The Objective
Lifestyle

Karen Horney, psicoanalista, ya lo adelantó en 1950: «La felicidad tiene un impedimento concreto: la tiranía del debería»

La autora insistía en su obra en que debemos dejar de sentirnos desgraciados por lo que no logramos

Karen Horney, psicoanalista, ya lo adelantó en 1950: «La felicidad tiene un impedimento concreto: la tiranía del debería»

Una mujer frente a un atardecer. | ©Pexels.

Queremos ser felices. Eso, más o menos, lo tenemos todos claro. La pregunta —qué es la felicidad, cómo se alcanza, qué nos lo impide— lleva más de tres mil años ocupando a filósofos, teólogos y pensadores de toda condición. No es un asunto menor: es, posiblemente, la pregunta central de la existencia humana. Las respuestas han sido tan variadas como los siglos transcurridos: la virtud, el placer, la moderación, Dios, el dinero, las relaciones. Sin embargo, algo sigue fallando.

Ya en el siglo XX, voces como la de la psicoanalista Karen Horney pusieron el foco no tanto en qué es la felicidad, sino en qué la bloquea. Su diagnóstico fue a la vez sencillo y perturbador. Horney postuló que lo que nos impide ser felices no viene de fuera, sino de una voz interna que nos dicta, exige y condena sin descanso. Una voz que conocemos bien, aunque rara vez la identifiquemos con claridad.

Karen Horney, un psicoanálisis brillante en pos de la felicidad

Nacida en Hamburgo en 1885 y fallecida en Nueva York en 1952, Karen Horney fue una de las figuras más originales del psicoanálisis del siglo pasado. Por desgracia, para el gran público a menudo pasa desapercibida. Se formó en la tradición freudiana, pero pronto se distanció de ella. De hecho, rechazó el determinismo biológico de Freud y apostó por un enfoque culturalista que situaba en el entorno social y en las relaciones interpersonales la raíz del sufrimiento psíquico.

mujer-felicidad-globos-playa
A pesar de iniciarse en una óptica freudiana, Horney apostó más tarde por un enfoque culturalista. ©Pexels.

Esa apuesta no era solo teórica, sino profundamente optimista. Horney confiaba en la capacidad humana de cambiar, de crecer, de repararse. Creía que descifrar los mecanismos de la neurosis era el primer paso hacia una vida más sana y, en última instancia, más feliz. No en vano, de otra manera, autores como Albert Camus consideraban que «la felicidad no está en llegar a la cima o en el resultado final, sino en el esfuerzo».

Su obra se despliega en tres libros fundamentales. The Neurotic Personality of Our Time (1937, lit.: «La personalidad neurótica de nuestro tiempo») ofrece el primer diagnóstico de cómo la cultura genera angustia y crea necesidades falsas. Our Inner Conflicts (1945, lit.: «Nuestros conflictos internos») analiza las estrategias con las que el yo dividido intenta adaptarse al mundo sin éxito duradero. Pero es Neurosis and Human Growth (1950, lit.: «Neurosis y crecimiento humano») donde Horney alcanza la síntesis más poderosa de su pensamiento: allí aparece el concepto central de «la tiranía del debería», clave para entender tanto el sufrimiento neurótico como, por inversión lógica, lo que significa vivir bien y cómo Karen Horney aconsejaba llegar a la felicidad que cada uno lleva dentro como posibilidad real. Algo de lo que hemos hablado a menudo en THE OBJECTIVE.

Cómo la tiranía del debería atenaza a la felicidad

El mecanismo que Horney describe es tan cotidiano que resulta casi invisible. Dentro de cada persona conviven dos instancias: el yo real —el individuo concreto, con sus virtudes y sus límites— y el yo ideal, construido a partir de exigencias sociales e imaginarias. «Debería tener una pareja perfecta», «debería rendir más en el trabajo», «debería estar más delgado», «debería ser más paciente con mis hijos». Esos condicionales, aparentemente inocentes, actúan en realidad como un tribunal implacable. Horney lo formuló con precisión clínica: «Los dictados internos, al igual que la tiranía política en un estado policial, operan con un absoluto desprecio por la condición psíquica de la persona, por lo que puede sentir o hacer tal como es en el presente.»

Algunos de esos «deberías» son razonables, mientras que otros son directamente fantasiosos. Hay obligaciones que asumimos porque nos las impone la sociedad, y otras que nos inventamos nosotros mismos para no sentirnos ordinarios. Cuando el yo real no alcanza al yo ideal —y rara vez lo alcanza, porque este último es, por definición, inalcanzable—, emerge lo que Horney llama el «yo despreciado»: la sensación de no valer, de fracasar, de no estar a la altura.

En cierto modo, comentaba una misma realidad que Carl Jung, quien creía que «hasta la vida más feliz no se puede medir sin unos momentos de oscuridad». Y así, la felicidad queda secuestrada no por las circunstancias externas, sino por esa voz interior que nunca está satisfecha. Porque, como también escribió Horney, «una persona nunca es consciente del impacto total de la tiranía interior ni de su naturaleza».

Cómo sobrevivir a esta dicotomía

karen-horney-felicidad-mujer-playa
A pesar de que pueda parecer un concepto de renuncia, Horney abogaba por mirarlo como un ejercicio de honestidad. ©Pexels.

A primera vista, la propuesta de Horney puede sonar a renuncia: si el yo ideal es inalcanzable, ¿simplemente dejamos de aspirar a algo? No exactamente. Horney no propone resignarse ni rebajar las expectativas hasta el suelo; propone algo más preciso y más difícil: reconectar con el yo real. Aceptar lo que se siente, aunque no coincida con lo que se «debería» sentir. Reconocer los propios límites sin convertirlos automáticamente en defectos terribles. Permitirse no funcionar siempre en la supuesta «mejor versión» de uno mismo. Eso no es conformismo; es honestidad radical consigo mismo. De hecho, no está lejos de lo que consideraban otros psicoanalistas como Erich Fromm, que postulaba que «la felicidad no es un estado de reposo, sino de actividad interna».

Horney lo sintetizó con una claridad que sigue siendo vigente. Creía que «el yo real es la fuerza que impulsa hacia el desarrollo individual; el centro más vivo de la vida psíquica.» La clave para lograr la felicidad, según Karen Horney, no reside en conseguir lo que supuestamente debemos tener o ser. Más bien en dejar de sentirnos desgraciados por lo que no logramos, y aprender a disfrutar del camino hacia la meta. Una meta que, para ella, no es un destino fijo ni un estado permanente. Horney pensaba que se construye cada día desde la autenticidad, al margen de los dictados que la sociedad —y nosotros mismos— nos imponemos sin parar.

Publicidad