Friedrich Nietzsche, filósofo, ya lo anticipó en 1878: «La felicidad no son épocas, son momentos puntuales»
El autor consideraba «un destello que aparece en la vida de las personas con independencia de las circunstancias»

La felicidad
Friedrich Nietzsche es, probablemente, uno de los filósofos más polémicos y controvertidos de toda la historia del pensamiento occidental. Sin embargo, su fama de pensador incendiario ha funcionado durante décadas como una pantalla que distorsiona su obra real. En muchas ocasiones se ha confundido el fondo con la forma. Por eso, sus trabajos más provocadores –en especial los vinculados a la muerte de Dios– fueron interpretados como una declaración de ateísmo cuando, en realidad, respondían a un ejercicio profundamente humanista. Nietzsche no señalaba la ausencia de Dios para sumir al hombre en la nada. Al contrario, lo insinuaba para devolverle la responsabilidad de su propia existencia y, con ella, la búsqueda de su propia felicidad.
Esa es, precisamente, la clave que convierte al filósofo de Röcken en un pensador más vigente que nunca. Lejos de las lecturas reduccionistas que lo asocian al nihilismo o a cierto elitismo moral, Nietzsche insistía en que la felicidad no debía buscarse en elementos externos al ser humano –ni en la fe, ni en el reconocimiento ajeno, ni en la acumulación de bienestar material– sino en el interior de cada persona. Por eso merece la pena detenerse en lo que Friedrich Nietzsche entendía por felicidad, porque las ideas de Nietzsche al hablar de momentos de felicidad resultan sorprendentemente modernas.
Nietzsche sobre el ser humano y la felicidad

Dentro de una bibliografía tan vasta y tan debatida como la de Nietzsche, hay una obra que suele quedar en segundo plano frente a títulos de mayor resonancia popular. El viajero y su sombra, publicada en 1880 y parte del segundo volumen de Humano, demasiado humano, no goza del predicamento de otras obras. Ejemplos, claro, no faltan en auténticos pesos pesados como Así habló Zaratustra, El Anticristo o Aurora. De hecho, muchos especialistas la consideran una obra menor dentro del conjunto del pensador alemán. Se habla a menudo de ella como un texto de transición con menor repercusión crítica y filosófica que los grandes hitos de su producción. Con todo, resulta imprescindible para entender la evolución de su pensamiento hacia una concepción genuinamente humana de la felicidad, de la que hemos hablado a menudo en THE OBJECTIVE.
En esas páginas, Nietzsche expone algo aparentemente sencillo. Sin embargo, encierra una profundidad considerable: el ser humano no está diseñado para ser feliz de forma continua. De hecho, considera que empeñarse en ello es, antes que un ideal, un error de partida. La felicidad no es un estado que se alcanza ni un territorio al que se llega; es, más bien, un destello que aparece en la vida de las personas con independencia de las circunstancias. Ahí reside la radicalidad del planteamiento nietzscheano. Para el autor de Röcken no se trata de construir condiciones perfectas para ser feliz. Más bien sería aprender a reconocer y habitar esos instantes cuando se presentan. Por eso, sentencias como «lo que impide la felicidad son los preceptos externos» cobran siempre tanta vigencia.
La felicidad no es eterna, sino momentánea
La sentencia más conocida de Nietzsche sobre este asunto aparece precisamente en El viajero y su sombra: «El destino de los hombres está hecho de momentos felices; toda la vida los tiene, pero no de épocas felices.» Pocas frases condensan con tanta precisión una postura filosófica completa. La felicidad, en su visión, no es un telón de fondo permanente. El autor la considera una serie de destellos que atraviesan la vida, impredecibles y valiosos precisamente por su carácter fugaz. Tratar de prolongarlos indefinidamente, o de fabricar la ilusión de una época feliz, equivale a perder los momentos reales que la vida sí ofrece.
Esta idea conecta con un debate que ha recorrido la filosofía y la psicología durante siglos. De hecho, no son pocos los pensadores que han advertido del peligro de confundir la alegría con la felicidad. La alegría es intensa, inmediata y contagiosa, pero se agota. La felicidad, tal como la entendía Nietzsche —y también, desde otro ángulo, como la analizaron pensadores posteriores—, es algo más sutil y más exigente. No equivale a la ausencia de dolor ni al encadenamiento de emociones positivas. Es la capacidad de afirmar la vida tal como es, con sus grietas y sus contradicciones. De ahí la importancia de encontrar en esa afirmación algo que merece la pena.
Cómo vivir con la contradicción de que la felicidad no sea eterna

La filosofía clásica buscó durante siglos anclar la felicidad a la virtud y a la rectitud moral. Aristóteles habló de eudaimonía como un modo de vida virtuoso y estable; los estoicos la vincularon a la serenidad ante el destino. Más adelante, pensadores como Spinoza o Descartes ampliaron el marco, aunque sin desligarse del todo de esa relación entre conducta recta y vida plena. Ya en el siglo XX, el psicoanalista Erich Fromm señaló que la felicidad no depende de lo que uno tiene sino de lo que uno es, desplazando el foco hacia el desarrollo interior. Cada uno de estos enfoques, con sus matices, parte de la misma pregunta: ¿cómo se sostiene una vida buena si la felicidad es, por naturaleza, esquiva?
Nietzsche respondió a esa pregunta con una claridad que incomoda y, al mismo tiempo, libera. Para Nietzsche, esos momentos de felicidad son la única forma real en los que de verdad se manifiesta. Por ello, la tarea no consiste en perseguirla como si fuera un estado permanente. Más bien todo lo contrario: vivir con suficiente intensidad y autenticidad como para que esos momentos puedan ocurrir.
En De la utilidad y los inconvenientes de la historia para la vida escribió que «no puede existir felicidad, serenidad, esperanza, orgullo, y disfrute del momento presente sin la facultad de olvidar». Olvidar, en su sistema, no es un defecto sino una condición de salud. Con ello, el hombre consigue liberarse del peso del pasado es lo que permite actuar en el presente. Así, aunque nadie pueda garantizarse una época feliz. Lo que sí está al alcance de cada persona es cultivar la presencia y la autenticidad que hacen posibles esos instantes en que la vida, incluso con todo su dolor, merece completamente la pena.
