Los ucranianos se echan las manos a la cabeza al ver cómo operan los americanos en Irán
El ejército más poderoso del mundo está recibiendo un manual de instrucciones escrito por Kiev

Lanzamiento de un misil SM-6 americano. | US Navy
Se quedaron muy sorprendidos y casi alarmados. Los asesores ucranianos desplegados en Irán no podían creer el dispendio, los excesos y la falta de equilibrio entre las amenazas que les remiten desde Teherán y las contramedidas que aportan los estadounidenses. La conclusión inmediata fue solo una: como el conflicto sea largo, se van a arruinar.
Cuando los primeros instructores ucranianos aterrizaron en Kuwait, Catar, los Emiratos y Arabia Saudí a petición del Mando Central estadounidense, llevaban algo que ningún manual de doctrina puede enseñar: cuatro años de guerra real contra el mismo enemigo al que el Golfo se enfrenta ahora con perplejidad y cierta aprensión. Lo que encontraron los dejó atónitos. No por la magnitud del conflicto, sino por la forma en que los ejércitos más dotados del planeta estaban combatiéndolo.
Unos 200 especialistas desplegados en el Golfo observaron de cerca cómo los operadores locales respondían a los mismos Shahed que Kiev conoce desde el otoño de 2022. La misión se acordó con el Centcom, y lo que vieron distó mucho de cualquier parámetro de eficiencia conocido.
El derroche fue lo primero que los ucranianos detectaron. Los operadores del Golfo lanzaban hasta ocho misiles Patriot contra un solo objetivo, con un precio por cada interceptor que ronda los tres millones de euros. Neutralizar un único Shahed que cuesta 60.000 euros podía superar los 20 millones en munición. En Ucrania, un equipo experimentado resuelve el mismo problema con uno o dos interceptores, incluso frente a amenazas balísticas más complejas; la escasez obliga a ser preciso.
Los instructores de Kiev también documentaron el empleo habitual del misil SM-6, lanzado desde buques de guerra y valorado en cinco millones de euros. El problema se incrementa al usar semejante montaña de dinero para abatir drones con un precio similar al de los Shahed. Una proporción de más de 80:1. En los primeros cuatro días de guerra con Irán se dispararon más de 800 misiles Patriot, 200 más de los que Ucrania ha recibido en tres años de conflicto.
Pero, junto a la prodigalidad en el gasto, los ucranianos detectaron algo más estructural y difícil de corregir: la inmovilidad de los sensores. Los radares aliados en el Golfo operaban sin la movilidad que la guerra moderna exige. En Ucrania, los sistemas de detección se trasladan y se ocultan de forma constante porque un radar estático es, ante cualquier satélite comercial de fácil acceso, un blanco tan fijo como un bloque de vecinos.
Las consecuencias de un error así llegaron el pasado 28 de febrero, cuando drones iraníes alcanzaron y dañaron gravemente el AN/FPS-132 Block 5 en la base de Al Udeid, en Catar. El sistema llevaba años en posición inamovible, perfectamente catalogable desde el espacio y visible a simple vista desde las cercanías. Imágenes de Planet Labs publicadas días después mostraron escombros en la cara noreste de la antena y restos de la extinción del incendio. Aquello no fue una sorpresa táctica para quienes habían advertido del riesgo.
El AN/FPS-132 detecta misiles balísticos a distancias de hasta cinco mil kilómetros, con cobertura de 360 grados. El precio de una instalación así asciende a casi 1.000 millones de euros. Su práctica destrucción redujo los márgenes de reacción de toda la arquitectura defensiva estadounidense en el Golfo. Con un radar así destruido, le arrancas los ojos al sistema y se deja de saber hacia dónde apuntar.
Lo que los ucranianos habían señalado en sus sesiones de formación acababa de ocurrir. En contraste, Kiev construyó su defensa antiaérea sobre un procedimiento basado en la movilidad continua, la integración de sistemas heterogéneos y la mayor austeridad táctica posible. De esa necesidad, desde la primavera de 2024, nacieron los interceptores de empresas como Wild Hornets, SkyFall, TAF Industries o General Chereshnia, y hoy es el producto militar ucraniano más solicitado en el planeta.
Interceptores baratos
Todos ellos son cuerpos en forma de cohete construidos según el esquema Tailsitter: despegan verticalmente sobre la parte trasera, sin catapulta ni plataforma, alcanzan los 300 kilómetros por hora y llevan entre 300 y 800 gramos de explosivo. El operador los maneja con gafas FPV. En febrero de 2026, en la dirección de Kiev, estos interceptores abatieron el 70% de los Shaheds atacantes. En el conjunto del país, ese mes se derribaron 1.500 drones iranorrusos.
El Sting de Wild Hornets opera 20 minutos en un radio de 25 kilómetros, con una tasa de impacto del 80 al 90%, según cifras del fabricante. El Octopus, desarrollado con el Ministerio de Defensa del Reino Unido y fabricado bajo licencia por catorce empresas ucranianas, lleva hasta un kilo y medio de explosivo, opera en 30 kilómetros de radio y dispone de guía autónoma y cámara nocturna. Su producción arrancó también en territorio británico a finales de 2025.
Los interceptores ucranianos no compiten con los misiles Patriot: los complementan y, en el escenario específico del dron de ataque masivo y barato, los sustituyen con una fracción de su coste. La producción en Ucrania ya alcanzaba las 950 unidades diarias en diciembre de 2025, con cuatro o cinco fabricantes principales operando en serie y varios más escalando. Va a ir a más.
Y ahora con inteligencia artificial
La mayoría de los fabricantes ucranianos trabaja en la integración de inteligencia artificial en sus interceptores, lo que permitirá al dron identificar el objetivo de forma autónoma, rastrearlo y atacarlo sin intervención del operador. Se prevé que esto incremente la eficacia en situaciones donde el operador se ve obligado a lanzar dos unidades contra un único Shahed, lo que ocurre con cierta frecuencia en condiciones de interferencia o escasa visibilidad.
La demanda exterior es consecuencia directa de ese rendimiento demostrado. Arabia Saudí negocia ya la adquisición de interceptores y sistemas de guerra electrónica ucranianos, y 11 países han cursado solicitudes formales de suministro a empresas ucranianas. Los fabricantes consultados por la BBC confirman haber recibido decenas de ofertas de países del Golfo, algunos dispuestos a pagar por encima del precio de mercado ucraniano, algo inusitado en transacciones de armamento en tiempos de guerra activa.
Un negocio político para Zelenski
Con esta tecnología como moneda de cambio, la propuesta de Zelenski ha sido pragmática: interceptores ucranianos a cambio de misiles PAC-3 para sus propios lanzadores Patriot, los mismos que el Golfo ha estado disparando en salvas de ocho contra un único objetivo. Ucrania aporta la herramienta que falta y, a cambio, pide la munición que sus sistemas de mayor alcance necesitan. Un canje que explica sin palabras quién ha aprendido más en estos tres años de guerra.
El conocimiento viaja, aunque lo haga tarde. Que Ucrania deba enseñar a los ejércitos más financiados del mundo a no quemar sus arsenales dice mucho sobre el precio de la experiencia real frente al de los ejercicios en tiempos de paz. Para los americanos, la factura llegó antes que el manual de instrucciones.
