es decir, en la ausencia de pasiones perturbadoras. Según esa doctrina, quien desea ser feliz debe cultivar una suerte de equidistancia emocional. Ni la alegría desbordada ni el dolor paralizante tendrían cabida en el sabio.

La virtud ocupaba el trono y el placer quedaba relegado, cuando no directamente penado, como señal de debilidad moral. Esta concepción marcó siglos de pensamiento occidental. De hecho, todavía persiste, de manera más o menos consciente, en buena parte de nuestra forma de entender la madurez y el autocontrol.

Sin embargo, hay una voz que plantó cara a ese modelo con argumentos sólidos y, sobre todo, con una honestidad filosófica notable. René Descartes, uno de los pensadores modernos más influyentes de la historia, publicó en 1649 su obra Las pasiones del alma, y en ella dejó por escrito algo que resultaba casi provocador para su época: la felicidad no solo puede convivir con las pasiones, sino que las necesita. La pregunta que cabe plantearse hoy, a la luz de lo que sabemos sobre psicología emocional, es si el filósofo francés estaba mucho más cerca de la verdad de lo que sus contemporáneos quisieron reconocer.

Descartes, una felicidad antes de la Ilustración

El pensamiento cartesiano sobre la felicidad no parte de un rechazo a la razón, sino de una comprensión más matizada de su papel. Para Descartes, la felicidad —que denomina béatitude— consiste en «un contentamiento perfecto de la mente y una satisfacción interior», algo que no depende de los caprichos de la fortuna ni de los bienes materiales.

Es, en ese sentido, una postura exigente: la felicidad auténtica nace de actuar conforme a la virtud, de hacer todo lo que genuinamente está al alcance de cada uno. Cuando la voluntad se alinea con el bien y con la razón, el alma experimenta una satisfacción que ninguna circunstancia externa puede arrebatar. Esto conecta, en parte, con el estoicismo, pero la diferencia crucial está en lo que Descartes añade a continuación, porque no se queda ahí.

La clave aparece en la correspondencia del filósofo con la princesa Isabel de Bohemia, un intercambio epistolar que funcionó como verdadero laboratorio de sus ideas más maduras. En una carta de septiembre de 1645, Descartes escribe sin ambages: «Yo no comparto la opinión de que debemos estar exentos de pasiones; basta con mantenerlas sujetas a la razón». Esta declaración es de una claridad inusual en la filosofía de la época. No se trata de erradicar lo que se siente, sino de gobernarlo. Así, la virtud cartesiana no exige frialdad ni indiferencia; pide lucidez, no anestesia. Y esa diferencia lo cambia todo.

Luchar contra lo estoico: la felicidad cartesiana

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Descartes no se oponía frontalmente al goce de las pasiones ni las consideraba contrarias a la virtud. ©Pexels.

La separación de Descartes respecto al modelo estoico es explícita en Las pasiones del alma. Donde Séneca o Epicteto veían en las emociones una amenaza al equilibrio del sabio, el francés las reivindica como parte constitutiva de la experiencia humana. Las pasiones, sostiene, no son irrupciones irracionales ni vicios del alma; son, en rigor, un tipo especial de percepciones que nacen de la unión del cuerpo con la mente.

Ignorarlas o suprimirlas no hace al ser humano más sabio, sino más pobre. En el artículo 212, el último de la obra, Descartes es explícito: quienes son movidos con más intensidad por las pasiones son capaces de gozar los placeres más profundos de esta vida. Eso no suena precisamente a condena.

Ahora bien, conviene no confundir esta postura con un hedonismo sin matices ni con un epicureísmo festivo. Descartes es claro respecto a que la felicidad no depende de los bienes materiales, de la fama ni del placer fácil. No hay en su pensamiento lugar para el disfrute como fin en sí mismo ni para una búsqueda ciega de la satisfacción inmediata. Algo de lo que ya hemos hablado en THE OBJECTIVE, por ejemplo al mencionar ese estoicismo de Marco Aurelio, que insistía en que «la felicidad depende de la calidad de tus pensamientos».

Lo que sí defiende, con determinación, es que existe un margen legítimo para el goce vital. Amar, admirar, desear, alegrarse: todas esas emociones forman parte del repertorio humano. Por eso, Descartes consideraba que, bien orientadas por la voluntad, contribuyen a esa satisfacción interior que él identifica con la felicidad verdadera. El sabio cartesiano no es impasible; es alguien que siente con claridad y actúa con criterio.

¿Pueden la felicidad y la pasión convivir?

La pregunta que Descartes dejó abierta en el siglo XVII encontró eco, siglos después, en pensadores muy distintos entre sí. Friedrich Nietzsche, por ejemplo, denunció con energía cualquier moral que castigue el instinto o domestique la vitalidad en nombre de un ideal ascético. Para él, la felicidad no podía separarse de la intensidad de la experiencia, del amor fati, de la afirmación radical de la vida.

Por su parte, Bertrand Russell, en La conquista de la felicidad, señaló que gran parte del sufrimiento moderno proviene precisamente de la represión de los afectos. También del miedo a comprometerse con lo que uno desea. El pensamiento que une a ambos, pese a sus diferencias, es que la pasión no es el contrario de la felicidad. Séneca, desde el otro extremo, advertía contra el apego a lo contingente; pero incluso él reconocía la amistad y el afecto como bienes genuinos, lo que matiza su aparente frialdad. A pesar de que el autor romano considerase que la felicidad es «disfrutar el presente sin dependencia ansiosa del futuro».

Un cartesianismo contemporáneo

El pensamiento cartesiano sobre la felicidad resulta hoy sorprendentemente contemporáneo. Especialmente porque anticipa algo que la psicología moderna confirma: las emociones no obstaculizan el bienestar, sino que lo constituyen en parte esencial. Suprimir las pasiones no produce paz, produce vacío. Descartes lo intuyó con nitidez cuando afirmó que tristeza y alegría, odio y amor, pueden coexistir en una misma persona sin que ninguna anule a la otra. No obstante, dejaba un matiz: siempre que la voluntad las gobierne con lucidez. La felicidad, en su sistema, no es un estado de calma perpetua. Más bien se trata de una armonía activa entre lo que se siente y lo que se elige hacer con ello. Y eso, tres siglos y medio después, sigue siendo una forma admirable de estar en el mundo.

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